Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy lunes 12 de septiembre de 2022

Día litúrgico: Lunes 24 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 7,1-10):

Jesús entró en Cafarnaúm. Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho. Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a sanar a su servidor.

Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: “Él merece que le hagas este favor, porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga”.

Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: “Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque yo que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: “Ve”, él va; y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “¡Tienes que hacer esto!”, él lo hace”.

Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe”.

Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.

Palabra del Señor.

Reflexión

El pasaje del evangelio de hoy es un “himno a la fe” de un centurión en el poder salvador de Jesús. No leemos nada acerca de la fe del pueblo de Israel, pero sí de la gran fe de este capitán romano.

Lucas nos dice que cuando el centurión oye hablar de Jesús, sobre su enseñanza como de sus milagros, y reconociendo en él una autoridad superior, envía emisarios judíos a Jesús para pedir la sanación de su siervo moribundo.

El evangelista junto con decir que este centurión ama al pueblo de Dios y que ayudó a construir la sinagoga, destaca su fe sin igual en la persona de Jesús. Esto lo hace notar el Señor al comentar que este pagano ha creído en contraste con los judíos que no creen, y a quienes estaba dirigido el anuncio en primer lugar.

El centurión, sin serlo, se comporta como un discípulo modelo y proclama el poder de la Palabra de Jesús con la profunda humildad de quien está dispuesto a acogerla: «Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano».

Jesús no sólo ve la necesidad del siervo moribundo sino también la apertura de la fe de su jefe. Es curioso que mientras los judíos alaban la buena obra del centurión Jesús lo felicita por su fe: «Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande.»

Tan grande es el ejemplo de fe de este hombre, que sus palabras quedaron para siempre en nuestra expresión más profunda de religiosidad, que es la Santa Misa. Es una maravilla que las palabras de un hombre pagano, de alguien que «supuestamente» no tenía fe, son rezadas todos los días por millones de personas en el mundo en cada Misa celebrada, antes de recibir a Jesús en la Eucaristía. Ojalá que esta expresión siempre la digamos con la misma fe, confianza y humildad con que lo hizo el centurión romano: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

Cuánto tenemos que aprender del centurión… Si fuéramos como él nuestra vida sería mucho más sencilla, más llena de amor, más plena, más en comunión con Jesús y la Iglesia, y en el fondo seríamos más felices, más llenos de vida, y eso se notaría a nuestro alrededor: seríamos esa “sal de la tierra” capaz de transformar el mundo. Seguramente que ese día en el que la vida del centurión se cruzó con Cristo muchos de los que fueron testigos creyeron y se convirtieron, y no tanto por el prodigio de la curación como por la actitud de aquel hombre y la respuesta que obtuvo de Jesús. Seamos humildes en nuestro trato con Dios, confiemos plenamente en Él, dejemos de lado nuestras circunstancias, nuestros deseos mundanos, nuestros recelos y prejuicios: El Señor sabrá recompensarnos con su infinita misericordia.

Hoy es la Fiesta del Santísimo Nombre de María, luz que ilumina los cielos y la tierra. El nombre de María, asociado al de Jesús, aglutina todo bien y de solo pronunciarse los temores se dispersan. Por María ha entrado la salvación al mundo y por él la mujer es devuelta con creces al sitial que le corresponde: el lugar más alto sobre el cielo y la tierra

Con prodigiosa sencillez, el Espíritu Santo, a través de San Lucas, expresa tamaña verdad para gozo y veneración de todo cristiano: “El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27).

En el libro “El secreto admirable del Santísimo Rosario”, San Luis María Grignion de Montfort cuenta que la Virgen se le apareció a Santa Matilde, llevando sobre el pecho la salutación angélica escrita en letras de oro. Luego le dijo: “El nombre de María, que significa Señora de la luz, indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astros brillantes, para iluminar los cielos y la tierra”

Si el nombre de los hombres comunes merece respeto, con mayor razón los cristianos estamos llamados a honrar los santos nombres de Jesús y de María.

¿Qué puedo aprender del centurión para mi vida? ¿Me preocupo por la salud de los demás? ¿En mi vida cotidiana y al enfrentar dificultades, le creo a Dios? ¿confío en su poder y acción o busco otros caminos? ¿Qué diría Jesús acerca de mi fe?.

Señor Jesús, acrecienta en nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en tu Palabra y poniéndola en práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino. Amén.

Bendiciones.

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