El Concilio dice que María avanzó en la peregrinación de la fe. Recorrió los caminos de la vida con las características de toda peregrinación: oscuridad, confusión, perplejidad, miedo, fatiga, sorpresas y sobre todo muchas interrogantes.
Los evangelios presentan a la Madre, meditando en su corazón, confrontando, las palabras antiguas con los hechos recientes y dolientes; y buscando el rostro de Dios entre silencios, penumbras y oscuridades.
No es cierto que la Madre desde pequeñita, supiera por revelaciones infusas, todo cuanto nosotros sabemos acerca de la Historia de la Salvación o acerca de la naturaleza trascendente del Hijo de sus entrañas. Mucha gente no siente simpatía alguna por una mujer aureolada, tan distante de nuestra pobre condición humana. La colocaron tan lejos, allá en el azul firmamento, coronada de estrellas, la luna bajo sus pies, como si se tratara de una semi-diosa
La Madre no fue nada de eso. Fue una mujer humilde, madre y esposa de un carpintero. Mujer que para procurar el pan de su hogar, tenía que moler rudimentariamente el trigo. Luego traer el agua de la fuente de Nazaret, en un cántaro sobre su cabeza, para amasar aquella harina. Y luego tenía que subir cerros, ella solita, y con sus manos cortar ramas, cargar todo eso a hombros; mientras se preocupaba de cuidar unos cabritos y dar de comer a unas gallinas. Eso fue la vida de la Madre. Nada de princesa de manos delicadas. No va por ahí su grandeza. Nunca fue una soberana, siempre fue una servidora, de Dios y de sus hermanos. Fue una mujer de fe y una pobre de Dios. Fue un camino silencioso, que va conduciendo a las personas hacia el espíritu de las Bienaventuranzas. Y nunca fue la todo-poderosa, fue una intercesora humilde y moderada, como la vemos en las bodas de Caná.
Aquel día, el anciano Simeón, sacudido por el Espíritu Santo pronunció palabras misteriosas, enigmáticas y desconcertantes. La Madre quedó admirada y sorprendida, señal evidente de que no sabía todo de aquel hijo de sus entrañas.
Tampoco entendió cuando al perder a su hijo, después de tres días de angustiosa búsqueda, por fin lo encuentra y la respuesta del niño fue extraña, misteriosa y distante. La Madre no entendió la actitud de su hijo. Pero he aquí la grandeza de la Madre, se retira humildemente, meditando en su corazón ¿Qué querrán decir estas palabras?, ¿Cómo habrá que interpretar todo esto?
Esa criatura excepcional que aparece en los Evangelios, indestructible ante las adversidades, es hija de una espiritualidad: de los pobres y humildes de Dios. Arcángel Gabriel, no soy sino una sierva del Señor. Que Él haga de mí lo que quiera. Así comprendemos aquella serenidad, manteniéndose digna e indestructible frente a lo que le tocó vivir.
Jesús fotografió a su Madre en el sermón de la montaña, pues todas las características existenciales de las Bienaventuranzas, coinciden asombrosamente con las modalidades y conducta general con las que la Madre aparece revestida en todo momento.
El Evangelio nació en el corazón de María, pasando naturalmente por el corazón de Jesús, quien desde pequeño mamó esta espiritualidad, hecho cuerpo y vida en su propia madre.
El acto de fe más alto que se ha hecho en la Historia de la Salvación lo realizó la Madre al pie de la Cruz. El Concilio dice: María mantuvo resueltamente el hágase en el Calvario. Como queriendo decir que donde más le costó a María decir el hágase fue en el Calvario. La Madre delante de aquel escenario de horror dijo: Mi Señor. Un día me dijiste que este, mi Hijo, sería grande pero aquí acaba como un criminal. Un día me dijiste que su reino no tendría fin, pero aquí, delante de mis ojos, lo han aniquilado al primer golpe. Un día me dijiste que se llamaría Hijo del Altísimo y aquí lo han encontrado más detestable que Barrabás. No veo nada. Todo es horror y tiniebla a mi derredor. Pero en medio de ésta tiniebla mi Señor, brilla para mí una estrella, y es el yo saber que para Ti no existen imposibles. Tú pudiste haber evitado todo esto, y si no lo has evitado, es señal de que lo has permitido. Si tu voluntad anda entre los pliegues de esta barbarie, porque lo has querido, dispuesto o permitido; he aquí tu pobre sierva que no tiene derechos, ni siquiera para protestar de tanta injusticia. He aquí tu pobre sierva para decirte esta tarde, mi Señor, no veo nada, pero si Tú lo has permitido, hágase tu voluntad. La Madre clavó sus ojos de fe en Aquel que está detrás de los acontecimientos y en cuyas manos están los hilos de la historia. En esas manos reclinó también su cabeza .Repitiendo una y otra vez en su corazón el Hágase.
San Juan dice en el cuarto Evangelio: “Junto a la Cruz de Jesús estaba de pie su Madre.”
Regina Coeli Una Señal de Esperanza