Domingo 24−C
Lc 15,1-32
Convenía celebrar una fiesta y alegrarse
El evangelista San Lucas, cuyo Evangelio estamos leyendo este Año C, comienza el capítulo XV, que leemos este Domingo XXIV del tiempo ordinario, sin relación con lo anterior. Debe, por tanto, introducirlo con una frase que indique brevemente el contexto: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”».
Se indican cuatro categorías de personas agrupadas en dos grupos antagónicos: «publicanos y pecadores», por un lado, y «fariseos y escribas», por otro. Los publicanos recibían este nombre, porque eran judíos que recaudaban impuestos para Roma, la «Res Pública», que tenía a Israel bajo su dominio. No todos eran necesariamente pecadores, como lo reconoce el mismo Juan Bautista, quien, a los publicanos que le preguntaban: «Maestro, ¿qué debemos hacer?», respondía: «No exijan más de lo que les está fijado» (Lc 3,12-13). Por eso, el evangelista agrega aquí que se acercaban a Jesús también «los pecadores». Pero, exagera al decir: «Todos los pecadores». Tal vez lo que quiere decir es que «todos los pecadores», de todos los tiempos, pueden acercarse a Él para escucharlo y ¡serán siempre bien acogidos!
Análogamente, en el grupo de «los fariseos y escribas», no todos los fariseos eran escribas. Eran escribas los del grupo de los fariseos que sabían leer y escribir y que, por tanto, conocían mejor la Escritura y podían argumentar en base a ella. Pero ellos también exageran, porque, en ese momento particular, Jesús no estaba comiendo con ellos. Aceptamos el motivo de la murmuración, porque es cierto que, en otras ocasiones, Jesús acepta la invitación a comer con publicanos (ver Lc 5,29-30).
La «murmuración» no es una crítica abierta, que puede ser bien intencionada; la murmuración es una crítica mal intencionada, solapada, que se hace para condenar y dañar. Jesús es muy sensible a esa actitud, que es la que tuvo durante 40 años el pueblo liberado de Egipto: «Durante 40 años aquella generación me repugnó» (Sal 95,10). Y la enfrenta con admirable mansedumbre y bondad, por medio de tres parábolas. Bien habría podido decir aquí: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). En realidad, en este momento, lo que interesa a Jesús es la conversión, no tanto de los publicanos y pecadores, pues ellos, acercándose a escucharlo, ya estaban ganados; le interesa que depongan su actitud y se conviertan los fariseos, escribas o no.
Hace dos preguntas sobre situaciones que todos hemos vivido, una se refiere a lo que siente un hombre −un pastor− y la otra a lo que siente una mujer. Todos hemos perdido alguna cosa que apreciábamos y, al notar su falta, hemos sentido cierta amargura, que nos mueve a buscarla. Todos hemos experimentado el gozo que se siente al encontrarla. Jesús apela a esta experiencia, haciendo una pregunta dirigida a los presentes: «¿Quién de ustedes… no va en busca de la oveja perdida hasta que la encuentra?». La respuesta debió haber sido: «Todos dejamos las 99 ovejas en el corral y vamos en busca de la perdida hasta que la encontramos». Pero nadie responde, porque saben que están siendo involucrados y no quieren comprometerse con la verdad. Jesús supone la respuesta y sigue: Cuando la encuentra, se alegra y la trata con gran afecto: «La pone contento sobre sus hombros». Más aun, quiere que todos se alegren con él: «Llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: «Alégrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido»». Nadie puede resistir la verdad de esa situación descrita por Jesús. Él concluye revelándonos cómo actúa Dios. Y lo hace como puede hacerlo sólo Él: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Nos revela que Dios y todos en el cielo reaccionan igual que ese pastor que encuentra su oveja, cuando un pecador es recuperado: «Les digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión». Murmurar, entonces, porque los pecadores se acercan a Jesús o porque Él come con ellos, es adoptar una actitud contraria a la de Dios, es faltar al amor a Dios, que esos fariseos tenían como el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón…» (Deut 6,4).
La parábola de la dracma perdida es semejante y tiene la misma conclusión: «“Alégrense conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido”. Del mismo modo −les digo−, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
La tercera parábola es una historia, la del «hijo pródigo». Es una historia de un padre y dos hijos. Ambos, de distinta manera, tienen en común la falta de amor al padre. El hijo menor, después de reclamar su herencia, se va de la casa, sin ninguna consideración por su padre. Pero malgasta toda su haciendo y cae al nivel de no tener ni siquiera para comer lo que comen los cerdos. ¡No se puede más abajo! Jesús lo describe así, porque peor está un pecador con respecto a Dios. Este hijo está en el lugar de «los publicanos y pecadores». Jesús no los está felicitando por su pecado. Se alegra, si se convierten. Ese hijo vuelve a la casa paterna, no por amor al padre, sino por amor a las cosas del padre: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!». Emprende el regreso sabiendo que no merece ser tratado más que como un jornalero. Hasta aquí, no lo mueve el amor al padre. Pero todo cambia, cuando ve la actitud del padre: corre, se alegra, lo abraza, lo trata como hijo, organiza una fiesta por su retorno. Recién ahora, −así lo suponemos− ese hijo siente dolor por haber abandonado a su padre, y ¡tal padre! Jesús acoge a los pecadores, porque Él actúa con ellos como ese padre. Les hace sentir dolor de su pecado y firme propósito de no volver a pecar.
El hijo mayor también falta al amor del padre. Cumple todo con exactitud, pero no lo hace por dar gusto a su padre, no está movido por el amor a él. Lo que espera de él es que le dé en recompensa por su cumplimiento un cabrito para festejar con sus amigos. Queda en evidencia su falta de amor al padre, cuando rehúsa entrar a la fiesta organizada por él para el hijo perdido y encontrado. Para su hermano no tiene más que desprecio −«ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas»− y para su padre, reproche: «Has matado para él el novillo cebado». Este hijo está en el lugar de los fariseos, que murmuran contra Jesús. Al exponer Jesús estas tres parábolas, está en el lugar del padre, que, con gran bondad y humildad, sale a rogar al hijo que deponga su actitud de murmuración y se alegre: «Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado».
Aquí termina la parábola y todo el episodio. ¿Entró el hijo mayor o se obstinó en su actitud de reproche al padre? Hemos supuesto que el hijo menor, al ser tratado con tanta acogida por su padre, concibió amor a él y dolor por el pecado. ¿Podemos suponer que ocurrió lo mismo con el mayor y que aprobó la actitud del padre, que entró a la fiesta y se alegró por el regreso del hermano perdido? En otras palabras: ¿Depusieron los fariseos su murmuración y, en adelante, siguieron a Jesús? Esto es lo que Jesús anhela, porque Él vino a salvar a unos y otros.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza