Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 23 enero 2022

Domingo 3-C

Lc 1,1-4; 4,14-21

Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado

La Iglesia celebra hoy el «Domingo de la Palabra de Dios», instituido por el Papa Francisco con la Carta Apostólica «Aperuit illis» de fecha 30 de septiembre de 2019, para ser celebrado cada año el Domingo III del tiempo ordinario, como un día «completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo».

La elección de este día corresponde ciertamente al hecho de que en este domingo −el Domingo III del tiempo ordinario− en cada uno de los tres ciclos de lecturas, comienza a leerse en forma continuada el Evangelio correspondiente a ese ciclo: Mateo en el ciclo A, Marcos en el ciclo B y Lucas en el ciclo C. Este año nos corresponde seguir a Lucas y, precisamente, comenzamos con el Prólogo de ese Evangelio.

«Puesto que muchos han emprendido el componer una narración de los hechos que se han verificado entre nosotros, tal como los han transmitido a nosotros los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, me pareció bien que también yo, habiendo investigado todo diligentemente desde los orígenes, lo escriba por su orden para ti, ilustre Teófilo, para que conozcas la certeza de las cosas sobre las cuales has sido instruido». Este prólogo a su Evangelio y el que escribe Lucas para los Hechos de los Apóstoles son los únicos lugares de su obra en dos tomos en que usa la primera persona singular, manifestando así su conciencia de autor. En los Hechos comienza: «El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que… fue ascendido» (Hech 1,1.2).

Lucas habla de los hechos que se han verificado «entre nosotros»; pero él no se incluye entre «los testigos oculares» de esos hechos, sino en una segunda generación de «cristianos» (cf. Hech 13,26), y tampoco conoce él la Palestina, donde tuvieron lugar esos hechos. Por tanto, cuando dice: «entre nosotros», se refiere a los seres humanos de todos los tiempos y de todas las latitudes. Y los «hechos» que va a narrar en su Evangelio son los del Hijo de Dios, que, encarnado en el seno de la Virgen María, unió a sí la naturaleza humana para siempre. Esos «hechos» siguen verificándose «entre nosotros» hoy, según la promesa de Jesús: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20); nosotros nos hacemos parte de ellos en la celebración litúrgica. En las palabras introductorias de los Hechos de los Apóstoles Lucas dice que su «primer libro» –su Evangelio– se refiere a «lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar»; es porque sigue «haciendo y enseñando» también hoy. Así lo declara el Concilio Vaticano II: «Para realizar una obra tan grande –de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios–, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica» (SC 7).

Uno de esos hechos verificados entre nosotros es el que relata Lucas en la segunda parte del Evangelio de este domingo: «Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu y su fama se difundió por toda la región». Desde su bautismo, cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma corporal, como una paloma, es evidente que actúa en Él esa fuerza del Espíritu; y así se explica la difusión de su fama: «Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos». De entre todas esas sinagogas, Lucas nos relata lo que ocurrió en la sinagoga de Nazaret, donde Él se había criado: «Vino a Nazará, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura». Era costumbre que, cuando venía a una sinagoga el sábado algún personaje de fuera se le diera la palabra para que ofreciera alguna enseñanza. Pero Jesús era un personaje habitual y conocido en esa sinagoga. A Él se le da la palabra, porque lo ha precedido la fama que le concede el actuar con la fuerza del Espíritu. «Se levantó para hacer la lectura». La lectura la hacían los escribas, porque ellos sabían leer. Por otro lado, no era cosa fácil leer la Escritura, porque en ese tiempo el texto escrito aún no había recibido las vocales que facilitan la lectura. Levantándose para hacer Él la lectura, Jesús demuestra que Él conoce bien esa Palabra. Nos enseña que nadie debe alzarse para hacer la lectura de la Palabra de Dios, si no la conoce y la ha preparado bien.

«Le fue dado el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el lugar donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Cuando tocaba leer esa profecía en el servicio sinagogal, el problema de los predicadores judíos era discernir en boca de quién pone el profeta esas palabras. La interpretación obvia era que eso lo decía el profeta del Ungido del Señor prometido como un nuevo David, un «hijo de David». En efecto, David fue ungido por el profeta Samuel y «a partir de entonces, vino sobre David el Espíritu del Señor» (1Sam 16,13). David fue el rey que fue, no por sus virtudes personales, pues ni siquiera su padre lo consideraba apto (cf. 1Sam 16,11), sino porque actuaba en él el Espíritu del Señor. Lo dice el mismo Dios: «He encontrado a David mi siervo, con mi óleo santo lo he ungido; mi mano será firme para él, y mi brazo lo hará fuerte» (Sal 89,21-22).

Cuando Jesús leyó la profecía de Isaías en esa sinagoga de Nazaret, «se sentó», adoptando la actitud del maestro que enseña: «Los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él». Están atentos. Nadie ha suscitado tanta atención. Entonces Jesús, lejos de referir esas palabras del profeta a otro que aún debía venir, declara: «Hoy se ha cumplido esta Escritura, que ustedes han escuchado». Jesús declara cumplida la promesa del Ungido, cumplida en Él. Ese «hoy» era presente en ese momento en esa sinagoga donde estaba Jesús, es presente hoy en nuestra celebración litúrgica y será presente todos los días hasta el fin de los tiempos, cada vez que «dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús» (Mt 18,20).

Este Domingo III del tiempo ordinario ha sido declarado «Domingo de la Palabra de Dios». Pero, en realidad, todos los domingos deben ser para nosotros ese «hoy» en que la Palabra de Dios se cumple en nosotros, por la participación en la Eucaristía, cuya primera parte es la Liturgia de la Palabra. Allí está Jesús mismo declarando: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes han escuchado». Es una experiencia única que llena el alma del gozo de Cristo.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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