Domingo 17-C
Lc 11,1-13
Señor, enséñanos a orar, como oras Tú
El Catecismo de la Iglesia Católica define la oración como «una relación viviente y personal con el Dios vivo y verdadero» (Catecismo N. 2558). En la lectura del Evangelio del domingo, durante este año, hemos visto a Jesús nacer en Belén de Judea y, después de cumplir todo lo que la ley prescribía para un niño recién nacido, regresar con sus padres a Nazaret, donde creció y se hizo adulto hasta el momento de comenzar su ministerio público y, entonces, lo hemos visto recorrer la Galilea, predicando, expulsando demonios, sanando a los enfermos, lo hemos visto resucitar al hijo de la viuda de Naím y a la hija del jefe de la sinagoga, lo hemos visto calmar la tormenta en el Mar de Galilea y perdonar los pecados al paralítico y a la mujer pecadora pública; en el Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario lo veremos también orar, es decir, tener esa «relación viva y personal con el Dios vivo y verdadero».
Antes de fijar nuestra vista sobre Jesús orando, nos preguntamos: ¿Tiene Jesús necesidad de orar? Confesamos que Jesús es el Hijo de Dios y lo vemos llamar a Dios «Padre», por primera vez, cuando, estando en el templo, −la casa de Dios−, dice a su madre y a su padre, José: «¿No sabían ustedes que Yo tenía que estar en la casa de «mi Padre»?» (Lc 2,49). Como Hijo, Él es Uno de la Trinidad; es Uno y el mismo Dios con el Padre −«Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10,30)− y no podemos decir, por tanto, que su relación con el Padre en el seno de la Trinidad, sea una oración. En el seno de la Trinidad, su relación de filiación con el Padre es una «espiración», en cuanto que «del Padre y del Hijo procede» una tercera Persona divina, el Espíritu Santo, también Él, el mismo y único Dios.
Pero el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno virginal de su madre María y, como hombre verdadero, nació, creció, se dio a conocer al mundo por su admirable enseñanza, padeció, murió y resucitó y, resucitado, ascendió al cielo y está sentado a la derecha del Padre y así vendrá de nuevo con gloria a juzgar a vivos y muertos. Como verdadero hombre, se hizo semejante a nosotros, los seres humanos, en todo, excepto el pecado (cf. Hebr 4,15). Como verdadero hombre, ¡Jesús oró! Como verdadero hombre Él practicó esa «relación viviente y personal con el Dios vivo y verdadero».
Jesús no sólo oró, sino que lo hizo de manera permanente, sin interrumpir nunca esa relación viviente y personal con su Padre. El ejemplo de oración de Jesús es lo que permite a San Pablo exhortar a los discípulos: «Oren sin intermisión» (1Tes 5,17), que es la meta a la cual debemos aspirar todos los cristianos.
«Sucedió que, estando Jesús en cierto lugar, orando, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como enseñaba Juan a sus discípulos»». Lucas es el más sensible de los evangelistas al tema de la oración y en los momentos importantes de la vida de Jesús −su Bautismo, su Transfiguración, su agonía en el huerto de los Olivos− y de su ministerio −cuando eligió a los Doce− presenta a Jesús orando. En el Evangelio de este domingo, no sólo presenta a Jesús orando, sino que nos informa sobre la impresión que produjo en sus discípulos verlo orar. La única reacción posible ante esa visión es anhelar hacerlo como Él: «Enséñanos a orar».
Sabemos que del grupo de los Doce todos habían sido discípulos de Juan Bautista, según la condición puesta por Pedro para ocupar el lugar de Judas: «Que haya andado con nosotros todo el tiempo en que el Señor Jesús estuvo con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado» (cf. Hech 1,22). Por la petición que hace el discípulo a Jesús sabemos que Juan preparaba el camino a la venida del Señor, formando discípulos a quienes enseñaba a orar. Juan enseñaba a sus discípulos esa «relación viviente y personal con el Dios vivo y verdadero» y, por eso, se permite el discípulo indicarlo a Jesús como un ejemplo a imitar. Pero, en el fondo, la petición está mal formulada. Un cristiano la habría formulado así: «Enséñanos a orar como oras Tú». Esta es la petición a la cual Jesús va a responder. Juan enseñaba la relación con Dios tal como podía tenerla un judío piadoso, antes de la revelación plena de Dios en su Hijo hecho hombre y el Espíritu Santo; más precisamente, antes de que el ser humano haya sido elevado a la condición de hijo de Dios. La oración que Jesús enseña, porque sólo Él la hace posible, es la de un hijo de Dios: «Cuando oren, digan: «Padre…»». Así oraba Él: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra… Padre, ha llegado la hora… Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz…» (Lc 10,21; Jn 17,1; Lc 22,42); así nos enseña a orar a nosotros. Es una lección magistral que no podemos aprender mientras no vivamos como hijos de Dios.
Enseguida, por medio de dos parábolas, Jesús enseña la perseverancia en la oración. En la parábola del amigo importuno, éste obtiene lo que pide por su importunidad e insistencia más que por su amistad. Así Jesús concluye en las alentadoras sentencias, que son una promesa: «Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». El punto de la parábola es la perseverancia en la oración, porque esto es lo que conviene a nosotros, ¡no porque Dios se deje mover por nuestra insistencia! Dios responde a nuestra oración movido exclusivamente por su amor. Sin ir más lejos, así respondió Jesús a la petición de su discípulo, enseñándole a él y a toda la humanidad a orar como oraba Él.
Con la segunda parábola Jesús nos quiere explicar por qué Dios no siempre nos concede lo que le pedimos. Es porque le pedimos cosas que Él sabe que no nos convienen. Ningún padre es tan malo como para dar a su hijo una piedra, cuando le pide un pan; es cierto, pero tampoco para darle a su hijo una piedra cuando lo que pide ¡es una piedra! En este caso, no le concede lo que le pide, sino lo que le conviene, a saber, un pan. De aquí, Jesús pasa al mayor de los bienes que Dios nos puede dar, que es el don infinito de sí mismo: «Si, pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».
De esta manera, Jesús vuelve al principio. Es el Espíritu Santo, que obra en nuestro corazón, quien nos concede orar como ora el Hijo de Dios, es decir, llamando a Dios: «Padre…». No fue posible antes de que llegara la plenitud del tiempo, como lo resume San Pablo: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,… para que nosotros recibiéramos la condición de hijos. La prueba (la vivencia) de que somos hijos es que envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «Abba, Padre»» (cf. Gal 4,4.5.6). La revelación de Dios como Padre y nuestra elevación a la condición de hijos de Dios, que nos conceda orar como lo hacía Jesús, la obró el Padre por medio de dos envíos, ambos necesarios, uno en el tiempo, el de su Hijo, Jesús, y el otro a nuestro corazón, el del Espíritu Santo.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza