Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 26 abril 2026

Domingo de Pascua 4-A

Jn 10,1-10

Yo he venido para que tengan vida

Desde el año 1964, el Domingo IV de Pascua, que celebra hoy la Iglesia, fue declarado, «Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones», con acentuación especial a la vocación al sacerdocio, es decir, la de aquellos que en el pueblo de Dios son llamados a ser «pastores». Se eligió para esta Jornada de Oración este domingo, llamado «Domingo del Buen Pastor», dado que en los tres ciclos de lecturas se leen partes del Capítulo X del Evangelio de Juan, en el cual Jesús repite: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10,11.14) y explica esta analogía.

En el ciclo A de lecturas leemos los primeros versículos de ese Capítulo X de Juan. Dos veces repite Jesús la fórmula: «En verdad, en verdad les digo…», con la cual suele introducir una sentencia de revelación sobre su misma Persona. Tan notable es esta fórmula, propia de Jesús, que el texto original griego conserva sus mismas palabras: «Amen, amen…»; y la versión latina de la Neo Vulgata, que es la oficial de la Iglesia, también las conserva como salieron de la boca de Jesús: «Amen, amen dico vobis…». No conviene traducirlas por: «Les aseguro que…», porque esta fórmula (aparte de ocultar el concepto de verdad, que en hebreo se dice «amen»), es del lenguaje común, en tanto que «en verdad, en verdad les digo», se reserva en el Nuevo Testamento solamente a Jesús. A Él se le da, incluso, este nombre: «Esto dice el «Amén», el Testigo fiel y veraz…» (Apoc 3,14) y todo el Nuevo Testamento se cierra con esa palabra: «La gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!» (Apoc 22,21).

Jesús comienza este discurso ofreciendo un criterio para distinguir al verdadero pastor de las ovejas del ladrón y el salteador: «En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas». Jesús sigue indicando otras características del pastor: «las ovejas escuchan su voz; y él a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera… va delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz». Es una descripción de la vida real de una sociedad que convive con rebaños de ovejas y cabras. Pero los discípulos no saben con qué fin les dice eso: «Jesús les dijo esta descripción, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba». Para entender a qué viene ese discurso es necesario remontar más arriba. El episodio anterior es el de la curación del ciego de nacimiento y allí se nos describe la conducta de los fariseos ante ese signo evidente obrado por Jesús. Cuando afirman que Jesús es un pecador, no se comportan como pastores y el que había sido ciego no los escucha y, en cambio, responde con razón: «Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése lo escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Los fariseos reaccionaron expulsándolo de la sinagoga, es decir, del redil de Israel. Jesús, se va a demostrar como el verdadero pastor, acogiéndolo en su propio rebaño: «Jesús se enteró de que lo habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»… Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante Él» (cf. Jn 9,31-38).

Teniendo esto presente se entiende la explicación que da Jesús a sus discípulos sobre el criterio que ha expuesto para distinguir al pastor del salteador: «Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad les digo: Yo soy la puerta de las ovejas»». El criterio para conocer al verdadero pastor es el que entra por Jesús, el que ha sido enviado por Él y ha recibido de Él el mandato: «Pastorea mis ovejas» (cf. Jn 21,15.16.17). Antes de este envío conocemos los sentimientos de Jesús: «Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). El verdadero pastor está enviado a reproducir los rasgos y la enseñanza de Jesús. Esto significa «entrar por la puerta».

Jesús es también la puerta de las ovejas: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto». La expresión «entrar y salir» comprende la totalidad de la vida. Toda la vida debe estar en comunión con Cristo. A esto se refiere cuando dice: «Encontrará pasto». Se refiere al alimento de vida eterna que sólo Él nos concede y que nos une estrechamente a Él. Ya había enseñado Jesús, en la sinagoga de Cafarnaúm, cuál es este alimento diciendo: «El pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna… El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él…» (cf. Jn 6,51.54.56). Refiriéndose a ese discurso del «pan de vida», Jesús concluye con una definición sencilla y clara de su misión en el mundo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». La vida a la cual Jesús se refiere es la vida eterna, que es la vida divina infundida en nosotros ya en este mundo y que no tiene fin, no acaba con la muerte temporal, es eterna.

Esa vida la conceden a nosotros hoy los pastores enviados por Jesús, los que entran por Él, a quienes les dice: «Apacienta mis ovejas». A ellos, después de que les dio a comer su cuerpo y a beber su sangre, les dijo: «Hagan esto en memoria mía» (cf. Lc 22,19; 1Cor 11,24.25). Y ellos, cuando lo hacen, dicen en la Persona de Cristo a todos los demás: «Tomen y coman todos… esto es mi Cuerpo… Tomen y beban todos… esto es mi Sangre…». Cuando Jesús reveló este misterio, los presentes exclamaron: «Danos siempre de ese pan» (cf. Jn 6,34). Es el anhelo profundo de todo ser humano. Pero la Iglesia no puede satisfacerlo en la situación actual porque carece de los ministros en número suficiente. Al celebrar este domingo la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, debemos pedir al Señor que «envíe operarios a su mies» (cf. Mt 9,38) en número suficiente.

Para que nuestra oración por las vocaciones al sacerdocio sea más ferviente, es bueno que los fieles conozcan la situación particularmente crítica que se vive en nuestro país. En efecto, en cifras del año 2024, el número de sacerdotes en nuestro país es de 1.659. Considerada la población de Chile en ese año, el número de habitantes por cada sacerdote era de 12.526. Es imposible que un sacerdote pueda atender como pastor y darles el pan de vida a esa cantidad de personas. Ese año 2024 se ordenaron en el país 4 nuevos presbíteros. Pero cada año que transcurre se consume un año de ministerio de cada uno de esos 1.659 sacerdotes. Si se considera que cada nuevo sacerdote ejercerá el ministerio durante 50 años, para mantener la situación como está hoy, que ya es muy carente, deberían ordenarse cada año 33 nuevos presbíteros (33 x 50 = 1.650). Para que la situación mejore, debe ordenarse un número mayor.

Es necesario repetir a los jóvenes, en cuyas manos está el futuro de la Iglesia y de su misión en el mundo, lo que ya decía San Juan Pablo II en el año 1992: «Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades necesarias para ello» (Exhortación Apostólica «Pastores dabo vobis», N. 39,2). El gran santo, uno de los más grandes, San Francisco de Asís escribió en su Testamento: «El Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por el orden que ellos tienen, que si me persiguieren, quiero recurrir a ellos. Y si yo tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón, y encontrase en las parroquias donde viven, a sacerdotes que son pobres de este mundo, no quiero predicar contra su voluntad. Y a éstos y a todos los demás quiero temer, amar y honrar como a mis señores, y no quiero considerar en ellos el pecado, pues en ellos yo veo al Hijo de Dios y son mis señores. Y hago esto porque del altísimo Hijo de Dios no veo en este mundo corporalmente ninguna otra cosa más que su santísimo Cuerpo y Sangre, que sólo ellos consagran y sólo ellos administran a los demás» (Testamento, año 1226).

                                                                                           + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                Obispo emérito de Santa María de L.A.

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