Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 28 de junio de 2028

Día litúrgico: Viernes 12 del tiempo ordinario

28 de junio: San Ireneo de Lyon, obispo, mártir y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Mt 8,1-4):

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante Él y le dijo: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante quedó purificado de su lepra.

Jesús le dijo: “No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Palabra del Señor.

Reflexión

Con el capítulo séptimo de Mateo, terminamos de leer el sermón del monte. A continuación, san Mateo nos presenta una serie de diez milagros que pretenden mostrar que Jesús no se queda sólo en la palabra, sino que pasa a la acción. Mediante ellos Jesús corroboró su doctrina y mostró la cercanía del Reino de Dios. Jesús ha proclamado el Reino con palabras, ahora comienza a hacerlo con signos. Las obras que él hace, curando enfermos y resucitando muertos, van a ser la prueba de que, en verdad, viene de Dios: “Si no creen a mis palabras, crean al menos a mis obras”. (Juan 14, 11)

Esta vez lo primero que hace es curar a un leproso. Éste no tiene solo una enfermedad física, sino que es considerado impuro. El leproso según el libro del Levítico tenía que permanecer apartado de la comunidad y en especial de la asamblea cultual; su mal por tanto era biológico, pero también social y religioso (Lv 13,9-17).

La oración de este buen hombre es breve y confiada: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Se fía de él, considera que tiene el poder de sanar, de salvar, de devolverlo al lugar al que pertenece. Cuando se acerca a Jesús haciéndole su petición, le está pidiendo no solo que lo cure, sino que le devuelva su dignidad, que lo re-integre de nuevo en la comunidad. Jesús, viendo su fe, lo toca, a pesar de que eso implicaba entrar en impureza. Para Jesús, las leyes, incluso las religiosas siempre están al servicio del ser humano y de su dignidad. Por eso proclama: “Quiero, queda limpio”. La fuerza salvadora de Dios está en acción a través de Jesús, el Mesías.

El evangelista subraya la realización del signo; las palabras de Jesús no son palabras al aire, siempre se cumplen. El leproso queda sanado y queda salvado. Es curado de la enfermedad, es revestido de su dignidad y son restauradas sus relaciones comunitarias. Pero si la enfermedad tenía una dimensión social, la sanación también habrá de tenerla. Por eso, Jesús, aunque le pide silencio, para que su mesianismo no se confunda con un mesianismo de espectáculo, lo invita a que vaya al sacerdote que es según la ley el que puede declarar públicamente que el leproso ha pasado de la enfermedad a la salud, de la impureza a ser declarado puro (Lv 13,17). La comunidad ha de volver a integrar al que había excluido.

Jesús sigue «queriendo» curarnos de nuestros males, especialmente de la lepra del pecado. Todos somos débiles y necesitamos su ayuda. Nuestra oración, confiada y sencilla como la del leproso, se encuentra siempre con la mirada de Jesús, con su deseo de salvarnos. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa: tiene Él más deseos de curarnos que nosotros mismos. No obstante, también nosotros debemos colaborar. San Agustín nos lo recuerda en su clásica sentencia: «Aquél que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Jesús nos “toca” con su mano, como al leproso: nos toca con los sacramentos, a través de la mediación eclesial. Nos incorpora a su vida por el agua del Bautismo, nos alimenta con el pan y el vino de la Eucaristía, nos perdona a través de la mano de sus ministros extendida sobre nuestra cabeza.

Los sacramentos, como dice el Catecismo, son “fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza” (CEC 1116).

La Buena Noticia que trae Jesús es una Noticia liberadora, salvadora que restaura la dignidad del ser humano cuando se ha perdido, que lo devuelve a la “mejor versión de sí mismo”, que lo restituye en la comunidad donde las relaciones fraternas son propias de los que nos llamamos hijos de Dios.

¿Somos buenos seguidores de Jesús? ¿Con que confianza me acerco a él? ¿Qué le pido que limpie o restaure en mí? ¿Salimos al encuentro del que sufre y hacemos todo lo posible por ayudarlo?

Señor, Concédenos vivir siempre, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Amén.

Bendiciones.

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