Domingo 24-C
Lc 15,1-32
Jesús acoge a los pecadores y come con ellos
En este Domingo XXIV del tiempo ordinario leemos en el Evangelio de Lucas el capítulo XV completo, que contiene las tres parábolas de los «perdidos»: de la oveja perdida, de la dracma perdida y, sobre todo, del hijo perdido, llamada habitualmente «del hijo pródigo», que tal vez sea la más hermosa y más conocida de las parábolas de Jesús. Esta última parábola resume en una frase repetida la historia de salvación de toda la humanidad: «Este «hijo mío» estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado… Este «hermano tuyo» estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Ningún ser humano que goza ya de la vida eterna tiene una historia distinta, excepto la Inmaculada Madre de Dios, quien, por singular privilegio, fue desde su concepción inmune de todo pecado (Constitución Apostólica «Ineffabilis Deus», Beato Pío IX, 8 diciembre 1854). Ella nunca estuvo perdida.
La parábola del Hijo Pródigo la encontramos solamente en el Evangelio de Lucas. Debemos suponer que los otros evangelistas no la conocieron, porque, de haberla conocido, no la habrían dejado fuera de sus escritos. Lucas tuvo que haberla recibido de boca de uno de los Doce. En el prólogo de su Evangelio asegura que él emprendió esta obra, «después de haber investigado todo diligentemente», con la intención de exponer «lo que fue transmitido a nosotros por los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (cf. Lc 1,2). Responden a esta definición solamente los Doce, porque ellos fueron ciertamente testigos oculares, habiendo estado con Jesús desde el Bautismo de Juan hasta su Ascensión al cielo (cf. Hech 1,21-23.26)), y son «servidores de la Palabra», según la declaración de Pedro: «Nosotros (los Doce) nos dedicaremos a la oración y al servicio (diaconía) de la Palabra» (Hech 6,4). Aprovechamos de decir que en su investigación Lucas conoció muchas otras cosas sobre Jesús y su enseñanza que nos llegan a nosotros solamente a través de su Evangelio. En efecto, casi la mitad del Evangelio de Lucas (para precisión, el 45%) es material que no tiene paralelo en los otros Evangelios o demás escritos del Nuevo Testamento.
El escenario de esta enseñanza en tres parábolas es presentado por Lucas con una cierta exageración, que corresponde a la definición de todo ser humano como «pecador»: «Se acercaban a Él todos los publicanos y los pecadores para escucharlo». El acceso a Jesús para escucharlo está abierto a todos. Jesús mismo es la Palabra de Dios hecha carne y toda palabra se pronuncia con el fin de ser escuchada. Por otro lado, «los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos»». Esta crítica de los fariseos contra Jesús había sido expresada anteriormente por Lucas y era conocida por los evangelistas Marcos y Mateo y la presentan cuando, en efecto, Jesús estaba comiendo con publicanos, después de llamar a uno de ellos llamado Leví («Mateo», según el Evangelio de este nombre), que lo invitó a su casa: «Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué comen y beben ustedes con los publicanos y pecadores?»». En esa ocasión Jesús respondió: «No necesitan de médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, a conversión» (cf. Lc 5,30-32 y los paralelos Mc 2,16-17 y Mt 9,11-12.13).
En el Evangelio de este domingo Jesús responde a esa misma murmuración por medio de las tres parábolas. Con las dos primeras −la parábola de la oveja perdida y la parábola de la dracma perdida− nos asegura que habría bastado que uno de esos pecadores se hubiera convertido para justificar el acogerlos y hablarles: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión… se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta». Si la conversión de un pecador es causa de alegría en el cielo, debe ser causa de alegría para nosotros en la tierra. Esta respuesta a la murmuración habría sido suficiente
Pero Jesús sigue adelante con la parábola del «hijo pródigo», porque, movido por su infinita misericordia, quiere la conversión también de esos fariseos que murmuraban contra Él. En la escena de la vida real estaban los publicanos y pecadores, por un lado, y los fariseos, por otro, y ambos grupos necesitaban convertirse acogiendo a Jesús; en la parábola está el hijo menor, por un lado, y el hijo mayor, por otro, y ambos tiene que cambiar su actitud respecto del padre, ambos necesitan convertirse. Por eso, la parábola comienza: «Un hombre tenía dos hijos». Se anuncia así una parábola que tiene dos estrofas.
