Domingo 26-C
Lc 16,19-31
Si no escuchan a Jesús, aunque resucite un muerto, no se convertirán
El Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario nos presenta una parábola que en el mismo Evangelio no tiene nombre, pero que la tradición ha llamado «del rico epulón». Esta palabra procede del verbo deponente latino «epulor» que significa «comer en un banquete abundancia de manjares». Es el nombre adecuando a esa parábola que comienza así: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas».
Pero, en realidad, el héroe de la parábola es un segundo personaje, que es presentado así: «Y (era también) uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas». En dos líneas Jesús presenta ante los ojos del lector con implacable realismo una escena que suele darse entre los seres humanos. ¿De dónde recibe Jesús experiencia de ese contraste tan extremo? Los pueblos y aldeas de la Galilea que Él recorría no parecen ser el lugar. Muchos opinan que el ambiente es la ciudad de Magdala, a orillas del Mar de Galilea, que era una ciudad opulenta, gracias a la industria del pez salado que se exportaba desde allí a todo el imperio. Bien sabían de esto los primeros discípulos de Jesús −Pedro, Andrés, Santiago y Juan−, que eran pescadores en ese mar cuando Jesús los llamó (cf. Lc 5,1-11). Por su parte, la sal, que se usaba en las salazones, provenía del Mar Muerto, que, como sabemos, tiene una gran concentración de sal, por ser el lugar más bajo de la tierra, de manera que el agua entra y no tiene salida más que por evaporación, concentrando cada vez más la sal. Por eso, no tiene vida, es muerto.
No consta por los Evangelios que Jesús haya estado en Magdala. Pero no podía ignorar su existencia y su ambiente dada la cercanía con Cafarnaúm, donde Jesús tenía su centro. En efecto, Magdala dista hoy de Cafarnaúm por carretera aprox. 7 km, la distancia que se recorre a pie en poco más de una hora. Por otro lado, la primera de sus discípulas y la mujer más cercana a Jesús, después de su Madre Stma., era María de Magdala (Santa María Magdalena).
Esta parábola comienza con las palabras: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino…» y se presenta como una explicación de la parábola que leíamos el domingo pasado, que a su vez comenzaba con las palabras: «Era un hombre rico, que tenía un administrador…» (Lc 16,1). La enseñanza de esta parábola era expresada por Jesús como una exhortación a los ricos a socorrer con su dinero a los pobres en este mundo para tenerlos como amigos: «Y yo les digo a ustedes: haganse amigos con el Dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, los reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9). Terminada esta recomendación, el evangelista incluye una serie de sentencias de Jesús, entre ellas esta: «Ustedes no pueden servir a Dios y a Mamoná (el dinero)», que provocó esta reacción: «Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Él» (Lc 16,13.14).
Los fariseos eran la secta religiosa de Israel que aceptaba como Palabra de Dios la Ley y los profetas (Moisés y los profetas), a diferencia de los saduceos, que aceptaban solamente la Ley, es decir, el Pentateuco. Por eso, Jesús declara: «La Ley y los profetas llegan hasta Juan; desde entonces es evangelizado el Reino de Dios, y todo (hombre) se hace violencia hacia él» (cf. Lc 16,16); y responde a las burlas de los fariseos con la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro. En esa historia, que es verosímil, el rico no tuvo la precaución de concitarse la amistad de Lázaro dejandole comer lo que caía de su mesa, porque ni siquiera reparaba en la existencia de Lázaro y éste no contaba con más consuelo que el de los perros. Esta situación duró hasta la muerte de uno y otro, cuando al rico vino a faltar el dinero, y entonces la situación se invirtió: «Murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; murió también el rico y fue sepultado… en el Hades entre tormentos». Ahora el rico recién reparó en la existencia de Lázaro, que gozaba de la dicha eterna: «Levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno» y quiso gozar de su consuelo rogando a Abraham: «Padre Abraham, … envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama». Observemos que esta es la descripción que hace Jesús de ese lugar, que Él llama Hades. Esa descripción incluye el hecho de que es irreversible, según la respuesta de Abraham: «Entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros».
Hasta aquí, la parábola, que explica esa recomendación de Jesús de hacerse amigos con la riqueza de este mundo para ser recibido en las moradas eternas, habría estado completa. Pero Jesús agrega una segunda parte como respuesta a las burlas de los fariseos. Se trata de la preocupación del rico −imposible en un habitante del Hades− por sus hermanos y su petición de mandar a advertirlos para que no caigan también ellos en ese lugar: «Te ruego, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento». La respuesta de Abraham es la que habría dado un fariseo: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». En diversos lugares la Ley de Moisés manda a los ricos socorrer a sus hermanos pobres. Citamos uno: «No faltarán pobres en esta tierra; por eso te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Deut 15,11). Por su parte, los profetas: «Dice el Señor: «El ayuno que Yo quiero, ¿no será compartir con el hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en tu casa? ¿Que cuando veas a un desnudo lo cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora…»» (Isaías 58,7-8).
Habría bastado que el rico hubiera cumplido la Ley y los profetas para ser también él acogido en el seno de Abraham. Pero Jesús ha dicho que la Ley y los profetas llegaban hasta Juan y que ahora es evangelizado el Reino de Dios. Así es. Lucas no tiene un relato del Juicio Final, como tiene Mateo (cf. Mt 25,31-46). Pero esta parábola del rico epulón es su versión de ese evento final, en el cual la sentencia será: «Vengan, benditos de mi Padre, reciban en herencia el Reino… porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer…»; o esta otra: «Apartense de mí, malditos, al fuego eterno… porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer…» (cf. Mt 25,34-35.41.42). A nosotros no se nos pide ya escuchar a Moisés y los profetas; a nosotros se nos pide escuchar al Hijo de Dios hecho hombre y quien lo pide es Dios mismo, cuando, en aquel monte Tabor, en presencia de Moisés y Elías −la Ley y los profetas−, declaró, ante sus discípulos, que veían a Jesús transfigurado: «Este es mi Hijo, el Elegido; escuchen a Él» (Lc 9,35). La parábola que hemos leído la propone Él.
Con mayor razón podemos decir ahora lo que decía Abraham al rico que insistía en que la resurrección de un muerto movería a conversión a sus cinco hermanos: «Si no escuchan a Jesús, aunque resucite un muerto, no se convertirán». Es verdad, Jesús resucitó a un muerto, que precisamente se llamaba ¡Lázaro! y los Sumos Sacerdotes y fariseos reconocieron el hecho: «Este hombre realiza muchos signos», pero no se convirtieron, sino: «Desde ese día decidieron dar muerte a Jesús» (cf. Jn 11,47.53).
La palabra de Jesús sólo puede ser escuchada en el silencio de la oración, después de implorar la acción de su Espíritu. Bien lo declaraba el gran santo doctor de la Iglesia, San Juan de la Cruz: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma» (Dichos de luz y amor, número 99).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza