Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 11 junio 2023

Cuerpo y la Sangre de Cristo A

Jn 6,51-58

Oh sagrado banquete en el cual se toma a Cristo como alimento

El Evangelio según San Mateo nos hace un resumen de la actividad de Jesús, después de que Él comenzó su vida pública: «Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino…» (Mt 4,23). Lucas nos informa sobre lo que enseñó en la sinagoga de su propio pueblo, Nazaret, comentando el texto bíblico que tocaba ese sábado en el ciclo de lecturas del servicio sinagogal: «Entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para evangelizar a los pobres…”… Comenzó, entonces, a decirles: “Esta Escritura, que ustedes acaban de oír, se ha cumplido hoy”». En esta ocasión Jesús previó el reproche de su pueblo: «Seguramente me van a decir el refrán: “Médico, curate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria”» (Lc 4,16-21.23). En el Evangelio de este domingo, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo tenemos parte de lo que enseñó Jesús en esa sinagoga de Cafarnaúm (cf. Jn 6,59), que, dado su contenido, recibe el nombre: «Discurso del Pan de Vida».

Probablemente, correspondía ese sábado en la sinagoga de Cafarnaúm la lectura del conocido episodio del maná, cuando el Señor responde a la murmuración del pueblo en el desierto: «El Señor habló a Moisés, diciendo: “He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: Al atardecer comerán carne y por la mañana se saciarán de pan; y así sabrán que Yo soy el Señor, el Dios de ustedes». Y, cuando a la mañana siguiente apareció sobre el suelo el maná, Moisés explicó: «Este es el pan que el Señor les da por alimento» (Ex 16,11-12.15).

Habiendo evocado este episodio, que tiene un gran desarrollo en el AT, los presentes en esa sinagoga de Cafarnaúm quieren que Jesús se acredite con un signo semejante al de Moisés. Entonces Jesús aclara: «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,32-33). Jesús ha entrado así en el tema que le interesa, «su tema», el tema de la vida, no de esta vida terrenal perecedera, sino de la «vida eterna», que Él ha venido a dar al mundo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

«Verdadero pan del cielo» no se dice en oposición a un pan falso, sino a un pan −el maná− que en el AT es figura y anuncio de un pan real. Sobre este «pan de Dios, pan verdadero, que da la vida al mundo», Jesús declara: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,35). Esta afirmación parece ser una metáfora. En efecto, no puede identificarse Jesús, un hombre vivo, con un elemento inerte, el pan. Jesús aclara en qué sentido lo dice con la afirmación solemne, donde el Evangelio de este domingo retoma ese importante discurso.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que Yo le voy a dar, es mi carne (ofrecida en sacrificio) por la vida del mundo». La carne de Jesús ofrecida en sacrificio, resucitada y llena de vida divina es el pan de vida eterna, el pan que da al ser humano la vida eterna. No se trata solamente de la vida de que gozan en el cielo los santos; se trata de la vida de que gozan los cristianos ya en este mundo y que no muere, porque es eterna, es la vida divina, la vida que hace de nosotros hijos de Dios.

Y para que se entienda que Jesús está expresando una realidad y no una metáfora o una alegoría, ante el estupor de los judíos presentes en esa sinagoga, Él no cesa de repetir: «En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y Yo en él». Para explicar cómo es esta unión vital, esta comunión con Él, y, por medio de Él, de unos con otros, Jesús se vale, en otra ocasión, de una alegoría: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y Yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5). «Nada» −se entiende− que tenga alguna trascendencia; todo lo que el ser humano hace separado de Cristo permanece en esta tierra, que no es más que un punto infinitesimal en el espacio y está destinado a cesar, porque no es eterno. El ser humano es elevado al nivel de Dios, a la condición de hijo de Dios por su incorporación a Cristo y esto lo recibe como un don en su participación en la Eucaristía, donde recibe como alimento el Cuerpo de Cristo.

Queda aún más claro que Jesús habla de la vida divina por la cadena que establece de los que gozan de ella: «Así como me ha enviado el Padre, que vive, y Yo vivo por el Padre, así el que me coma, también él, vivirá por mí». El origen de la vida eterna es el Padre – Jesús, que es el Hijo, vive por el Padre – el que come su carne y bebe su sangre vive por el Hijo. Es siempre la misma vida de la cual Jesús dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna», la tiene ahora. A esto se agrega una promesa de Cristo para el futuro: «Yo lo resucitaré en el último día». Todo esto lo expresa Santo Tomás de Aquino en la hermosa antífona en que la Eucaristía une pasado, presente y futuro: «Oh sagrado banquete, en el cual se toma a Cristo como alimento, se hace memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la futura gloria».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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