Día litúrgico: Viernes 3 de Adviento
Texto del Evangelio (Jn 5,33-36):
Jesús dijo a los judíos:
Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan el Bautista, y él ha dado testimonio de la verdad.
No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.
Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz. Pero el testimonio que Yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que Yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.
Palabra del Señor.
Reflexión
En el Evangelio de hoy, Cristo nos invita a ser lámparas como Juan Bautista. Lámparas que arden y brillan. No perdamos nuestro tiempo en discursos inútiles. Podemos hablar con una elocuencia asombrosa, sin embargo, si no tenemos obras, de nada sirven. No se trata de proclamar tan solo de palabra, son nuestros actos los que deben gritar nuestra fe.
La fe en Cristo es luz que ilumina el misterio de Dios y del hombre, el sentido de la vida y del mundo. La fe de los sencillos reconoce a Cristo en los signos de sus obras y mantiene al creyente en la tensión y el deseo de vivir, amar y avanzar, esperando cada amanecer la luz que despierta la vida y da forma a las cosas.
La salvación mesiánica de Dios, aquí y ahora, una vez más se anuncia hoy a los pobres y a todos los hombres de buena voluntad. Es oferta de Dios, que invita sin imponerse. Para recibirla con un corazón de pobre hay que desearla ardientemente. Ese deseo es ya oración suplicante, dice san Agustín comentando el salmo 37: “Si el deseo de Dios es continuo, la oración es continua… Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo”.
Jesús dijo que su discípulo es y debe ser sal de la tierra y luz del mundo. Como él lo fue. Y el decreto del concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos nos recuerda: “El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con la palabra, tanto a los no creyentes para llevarlos a la fe como a los ya creyentes para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a mayor fervor de vida: Porque el amor de Cristo nos urge. En el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol: ¡Ay de mí si no evangelizare!”.
Audacia, valentía y aguante son las características del seguidor de Cristo. ¡No tengan miedo a los hombres!, repetía Jesús a sus apóstoles. Su discípulo no ha de temer la contradicción, el aislamiento, el ridículo, la persecución, ni siquiera la muerte. El conocimiento de la verdad de Dios como Padre no se casa con el miedo, porque la fe en Dios es experiencia de amor y fuente de confianza y alegría fecundas. Así secundaremos el impulso misionero de la liturgia de la palabra en este día de Advien
Para Dios no hay extranjeros. ¿Y para nosotros? Él no hace acepción de personas. ¿Y nosotros? Si Dios está preparando, de nuevo en esta Navidad, la manifestación de su amor para con todos los de buena voluntad, ¿es así de universalista también nuestra actitud ante las personas?
Como creyentes, queremos seguir el ejemplo de Jesús y testimoniar con la vida, las obras y la palabra que su luz ha llegado a nuestro mundo, y que es posible caminar, sin errar en el camino, por una senda de amor y esperanza, gozo y fraternidad. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza