Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 20 julio 2025

Domingo 16-C

Lc 10,38-42

Señor, ¿dónde quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna

El Evangelio de este Domingo XVI del tiempo ordinario es continuación del que leíamos el domingo pasado y el evangelista Lucas lo presenta como una segunda parte de la respuesta que Jesús da al doctor de la Ley, que le hacía la pregunta esencial: «Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?» (Lc 10,25).

El doctor de la Ley tenía clara la respuesta y él mismo la expresa de manera que Jesús la aprueba plenamente: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Pero encontraba un problema en la definición de «tu prójimo», que él, con todos los demás judíos, restringía al «hijo de tu pueblo» (cf. Lev 19,18), es decir, al otro judío, y excluía de esa condición al hijo de todos los demás pueblos, antes que todo, a los samaritanos, que eran los que estaban más cerca −próximos− de los judíos, en realidad, en medio de ellos, en la región que hoy llamamos «Cisjordania». Los judíos daban a los gentiles el nombre despectivo de «perros». El mismo Jesús se acomoda a ese modo de hablar, aunque de manera más afectuosa, cuando dice a la mujer sirofenicia: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos» (Mc 7,27; Mt 15,26).

Por medio de la parábola «del buen samaritano», que presenta a un hombre de ese pueblo amando a un judío como a sí mismo, Jesús obliga al doctor de la ley, y a todos los que en ese momento escuchaban su Palabra, a reconocer que su prójimo era también un samaritano y, como consecuencia, todo otro ser humano. Y lo hace, respondiendo a su pregunta original: para heredar la vida eterna, «anda y haz tú lo mismo», ama como a ti mismo también a los samaritanos. No sabemos si ese doctor de la Ley creyó en esa Palabra de Jesús, que se revela como Salvador de todo el mundo −«hagan discípulos a todos los pueblos» (cf. Mt 28,19)− y se hizo, él mismo, «discípulo» o la rechazó, como hizo en general el pueblo judío.

El episodio que leemos este domingo ocurre en otro de esos pueblos que Jesús evangelizó en su camino a Jerusalén: «Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María». Por el Evangelio de Juan sabemos que Betania dista «unos quince estadios» (aprox. 3 km) de Jerusalén y que, llegado hasta allí, Jesús estaba en la última etapa de su camino. Pero Lucas ubica el episodio al comienzo de su camino, cuando todavía le queda mucho trecho que recorrer. Sabemos, además, por Juan, que las dos hermanas tienen también un hermano llamado Lázaro y que entre Jesús y los hermanos media una profunda amistad: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). Este último rasgo lo expresa también Lucas, según su modo insuperable de relatar.

Según su particular interés por el mundo femenino, es Lucas el único evangelista que nos conserva este episodio que involucra a dos mujeres. Y en esto se muestra como un buen historiador, porque, en efecto, las mujeres tuvieron una decisiva importancia en la difusión del Evangelio en los primeros tiempos; y también sucesivamente. Con breves palabras, Lucas expresa a la perfección la actitud de ambas hermanas en su relación con Jesús: «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, en tanto que Marta estaba atareada en muchos quehaceres». Dando a Jesús el título «el Señor» y diciendo en singular «su Palabra (Logos)», el evangelista insinúa cuál hermana esté en la actitud correcta. Ante Jesús, que es «la Palabra» la única actitud correcta es la escucha.

La situación no podía durar mucho y, como era de esperar, