Día litúrgico: Viernes 33 del tiempo ordinario
22 de noviembre: Santa Cecilia, virgen y mártir
Texto del Evangelio (Lc 19,45-48):
Jesús, al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Está escrito: «Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones»”.
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo buscaban la forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.
Palabra del Señor.
Reflexión
Acercándose Jesús al final de su vida, recién llegado a Jerusalén, sube al Templo para realizar una acción impensable, por lo osada y peligrosa. Jesús actúa con autoridad. La ha recibido del Padre, pero además, acaba de ser reconocido por el pueblo, que le recibe y le saluda como aquel que viene en nombre del Señor. Es urgente para él poner las cosas en su sitio, purificar el Templo, liberarlo de las prácticas que impiden que cumpla su función.
Jesús esta vez realiza un gesto público inaudito, con una firmeza y una determinación que no pueden pasar desapercibidas. No puede consentir que el pueblo viva confundido y engañado con un funcionamiento del Templo que impide a las personas el verdadero encuentro con Dios, que sana, perdona, reconcilia.
La frase que aparece en sus labios está tomada de dos textos del Antiguo Testamento, de los profetas Isaías (56,7) y Jeremías (7,11). Y de esos textos podemos extraer lo que angustiaba e indignaba a Jesús del funcionamiento del Templo, y la razón por la que actúa como lo hace.
El Templo, lugar de oración, que incluye a todos los pueblos, ha sido convertido en un lugar restringido que parece propiedad de unos pocos, y al que ni siquiera todos los miembros del pueblo tienen posibilidad de acceder.
La relación con Dios se ha convertido en un comercio: con ritos, ofrendas y sacrificios se puede comprar a Dios. El mal, el pecado, se pueden relativizar y banalizar: todo se soluciona con dinero. Un dinero que va enriqueciendo a los que tienen sus negocios establecidos en el Templo. Y ello significa, inevitablemente, discriminación de los más pobres: si no tienes dinero no tienes qué ofrecer a Dios. De ahí la clasificación de las ofrendas en función de su valor en dinero.
Todo esto y mucho más que implicaba la dinámica del Templo “obliga” a Jesús a actuar y supone su condena a muerte: todos los poderes se ponen de acuerdo en la necesidad de acabar con él. La única dificultad era que el pueblo, por el contrario, vivía pendiente de su palabra, escuchándola.
Hoy resulta muy oportuna esta grave advertencia de Jesús. El aviso sigue vigente, ¡muy vigente! pues más que nunca se ha debilitado el sentido de lo sagrado. Hay algunos lugares en los que las bodas, los funerales, o las Primeras Comuniones, parecen más un estadio o una sala de convenciones antes que un templo. ¡Cuánto menos rezamos, más hablamos!.
Cuando Jesús se disgustó en el Templo, Él todavía no estaba presente a través de la Eucaristía. Ahora sí. ¡Pues imagínate qué disgusto para Él!.
Lo mismo ocurre en nuestra vida espiritual. Nosotros, los hijos de Dios, somos templos del Espíritu Santo, somos un lugar para el Señor, el sitio de nuestra alma inmortal ¿Cómo andamos de mercaderes? ¿Cómo andamos de materialismo, de rencor, de envidia? ¿Cuántos odios habitan en nosotros, cuántos olvidos del prójimo, cuántas faltas de caridad y amor? A poco que hagamos un examen de conciencia comprobaremos que poco a poco lo que es ajeno a Dios está invadiendo las estancias de nuestro interior, atenazando nuestro corazón y convirtiendo nuestro templo en un mercado donde todo se compra y se vende y donde queda poco espacio para el Señor.
¿Necesita la Iglesia de hoy purificarse de alguna adherencia similar? ¿Nuestras celebraciones son expresión del gozo y la alegría del encuentro comunitario con el Dios de la vida? ¿Es el templo lugar de encuentro con la comunidad? ¿Qué cambios debemos hacer en nuestra comunidad para no «merecer» ser expulsados por Jesús del templo?
Padre Santo, te rogamos que la luz del espíritu guíe la fe de los que formamos la Iglesia iniciada por tu Hijo Jesús y, como él pide, nuestros templos sean casas de oración y de alabanza a ti. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza