Día litúrgico: Jueves 33 del tiempo ordinario
21 de noviembre: La Presentación de la Santísima Virgen María
Texto del Evangelio (Lc 19,41-44):
Cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: “¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios”.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy es la fiesta de la Presentación de la Virgen María por parte de sus padres en el Templo. Este momento no está en los evangelios canónicos sino en el protoevangelio de Santiago, sin embargo, la Iglesia mantiene esta fiesta ya que expresa algo que perduró siempre en el alma de la Madre de Jesús: Su libre disposición ante los planes del Señor. La memoria de este acontecimiento, es toda una llamada a presentarnos también nosotros ante el Señor y decirle: aquí estoy, Señor para hacer tu voluntad.
Al leer el evangelio de hoy, nos quedamos sobrecogidos ante el llanto de Jesús por la suerte de Jerusalén, la ciudad escogida, la ciudad Santa que no ha reconocido la presencia de su Salvador y ha traicionado la vocación que contiene su propio nombre: «Ciudad de la Paz». Las palabras de Jesús hacen vislumbrar un futuro muy sombrío para la ciudad de Dios.
Es curioso que este breve pasaje sea la continuación del relato de su entrada triunfal en Jerusalén, en medio del júbilo y la aclamación de la gente. El contraste es estremecedor. De la alegría y la exaltación pasamos a una escena donde Jesús llora al contemplar la “ciudad santa”. En esa contemplación de la ciudad, donde él sabía que iba a morir, Jesús expresa su profunda tristeza ante la cerrazón de sus coterráneos. Llora ante el final que le espera y llora por lo que sufrirá ese pueblo al que él ama. Él ha venido como príncipe de la paz y ellos no han sido capaces de reconocer en su venida el gesto amoroso de Dios.
Las palabras de este evangelio parecen evocar una actitud dolorosa de ese pueblo, tal como nos lo narra el mismo san Lucas en el capítulo 13,34. En ambos textos destaca la actitud de entrega de Jesús, que llega en son de paz, y la dureza de los dirigentes del pueblo que lo rechazan y persiguen.
Pero mirando más allá, podemos identificar esta Jerusalén con el pueblo escogido, que es la Iglesia, y —por extensión— con el mundo en el que ésta ha de llevar a término su misión. Si así lo hacemos, nos encontraremos con una comunidad que, aunque ha alcanzado cimas altísimas en el campo de la tecnología y de la ciencia, gime y llora, porque vive rodeada por el egoísmo de sus miembros, porque ha levantado a su alrededor los muros de la violencia y del desorden moral, porque lanza por los suelos a sus hijos, arrastrándolos con las cadenas de un individualismo deshumanizante. En definitiva, lo que nos encontraremos es un pueblo que no ha sabido reconocer a Dios que la visitaba (cf. Lc 19,44).
Sin embargo, nosotros los cristianos, no podemos quedarnos en la pura lamentación, no hemos de ser profetas de desventuras, sino hombres de esperanza. Conocemos el final de la historia, sabemos que Cristo ha hecho caer los muros y ha roto las cadenas: las lágrimas que derrama en este Evangelio prefiguran la sangre con la cual nos ha salvado.
De hecho, Jesús está presente en su Iglesia, especialmente a través de aquellos más necesitados. Hemos de advertir esta presencia para entender la ternura que Cristo tiene por nosotros: es tan excelso su amor, nos dice san Ambrosio, que Él se ha hecho pequeño y humilde para que lleguemos a ser grandes; Él se ha dejado atar entre pañales como un niño para que nosotros seamos liberados de los lazos del pecado; Él se ha dejado clavar en la cruz para que nosotros seamos contados entre las estrellas del cielo… Por eso, hemos de dar gracias a Dios, y descubrir presente en medio de nosotros a aquel que nos visita y nos redime.
Que la Palabra de Dios ilumine hoy todo cuanto llevemos a cabo y su fuerza nos conforte para mantener viva nuestra fe.
¿Somos como la Jerusalén por la que Jesús lloró: fríos, insensibles a todos los dones recibidos por Dios? ¿Cuántas veces te ha visitado el Señor? ¿Has reconocido su visita? ¿Le has respondido, o te has hecho el sordo? ¿Hemos llorado alguna vez viendo la situación del mundo, del país o de nuestro barrio?
Pidamos al Señor la Gracia de no ser nosotros causa de su llanto, y de unirnos a Él en el amor y diligencia por las almas de nuestros prójimos, llorando con tristeza cada vez que alguno de ellos se muestra cerrado a Dios y rezando incesantemente por su conversión. Amén.
Bendiciones
Regina Coeli Una Señal de Esperanza