La Ascensión del Señor C
Lc 24,46-53
Yo enviaré sobre ustedes la Promesa de mi Padre
El Evangelio de la Solemnidad de la Ascensión del Señor que leemos este domingo, tomado de Lucas, parece superponer dos instancias distintas en que Jesús resucitado se presenta a sus discípulos. El mismo Lucas nos informa en los Hechos de los Apóstoles que el tiempo que transcurre entre la primera instancia −el mismo día de su resurrección− y la segunda −el día de su ascensión al cielo− es de cuarenta días (cf. Hech 1,3). Por eso, el día propio de la Ascensión del Señor es el jueves de la Semana VI de Pascua.
En nuestra patria se suprimió el feriado civil en el día de la Ascensión del Señor con ley del año 1968. Ese fue el último año en que esa Solemnidad se celebró en su día propio. A partir del año 1969, la Iglesia trasladó esta fiesta al domingo siguiente, en lugar del Domingo VII de Pascua. De esta manera, hemos perdido, en los tres ciclos A, B y C, la celebración de un domingo importante, el único que cae en el tiempo de la espera de la venida del Espíritu Santo, es decir, entre la Ascensión del Señor y Pentecostés. Desde hace 57 años un fiel que participa en la Eucaristía dominical nunca ha escuchado proclamar las lecturas de ese domingo y la correspondiente predicación. Una buena práctica sería celebrar la Misa del Domingo VII de Pascua en alguno de los días de semana después de la Ascensión.
El Evangelio de este domingo puede dividirse en dos partes, según cada una de las dos apariciones de Jesús resucitado a sus apóstoles. La primera de esas apariciones ocurrió en la tarde, o ya noche, del mismo día de la resurrección de Jesús. Los discípulos de Emaús, después de reconocer a Jesús en la fracción del pan, regresaron de prisa a Jerusalén, cuando «el día había ya declinado» (cf. Lc 24,29), para compartir esta experiencia con los once apóstoles, y los encontraron reunidos. El Evangelio de Lucas sigue: «Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se puso en medio de ellos y les dijo: «Paz a ustedes»» (Lc 24,36). En esta ocasión, ahora ante los Once y los que estaban con ellos, Jesús repitió la explicación que ya había dado a los discípulos de Emaús, para que comprendieran que «era necesario que el Cristo padeciera eso (su condenación a muerte y crucifixión) y entrara así en su gloria» (cf. Lc 24,26). En efecto, «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24,45). ¿Qué es lo que está escrito y que ellos tienen que comprender? Jesús les dice: «Está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén». Y los envía a ellos con esa misión declarandolos «testigos» de lo visto y oído: «Ustedes son testigos de estas cosas». Pero no podían empezar aún esa misión, porque faltaba algo esencial −como veremos−, que los habilitaría, llevandolos a la verdad plena de la Palabra de Jesús y dandoles fuerza para proclamarla (cf. Jn 16,13; Hech 1,8).
Después de esa primera aparición, Jesús resucitado «se presentó a ellos vivo después de padecer, dandoles muchas pruebas, dejandose ver por ellos durante cuarenta días y hablandoles acerca del Reino de Dios» (Hech 1,3). No sabemos con qué frecuencia ni cuántas veces se presentó ante ellos durante ese tiempo. Por el Evangelio de Juan tenemos el relato de dos de esas instancias. Una aconteció ocho días después de su resurrección, cuando aceptó de parte de Tomás la confesión de su divinidad, y otra, a orillas del Mar de Galilea, cuando dio a Pedro personalmente la misión de pastor de todo su rebaño (cf. Jn 20,26-29; 21,1.14.15-17).
La segunda parte del Evangelio de este día nos relata la última aparición a sus apóstoles de Cristo resucitado, cuarenta días después de su resurrección. Y es la última, porque en ese día, a la vista de ellos, fue llevado al cielo: «Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo; y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». De esta manera, Jesús concluyó la misión para la cual fue enviado al mundo y, desde entonces, hay Uno de nuestra misma naturaleza humana, que como Hijo de Dios está sentado a la derecha del Padre. Antes de ser llevado al cielo, Jesús les dice que falta aún algo para que ellos puedan comenzar su misión de testigos: «Miren, Yo voy a enviar sobre ustedes la «Promesa de mi Padre». Ustedes permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de Poder desde lo alto».
«Promesa de mi Padre» y «Poder desde lo alto». Así llama Jesús al Espíritu Santo. Es del Padre y lo envía Jesús resucitado −el Hijo− desde lo alto. Por eso, confesamos nuestra fe en Él diciendo: «Que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria» (Catecismo N. 245.246). Es una «Promesa» de Dios y, por tanto, es de bondad infinita y no puede dejar de cumplirse, porque Dios es fiel. Como toda promesa, mientras no se cumple, deja a los destinatarios a la espera. Por eso, Jesús les manda: «Permanezcan en la ciudad». Esa espera duró diez días y, por tanto, la Promesa de Dios se cumplió cincuenta días después de la resurrección de Cristo. La celebración de ese cumplimiento, que puso en movimiento a los discípulos de Cristo, recibe el nombre de esa circunstancia temporal, «Pentecostés», palabra griega que significa «cincuentenario».
Después de celebrar la Ascensión del Señor también nosotros, junto con toda la Iglesia, quedamos a la espera, anhelando una nueva efusión del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios es un «Poder de lo alto», que transforma el mundo infundiendo el amor divino en el corazón del ser humano. Vemos hoy que la tierra está llena de violencia y de egoísmo, tal vez como nunca antes. Por eso, imploramos: «Envía, Señor, tu Espíritu y renueva la faz de la tierra» (cf. Sal 104,30).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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