Domingo 13-B
Mc 5,21-43
Yo he venido para que tengan vida
En el Evangelio del domingo pasado, leíamos el episodio de la tempestad calmada por Jesús en el Mar de Galilea mientras atravesaba en la barca con sus discípulos hacia la rivera oriental del lago. En esa región Jesús liberó a un hombre poseído por un espíritu inmundo, de manera que el hombre pasó de loco furioso que aterraba a los habitantes a un hombre libre y completamente pacífico. La región en que esto ocurrió no tiene una clara identificación, excepto el hecho de encontrarse en la orilla opuesta a la región de Galilea. Marcos la llama «región de los gerasenos»; Mateo la llama «de los gadarenos» y Lucas, «de los gergesenos». La razón de esta oscuridad es, probablemente, que en esa región el espíritu inmundo, que resulta ser una «legión» de demonios, se siente a gusto −«rogaban a Jesús con insistencia que no los expulsara de la región»− y, precisamente, sus habitantes, al ver el hombre liberado por Jesús «sentado, vestido y en su sano juicio», cuando ya no había nada que infundiera miedo de parte de él, «se llenaron de temor» y prefirieron liberarse de Jesús: «Le rogaron que se alejara de su territorio» (cf. Mc 5,1-17). Y Jesús lo hace.
Aquí comienza el Evangelio de este Domingo XIII del tiempo ordinario: «Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a Él mucha gente; Él estaba a la orilla del mar». Como vemos, el escenario se repite. Es el mismo lugar en que poco antes sentado en la barca había enseñado a la multitud «muchas cosas por medio de parábolas» (Mc 4,2.33). Es interesante notar el contraste que establece el evangelista entre una región en que domina el espíritu inmundo −lo inmundo es lo que es completamente opuesto a Dios− y Jesús es marginado y otra región, donde la genta lo busca y se aglomera en torno a Él. Aquí el evangelista presenta dos casos de viva fe en Él, que hacen resplandecer su condición de Salvador y fuente de vida.
«Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva»». Nada complace más a Jesús que la fe en Él y, cuando alguien expresa esa fe, Jesús concede cualquier petición: «Jesús se fue con él».
El evangelista deja esperando el desenlace de esta petición, narrando lo que ocurre en el camino, cuando Jesús va rodeado de «una gran muchedumbre, que lo oprimía»: «Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años…, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar, aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré»». Marcos hace notar el contraste entre todos los medios usados por la mujer −«había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor»− y el medio absolutamente «no invasivo» y completamente eficaz que ahora le sugiere su fe en Jesús: solo tocar sus vestidos para salvarse. Así lo hace y el efecto se produce, tal como había creído: «Inmediatamente, se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal».
El caso de la mujer pudo haber concluido allí; pero Jesús quiere darle un don mayor que la salud corporal; quiere darle una Palabra suya personal, una de esas «Palabras de vida eterna», que sólo Él tiene (cf. Jn 6,68). Por eso, quiere identificar a la mujer y, cuando ella se presenta, la llama de una manera que es única en todo el Evangelio: «Hija». Jesús ha hablado de un parentesco nuevo establecido con Él de los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen diciendo: «Estos son mi madre y mis hermanos y hermanas» (cf. Mc 3,33-35). Pero «hija» lo mereció sólo ésta, que ciertamente era una mujer adulta, dada su descripción, probablemente, mayor que Jesús. Él agrega a ese vocativo la explicación: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad». Fue iniciativa de Jesús distinguirla así; ella no esperaba tanto.
Entretanto, ¿qué ocurrió con la hija de Jairo? Entretanto ella murió y así parece perderse toda esperanza. Se esperaba que Jesús la sanara mientras estaba enferma; pero, ¿resucitarla una vez muerta? Eso es lo que dicen a Jairo los que traen la funesta noticia: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?». Ciertamente, todos los presentes estaban de acuerdo con esa opinión. No sabemos cómo reaccionó Jairo, porque antes intervino Jesús: «No temas; solamente ten fe». Y Jesús pudo seguir adelante, porque Jairo creyó que el poder salvador de Jesús vence a la muerte.
Para Jesús, la muerte corporal es algo transitorio. Él mismo la sufrió, como manifestación suprema de su condición de hombre verdadero «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (cf. Fil 2,8); pero había asegurado, hablando de su propia vida humana: «Tengo poder para darla y poder para recuperarla» (Jn 10,18); y respecto de los que creen en Él declara: «Yo lo resucitaré» (cf. Jn 6,44.54). Ahora va a demostrar que Él es la Verdad y la Vida: «Tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate». La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años».
Tenemos en el Evangelio otros dos casos en que Jesús devuelve un muerto a la vida: al hijo de la viuda de Naím, a quien ya llevaban en el féretro a enterrar y a quien Jesús dice la misma palabra que a la hija de Jairo, aunque, narrado por Lucas, no nos conserva la misma palabra en arameo: «Joven, a ti te digo: ¡Levántate!» (Lc 7,14); y la resurrección de Lázaro a quien, aunque pasados cuatro días en el sepulcro había superado el límite del comienzo de la descomposición, Jesús grita: «Lázaro, sal fuera» (Jn 11,43).
Jesús es fuente de salvación y de vida y donde está Él las fuerzas de muerte son vencidas. El Evangelio nos enseña que no podremos vencer la delincuencia, los homicidios, el tráfico de droga, con sus secuelas de muerte, con nuestros propios medios, si prescindimos del único que es fuente de vida y que ha declarado: «He venido al mundo para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10) y reprocha a los de su tiempo y también a nosotros: «No quieren venir a mí para tener vida» (Jn 5,40). Todos los otros intentos se han demostrado ineficaces; sigue siendo verdad: «Separados de mí, ustedes no pueden» (cf. Jn 15,5).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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