Día litúrgico: Jueves 21 del tiempo ordinario
28 de agosto: San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Mt 24,42-51):
Jesús habló diciendo: Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.
¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor a puesto al frente de su personal, para distribuir el alimento momento oportuno? Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, lo encuentre ocupado en este trabajo. Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si es un mal servidor que piensa: ‘Mi señor tardará’, y se dedica a golpear a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día y la hora menos pensada, y lo castigará. Entonces él correrá la misma suerte que los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy celebramos a San Agustín de Hipona, obispo y doctor insigne de la Iglesia. Convertido a la fe católica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en la actual Argelia, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe. San Agustín murió el 28 de Agosto del año 430.
En palabras poéticas, de una fuerza inusitada, san Agustín describe su propia conversión a Dios. Es un texto bello, conciso y entrañable. Es una plegaria de admiración y adoración:
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste y clamaste hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste y con tu tacto me encendiste en tu paz”.
En el Evangelio, Jesús nos invita a permanecer en constante vigilancia mientras esperamos su venida, siendo fieles y prudentes en el cuidado y la correcta administración de los «bienes que se nos ha dado».
El Señor vendrá, no sabemos cuándo ni cómo. Pero vendrá para hacer nuevas todas las cosas, para restaurar definitivamente lo que el pecado rompió y quebró. La parábola de los sirvientes nos llama precisamente a estar preparados para su venida. Él quiere encontrarnos sirviéndolo en la fidelidad y en la perseverancia.
Nos va bien que nos recomienden la vigilancia en nuestra vida. No es que sea inminente el fin del mundo, con la aparición gloriosa de Cristo, ni que necesariamente esté próxima nuestra muerte. Pero es que la venida del Señor a nuestras vidas sucede cada día, y es esta venida, descubierta con fe vigilante, la que nos hace estar preparados para la otra, la definitiva.
Toda la vida está llena de momentos de gracia, únicos e irrepetibles que no debemos desperdiciar. El estudiante estudia desde el principio de curso. El deportista se esfuerza desde que empieza la etapa o el campeonato. El campesino piensa en el resultado final ya desde la siembra. Aunque no sean inminentes ni el examen ni la meta definitiva ni la cosecha. No es de insensatos pensar en el futuro. Es de sabios. Día a día se trabaja el éxito final. Día a día se vive el futuro y, si se aprovecha el tiempo, se hace posible la alegría final.
“Estén en vela”: buena consigna para la Iglesia, pueblo peregrino, pueblo en marcha, que camina hacia la venida última de su Señor y Esposo. Buena consigna para unos cristianos despiertos, que saben de dónde vienen y a dónde van, que no se dejan arrastrar sin más por la corriente del tiempo o de los acontecimientos, que no se quedan adormecidos por el camino.
Estar en vela, no significa vivir con temor, ni menos con angustia, pero sí con seriedad. Estar en vela, es una invitación a centrarnos en lo esencial, a no perder tiempo ni gastarnos en luchas inútiles, a cuidar a la gente, a sonreír y decir palabras amables a los otros, más que a vivir enfadados; sobre todo a no perder el tiempo en provocar a nuestro alrededor más dolor y sufrimiento del que ya existe, sino poner, algo de la bondad que hemos recibido de parte de Dios.
¿Acostumbramos a pensar en nuestro final, no como tragedia, sino con alegría y esperanza, como oportunidad del encuentro definitivo y eterno con Dios? ¿Estamos aprovechando nuestra vida en algo que vale la pena o vivimos distraídos en las cosas de este mundo? ¿Si el Señor te pidiera hoy cuenta de tu administración, te encontraría preparado?
Ayúdanos, Señor, a descubrir tus constantes venidas en el curso de la historia de cada día y cada hora, en el hermano que necesita de nuestra ayuda y cariño, en los hombres y mujeres que sufren y te buscan, para que, caminando en la esperanza de la nueva tierra, alcancemos el nuevo cielo en que habita tu justicia. Amén.
Bendiciones
Regina Coeli Una Señal de Esperanza