Domingo 2-A
Jn 1,29-34
Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios
El Bautismo del Señor es el evento indicado por los evangelistas como el comienzo de la vida pública de Jesús. Lo declara también Pedro, cuando fue necesario completar el número de los Doce, después de la defección de Judas: «Conviene que, de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección» (Hech 1,21-22). Dado que el primer domingo de este año, por haber sido también el primer día del año, fue destinado a celebrar la Maternidad Divina de la Virgen María y el segundo fue destinado a celebrar la Epifanía del Señor, no hubo un domingo disponible para la celebración del Bautismo del Señor, que normalmente es el Domingo I del tiempo ordinario, y esa fiesta se trasladó al lunes después de la Epifanía. Celebramos, por tanto, hoy el Domingo II del tiempo ordinario.
El Ciclo A de lecturas, que corresponde a este año 2023 (múltiplo de tres + 1), se caracteriza por la lectura continuada del Evangelio de Mateo. ¿Por qué se lee hoy el Evangelio de Juan? En cada uno de los tres ciclos de lecturas, en este domingo se lee una parte de la así llamada «semana inaugural» del Evangelio de Juan. Se discierne esa semana, porque el evangelista en su narración repite tres veces: «Al día siguiente…» (Jn 1,29.35.43) y luego agrega: «Tres días después…» (Jn 2,1). Estamos entonces en la primera semana del ministerio público de Jesús y seguiremos contemplando domingo a domingo todo lo que Él hizo y enseñó. Nos reveló a Dios, como lo declara en la oración que dirige a su Padre: «He manifestado tu Nombre (es decir, a Ti mismo) a los hombres…» (Jn 17,6) y con su muerte en la cruz nos obtuvo la salvación de los pecados, cumpliendo así su misión: «Está cumplido» (Jn 19,30).
El Evangelio de hoy nos relata el momento en que Juan el Bautista cumple su misión profética de señalar a Jesús, como «el Elegido de Dios». Juan es el único personaje, fuera del Verbo, mencionado en el Prólogo del IV Evangelio y es mencionado cuando esa composición literaria pasa de la eternidad de Dios −«En el principio era el Verbo…»− a la esfera humana: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la Luz; para que todos creyeran por medio de él» (Jn 1,6-7).
El Evangelio de hoy nos sitúa en el primer día de esa «semana inaugural» y en el momento en que Juan, cumpliendo su misión, señala a Jesús: «Al día siguiente Juan ve venir a Jesús hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”». ¿Entendieron los presentes lo que quiso decir Juan llamando a Jesús de esa manera? Ellos ciertamente entienden la relación entre el pecado y el sacrificio de un cordero u otro animal. En la Ley estaba codificado el tipo de sacrificio que había que ofrecer para la expiación de cada pecado. En Levítico 4 a 9 se repite constantemente: «Si alguien peca (un sacerdote, el príncipe, alguien del pueblo, etc.)… ofrecerá al Señor por el pecado que ha cometido un animal sin defecto, como sacrificio por el pecado» (cf. Lev 4,2-3 y passim). Y este era el culto que se ofrecía en el templo también en el tiempo de Jesús. Juan se revela como «un profeta y más que un profeta», porque ya ve a Jesús como el Cordero de Dios, es decir, como aquel que deberá ofrecerse en sacrificio para «quitar el pecado del mundo». Jesús es indicado como aquel que expía el pecado cometido (ofrece satisfacción a Dios) y libera de él concediendo la fuerza para no pecar en el futuro. A esto se refiere el Ángel del Señor con la expresión «salvar del pecado», cuando explica a José el sentido del nombre que debe dar al Niño de quien debía ser el padre: «Le pondrás por nombre Jesús (Yahweh salva), porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).
Juan declara dos veces: «Yo no lo conocía». Para llegar a ese conocimiento y poder señalarlo debió esperar el cumplimiento de un signo dado por Dios, que es quien lo envió: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”». Este es un hermoso texto trinitario: el que envía a Juan y le da un signo − aquel sobre quien baja el Espíritu − el mismo Espíritu Santo. Juan emite, entonces, el testimonio para el cual ha sido enviado: «Yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Elegido de Dios».
Ese testimonio, que es la culminación del ministerio de Juan, tiene, sin embargo, variación en los manuscritos antiguos de los cuales se dispone. El prestigioso Nuevo Testamento griego de Nestle-Aland (Edición 28) opta por los manuscritos que transmiten la versión: «Doy testimonio de que este es el Hijo de Dios». Por esta versión opta también nuestro Leccionario. La Biblia de Jerusalén, en cambio, opta por la versión: «Este es el Elegido de Dios». ¿Cuál título dado a Jesús salió de la boca de Juan, «Elegido de Dios» o «Hijo de Dios»? Según las reglas de la crítica textual, debe elegirse la versión más difícil y ésta es «Elegido de Dios». En efecto, si la expresión del mismo evangelista hubiera sido «Hijo de Dios», ningún copista sucesivo habría osado cambiarla por «Elegido de Dios». Al revés, en cambio, es posible que algún copista, en conocimiento de todo el desarrollo del Evangelio y también de todo el Nuevo Testamento, haya cambiado «Elegido» por «Hijo». ¿Lo hizo inspirado por Dios? En otras palabras, ¿cuál es la Palabra de Dios? Para responder debemos recurrir a la versión que la Iglesia acredita, con la autoridad dada por Dios de «atar y desatar» en la tierra lo que Él mismo «ata y desata» en el cielo (cf. Mt 18,18). Y esta versión es la de la Neo Vulgata: «Et ego vidi et testimonium perhibui quia hic est Filius Dei». Este es el testimonio de Juan: «Este (Jesús) es el Hijo de Dios». Esta es, entonces, la primera declaración de la filiación divina de Jesús. ¡Es el testimonio de Juan!
La versión «Elegido de Dios», también tiene un profundo sentido. Nos refiere a los cuatro cantos del Siervo del Señor del profeta Isaías (Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-9; 52,13−53,12), que son introducidos así: «He aquí mi Siervo a quien Yo sostengo; mi Elegido, en quien se complace mi alma. He puesto sobre Él mi Espíritu…» (Is 42,1). La versión «Elegido» en el testimonio de Juan nos revela que ese Siervo es Jesús y que a Él se aplica todo lo que Dios dice sobre su Siervo. Pero, en dos ocasiones, en los Evangelios Sinópticos, es la voz del cielo la que hace el significativo cambio, cuando aplica a Jesús esas profecías: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3,17; 17,5). (En el episodio de la Transfiguración, Lucas conserva la descripción «Elegido» Lc 9,35).
Contemplemos profundamente a Jesús bajo ambos títulos, porque ambos son verdad en Él. Es lo que vamos a contemplar cada domingo en la meditación del Evangelio, que encuentra su lugar más propio en la celebración de la Eucaristía. Allí también interviene el Espíritu Santo, que nos revela a Jesús concediendonos compartir su condición de Hijo de Dios.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza