Día litúrgico: Viernes 23 del tiempo ordinario
12 de septiembre: El Santísimo Nombre de María
Texto del Evangelio (Lc 6,37-42):
Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes”.
Les hizo también esta comparación: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?
El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.
¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo», tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano”.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy es la fiesta del Santísimo Nombre de María, luz que ilumina los cielos y la tierra. El nombre de María, asociado al de Jesús, aglutina todo bien y de solo pronunciarse los temores se dispersan. Lucas señala en su evangelio para veneración de todos los cristianos: “el nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27). Si el nombre de los hombres comunes merece respeto, con mayor razón los cristianos estamos llamados a honrar los santos nombres de Jesús y de María.
En el evangelio de hoy continuamos leyendo las recomendaciones dadas por Jesús en el sermón de la llanura, y en este contexto de enseñanza a sus discípulos se nos presenta una breve pero potente lección contra la hipocresía. ¡Cuán fácil es juzgar y condenar a los demás! Sabiendo esto, Jesús nos invita a mirarnos primero, comprobando nuestras miserias. Nadie es tan bueno como para creerse mejor al resto. Si pensáramos en esta realidad un poco antes, tendríamos más misericordia con nuestros semejantes.
Jesús hace una seria advertencia que además nos la dejó en el Padre Nuestro «perdónanos como nosotros perdonamos», si queremos el perdón de Dios debemos practicar el perdón de los enemigos, no hay otra forma de ser cristianos, ya que la medida que usemos con los demás será la medida que se usará para nosotros. Jesús advierte que no debemos juzgar, ya que sólo Dios es Juez; si queremos no ser juzgados no debemos juzgar, si queremos no ser condenados no debemos condenar, más claro “echarle agua”.
Somos frágiles como vasijas de barro y por lo tanto somos pecadores, por eso no debemos erigirnos como jueces de los demás, no podemos ser ciegos que guían a otros ciegos, si queremos ayudar a otra persona, si queremos corregirla por algo malo que hace o ha hecho, debemos esforzarnos, primero en ser mejores, de lo contrario seríamos como los fariseos o como el “cura Gatica”; primero debemos limpiar nuestro ojo de sus muchas suciedades para poder limpiar así la pequeña suciedad del ojo de mi hermano.
¡Qué fácil vemos los defectos de nuestros hermanos, y qué capacidad tenemos de disimular los nuestros! Eso se llama hipocresía, uno de los defectos que más criticó Jesús.
Queremos hacer de guías de otros, cuando los que necesitamos orientación somos nosotros.
Queremos hacer de maestros, cuando no hemos acabado de aprender. Y nos metemos a dar consejos y a corregir a otros, cuando no somos capaces de enfrentarnos sinceramente con nuestras propias fallas.
No se trata de que no podamos ser maestros que guian y corrijan, podemos. La condición es jamás ponernos en el lugar de Jesús. Detenernos a observar el error del hermano es perder de vista a Jesús. No tenemos que fijarnos tanto en los defectos de los demás, sino en los nuestros.
Los santos de todos los tiempos han logrado tan alto nivel de radicalidad en la vida cristiana porque han vuelto su mirada sobre sí mismos, y al descubrir sus pecados y errores, a veces tan grandes como una viga, se han dedicado a la propia corrección. Quien actúa así suele entrar en un camino guiado por la caridad de Dios, y de esta forma se vuelve misericordioso con las «pajas» qué encuentra en el ojo de su hermano; solo usando la delicadeza espiritual conferida por la misericordia pueden efectivamente ayudar a erradicar tales impurezas.
Un movimiento inverso delata a quien solo finge buscar la santidad, pero en realidad quiere complacerse así mismo. San Agustín escribió en sus confesiones: «Cuanto más curioso se vuelve el hombre por conocer la vida ajena, tanto más desidioso se vuelve para enmendar la suya propia». Quien propende a indignarse con los pecados de los demás, poca atención a dado a los propios.
Sacar la viga en el propio ojo es llegar al otro con humildad y respeto. Máxima humildad y máximo respeto para ayudar. Para ser un líder capaz de ayudar a los demás, conviene ser “crítico” y exigente con uno mismo. No es fácil ayudar al hermano a salir adelante de sus debilidades. Requiere, como cuando hay que sacar una paja del ojo, mucho cuidado, mucho cariño, mucho amor y atención.
Una mirada al espejo, un vistazo a nuestra pequeñez e insignificancia, a nuestra “viga” en el ojo, minimizará sin duda los errores de los otros y nos hará más tolerantes y acogedores, pensando que los demás también tienen que soportarnos a nosotros. Conocer nuestras propias limitaciones, admitirlas y aceptarlas nos enseñará a saber estar y vivir con los demás. Así caminaremos en verdad y sencillez, con ánimo de compañerismo, tolerancia y comprensión hacia los demás sin condenarlos.
¿Tendemos a ignorar nuestros defectos, mientras que estamos siempre alerta para descubrir los ajenos? ¿Por qué nos deleitamos tanto en ser jueces y fiscales de nuestros hermanos? ¿Que cegueras debo corregir en mí vida? ¿Practico lo que predico?
Señor, cúranos radicalmente de nuestra hipocresía que ve la paja del prójimo y oculta la propia viga. Danos ojos limpios para ver lo bueno, es decir, tu imagen en el rostro del hermano. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza