Día litúrgico: Viernes 26 del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 10,13-16):
Jesús dijo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y sentándose sobre ceniza. Por eso Tiro y Sidón, en el día del Juicio, serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.
Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. El que los escucha a ustedes me escucha a mí: el que los rechaza a ustedes me rechaza a mí; y el que me rechaza rechaza a Aquél que me envió.
Palabra del Señor.
Reflexión
El evangelio de hoy da continuidad al envío de los setenta y dos discípulos. Al final de este envío Jesús decía que había que sacudirse el polvo de los zapatos cuando los misioneros no fueran recibidos. Hoy Jesús acentúa y amplía tanto el envío como las advertencias a los que no aceptan recibir su Palabra.
El duro reproche de Cristo a las ciudades impenitentes contiene una última invitación a la conversión comunitaria y personal, por un doble motivo: porque el Reino de Dios tiene la primacía absoluta y porque la mera pertenencia al pueblo israelita no garantiza la entrada en el mismo. Algo que se aplica también a nosotros los cristianos, miembros bautizados de la Iglesia. Sería muy peligroso desoír hoy a Jesús.
Pero hay mucha diferencia entre percibir la urgencia de la conversión como una fría amenaza o como una invitación liberadora. En el caso de amenaza, la inminencia del juicio de Dios crea angustia; como invitación liberadora, en cambio, se trata de una llamada estimulante que genera gozo porque nos libera del obstáculo que está impidiéndonos crecer como personas y como creyentes.
No creamos que la conversión es solo para los grandes pecadores y descreídos. A pesar de ser quizá cristianos de toda la vida, necesitamos siempre convertirnos. El “hombre viejo” que llevamos dentro se opone constantemente al “hombre nuevo” liberado por Cristo. Por eso la conversión a Dios y a los valores evangélicos de su Reino es labor continua de toda la existencia, tarea silenciosa de cada día. Nunca estaremos suficientemente convertidos, porque el amor cristiano no tiene nunca fin de etapa; la meta está siempre más allá.
La conversión continua es, pues, una tarea siempre pendiente. Necesitamos convertirnos cada día del pecado profundo que anida en nuestro corazón con múltiples manifestaciones: egoísmo y soberbia, agresividad y violencia, mentira y lujuria, desamor y clasismo, doblez, apatía y desesperanza…, para cambiar a ser altruistas y generosos, humildes y pacíficos, sinceros y castos, serviciales y acogedores, solidarios con los demás y testigos de esperanza para todos.
Ser cristiano, estar convertido al Reino de Dios, es un reto exigente, es tensión permanente, es algo siempre inacabado, porque no es un título de fin de carrera. Sería un espejismo peligroso aplazar la conversión, pues la palabra de Dios nos juzga cada vez que la oímos. Señalémonos hoy con realismo metas personales y comunitarias de conversión y progreso a corto y mediano plazo, concretando nuestra renovación bautismal. Signos que expresan y medios que reafirman la conversión son, entre otros, la penitencia sacramental y la penitencia de la vida, la oración y la meditación de la palabra de Dios, la caridad y el compartir con los hermanos.
Adelante, siempre adelante, sin desanimarnos en esta tarea de conversión. Tenemos ya la fuerza del Reino dentro de nosotros; el Señor camina a nuestro lado con su amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu de Jesús. Y es el amor la vitamina del crecimiento cristiano y la clave de la conversión que progresa hasta alcanzar la talla requerida.
¿Cómo abrirnos a la acción del Espíritu Santo para que las palabras que proclamamos sean las de Jesús que tiene el poder de hacer nuevas todas las cosas y de dar la vida a quien la busca? ¿Cuáles son los ámbitos sociales y religiosos que oponen mayor resistencia a la Palabra? ¿Cómo he respondido a todo el amor que Dios ha derramado en mi vida?
Padre, danos tu Espíritu Santo para discernir la Palabra que proviene de Jesús y de sus enviados, para no caer en el error de rechazarlo a Él y de rechazarte a ti que lo enviaste, para tener el corazón, los ojos y los oídos atentos a su voz, que exige conversión, hospitalidad y acogida. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza