Domingo 34-B. Cristo Rey
Jn 18,33-37
Yo soy Rey; para esto he venido al mundo
En todo el orbe, dondequiera que hay una comunidad eclesial, se celebra este domingo la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, con la cual se corona el año litúrgico. El Evangelio de este domingo nos presenta el diálogo del gobernador romano Pilato, que tiene el rol de juez, con Jesús, que está ante él, abandonado de todos sus discípulos −el evangelista acaba de narrar las negaciones de Pedro− acusado de querer hacerse rey y, de esta manera, estar contra el César.
«Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres Tú el Rey de los judíos?»». El evangelista siente la necesidad de explicar por qué para hablar con Jesús Pilato debe «entrar al pretorio»: «De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio… Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió, entonces, Pilato fuera donde ellos» (Jn 18,28-29). Fue un juicio insólito, fuera del tribunal.
La pregunta de Pilato parece no tener sentido, dirigida a un hombre solo, indefenso, sin ningún judío que se declare súbdito suyo. ¿De dónde lo saca Pilato? Tampoco lo sabe Jesús y, por eso, le pregunta: « ¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato ciertamente ha oído hablar de Jesús, pero lo menos que ha pensado sobre Él es que sea un rey. Elude toda responsabilidad respecto de ese título, atribuyendolo a cuestiones religiosas judías: «¿Es que soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí». Jesús sabe que los sumos sacerdotes −Anás y Caifás− lo han entregado a Pilato, porque después de su detención fue llevado primero a casa de Anás, después a casa de Caifás y de allí el pretorio. Pero tuvo que dolerle mucho el agregado: «Tu pueblo». Debió recordar las palabras con que Dios se queja de la ingratitud de su pueblo: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¿En qué te he molestado? Respondeme. ¿En qué te hice subir del país de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí…?» (Miqueas 6,3-4).
Lucas, que investigó todo diligentemente nos dice de dónde saca Pilato esa idea de que Jesús es rey. Dado que Jesús está dentro del pretorio, Él no lo ha oído; pero los Sumos Sacerdotes, que no han entrado al pretorio, formulan la acusación así: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que Él es Cristo Rey» (Lc 23,2). La noción de Rey se deduce de su condición de Cristo (Ungido) a quien corresponde heredar el trono de David, su padre, como le dijo el ángel Gabriel a su madre en la anunciación: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). ¡Esto es verdad y así lo declara Jesús!
Jesús responde a Pilato: «Mi Reino no es de este mundo». De esta manera afirma que es Rey y que tiene un Reino suyo. Pero agrega que ese Reino no se parece a los reinos de este mundo en que los súbditos combaten por su rey y éste los domina con su poder. En este Reino, el de Jesús, es el Rey quien entrega la vida por los súbditos, por cada uno de ellos: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Sabemos que en el Antiguo Testamento se compara al rey con el pastor. Asumiendo esta metáfora, Jesús dice: «Yo soy el buen Pastor… Yo doy mi vida por las ovejas… Mis ovejas escuchan mi voz; Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás…» (cf. Jn 10,11.27.28).
¿Qué condición hay que cumplir para ser parte de este Reino, cuyo Rey es Jesús? Él lo dice: «Yo soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Juan vino al mundo, enviado por Dios, para «dar testimonio de la Luz» (cf. Jn 1,7). Pero la Luz misma es Jesús: «Yo soy la Luz del mundo… Yo soy la Verdad» (Jn 8,12; 14, 6). Todos los que reconocemos a Jesús como nuestro Rey es porque Dios nos ha atraído hacia Él: «Nadie puede venir a mí, si el Padre no lo atrae» (cf. Jn 6,44.66). Hemos sido elegidos por Dios para tener como nuestro Rey a Jesús. Así lo afirma San Pablo: «Damos gracias al Padre que nos ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor» (Col 1,12-13).
Jesús define su misión y la pertenencia a su Reino con relación a la verdad: «He venido al mundo para dar testimonio de la verdad… El que es de la verdad, escucha mi voz». Pilato entonces preguntó: «¿Qué es la verdad?». No lo pregunta para ser instruido por Jesús; lo pregunta como referido a algo indefinido que puede acomodarse con fines del poder y del dinero. En efecto, Pilato no vaciló en entregar a la muerte de cruz a un inocente para complacer a la mayoría del pueblo. Se enfrentaron la Verdad y la deshonestidad. Jesús es la Verdad y Pilato es la mentira y la deshonestidad. Si no estamos en el Reino de Cristo, caemos en el reino de la deshonestidad, que a veces parece dominar en nuestro tiempo en todo nivel.
Nos queda resonando la misión de Jesús: «Testigo de la verdad» y la pregunta cínica de Pilato: « ¿Qué es la verdad?». Cuando Jesús dice: «Yo soy la Verdad» está pensando en el concepto bíblico de verdad. «Verdad» en hebreo es sinónimo de «fidelidad» y se dice «emunah»; tiene la misma raíz que creer, que se dice; «aman» y que la exclamación «amén». La raíz «aman» designa lo que es firme, permanente, confiable. La imagen que expresa mejor este concepto es la roca, como lo afirma Jesús de su enseñanza: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como el hombre prudente, que edificó su casa sobre roca…» (Mt 7,24). ¡Está firme! ¡No defrauda! Se aplica a Dios: «Vengan aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva…» (Sal 95,1). Lo corrobora Isaías: «Confíen en el Señor por siempre jamás, porque en el Señor tienen una Roca eterna» (Isaías 26,4). Jesús es la Verdad, porque Él es esa Roca que no defrauda; quien funda en Él su vida queda firme para siempre. Jesús es la Verdad, porque Él es el único camino que conduce al Padre; quien va por otro camino va a dar al precipicio (cf. Jn 14,6).
Por último, debemos notar otras dos características del Reino de Cristo. Él no acepta el título «Rey de los judíos», porque es restrictivo; Él es Rey de todos los que escuchan su voz, de todos los que son de la verdad, de cualquier pueblo que sean. Además, Él evita cuidadosamente decir: «Mi Reino no está en este mundo… no está aquí». En efecto Él subraya: «No es de este mundo… no es de aquí». Su Reino es del cielo, porque el Rey es del cielo; pero está en este mundo. Escuchaban su voz la Virgen María, Santa María Magdalena y otras mujeres y también los apóstoles, después de un momento de vacilación, y son de ese Reino todos los santos de la historia y todos los que aman a Jesús y los siguen también hoy. A Él lo confesamos hoy en toda la Iglesia como nuestro Rey.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L. A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza