Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy lunes 12 de junio de 2023

Día litúrgico: Lunes 10 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 4, 25—5, 12):

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.

Palabra del Señor.

Reflexión

En el evangelio de hoy, Jesús proclama a sus seguidores la carta magna del Reino: «Las Bienaventuranzas». Así como Moisés en el Monte Sinaí, anunció de parte de Dios el decálogo de la alianza a su pueblo, ahora Jesús el nuevo y definitivo Moisés, en la montaña propone su nuevo código de vida. Es un compendio de la nueva ley, los principios fundamentales que nos ayudan a vivir cristianamente.

El Papa Francisco dice que, “las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano, es nuestro carnet de identidad, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida.   La palabra “bienaventurados”, no indica a alguien que tiene el estómago lleno o que se divierte, sino una persona que está en una condición de gracia, que progresa en la gracia de Dios y que progresa por el camino de Dios».

Las Bienaventuranzas están destinadas a todo el mundo. Jesús no sólo enseña a los discípulos que le rodean, ni excluye a ninguna clase de personas, sino que presenta un mensaje universal. Ahora bien, puntualiza las disposiciones que debemos tener y la conducta moral que nos pide. Este camino que nos enseña el Señor es de verdad paradójico: llama felices a los pobres, a los humildes,

a los de corazón misericordioso, a los que trabajan por la paz, a los que lloran y son perseguidos, a los limpios de corazón. Naturalmente la felicidad no está en la misma pobreza, o en las lágrimas o en la persecución; sino en lo que esta actitud de apertura y de sencillez representa y en el premio que Jesús promete.

La propuesta de Jesús es revolucionaria, sencilla y profunda, gozosa y exigente. Se podría decir que el único que la ha llevado a cabo en plenitud es el mismo. Él es pobre, el que crea paz, el misericordioso, el limpio de corazón, el perseguido y que ahora está glorificado como Señor en la felicidad plena.

Las bienaventuranzas no son un consuelo para los atribulados del mundo, sino más bien una invitación a eliminar las causas de sus tribulaciones. Jesús no está animando a las personas a una resignación pasiva, sino que animando a la comunidad a tomar una acción decidida para cambiar las cosas…para buscar el reinado de Dios.

Todos buscamos la felicidad. Pero Jesús nos la promete por caminos muy distintos de los que señala este mundo. Porque en nuestra sociedad de hoy y la de todos los tiempos, también los de Jesús, se suele confeccionar otra lista muy distinta. El mundo aplaude y llama felices a los que tienen mucho dinero, a los que ocupan los primeros puestos, a los triunfadores, a los guapos, a los que disfrutan de la vida sin escrúpulos… A estos parece que se les adjudica la felicidad según el mundo. Pero Jesús ha prometido la verdadera felicidad a los más sencillos y pobres, a los que les toca sufrir en este mundo, a los que son mal vistos precisamente por su bondad y rectitud.

Sería bueno que hoy nos preguntáramos con sinceridad si creemos en esa proclama de felicidad que escuchamos a Jesús, o si preferimos la del mundo. Si no somos realmente felices, ¿No será porque no somos pobres, sencillos, humildes de corazón, misericordiosos, pacíficos, abiertos a Dios y al prójimo, sino orgullosos, arrogantes y satisfechos de nosotros mismos?

Cuando Jesús dice:

“Felices los pobres”, ¿está queriendo decir que los pobres han de seguir en la pobreza?

¿Reconocemos que, para llamarnos verdaderos cristianos, debemos vivir las bienaventuranzas porque ellas son un reflejo de la vida de Jesús?

Señor, haznos comprender y vivir tu Palabra salvadora. Cuéntanos entre aquellos que merecen de ti la dicha y el gozo de tu Reino. Y cambia nuestro corazón para que formemos parte de tus pobres. Amén.

Bendiciones.

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