La primera estrofa se refiere al hijo menor. Éste piensa que se va a encontrar mejor lejos de su padre y de la casa paterna y no tiene ninguna consideración por el dolor que pueda causar a su padre abandonandolo: «El hijo menor lo reunió todo (su parte de la herencia) y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino». Cuando se redujo al extremo de tener que ir a apacentar puercos y disputar a los puercos las algarrobas que comían, tomó la decisión de volver donde su padre, porque allá el último de los jornaleros estaba mucho mejor que él. No está movido por amor al padre, sino por amor a sí mismo. No conoce el amor del padre, porque solo conoce su propio egoísmo. Por eso, arma un discurso que pueda mover al padre a acogerlo, ya no como hijo, sino como quien pueda negociar con él un salario por su trabajo: «Tratame como a uno de tus jornaleros». Pero se encuentra con la sorpresa de que el padre se alegra de su regreso y lo demuestra corriendo hacia él como un niño para abrazarlo y besarlo, lo llama «hijo mío» y le concede los signos de su dignidad de hijo −el mejor vestido, anillo para su dedo y sandalias para sus pies− y organiza una espléndida fiesta para celebrar su regreso: «Celebremos una fiesta, porque este «hijo mío» estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Aquí termina la historia de ese hijo. Pero podemos suponer que aquí comienza su conversión al comprender cómo era realmente su padre; podemos suponer que comenzó a sentir vivo dolor de haberlo abandonado. Este mismo dolor expresa San Agustín, después de que se convirtió, cuando confiesa su pecado de haber abandonado a su madre con engaño para embarcarse hacia Italia: «Engañé a mi madre, ¡y a tal madre!» (Las Confesiones, Libro V, Cap. VIII, N. 15).
Jesús acoge a los pecadores, como el padre a ese hijo y les hace experimentar su amor, el amor que lo lleva hasta el extremo de entregar su vida. El Evangelio no nos dice si alguno de ellos se convirtió. Pero conocemos ese desenlace en el caso de la pecadora que, en casa del fariseo Simón, lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los secó con sus cabellos y mereció que Jesús la defendiera declarandola perdonada: «Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho» (Lc 7,47-48). Acto seguido, Lucas presenta a María Magdalena, «de la que habían salido siete demonios» (Lc 8,2), como la primera de las mujeres que siguen a Jesús ¡y lo sigue hasta la cruz!
Eran dos los hijos. El auditorio está curioso por saber qué pasó con ese otro hijo. Para responder sigue la segunda estrofa. Ese otro hijo tampoco ama al padre y «murmura» contra él, porque acoge de esa manera al hijo pecador a quien rehúsa llamar «mi hermano»: «Yo jamás he dejado de cumplir una orden tuya… y ¡ahora que ha venido «ese hijo tuyo», que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!». El padre sale a rogarlo, asegurándole que la acogida que da a «su hermano» no pone en peligro su parte de la hacienda: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo». El padre quiere obtener la conversión también de este hijo y lograr que entre a la fiesta y se alegre por el regreso del hermano: «Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque «este hermano tuyo» estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado». Y aquí termina la parábola, dejándonos también en este caso en suspenso. ¿Se alegró este hijo y entró a la fiesta o se fue irritado arruinando la alegría del padre? Todo el auditorio de Jesús ha comprendido que en el caso de este hermano están los fariseos que murmuraban contra Jesús, porque acogía a los pecadores procurando su conversión. Jesús deja la parábola en suspenso para dejar abierta la posibilidad de que ellos depongan esa actitud y se alegren con Jesús de que los pecadores vengan a escucharlo y así se cumpla lo que dice Juan acerca de la acogida de la Palabra: «A cuantos la acogieron les dio el poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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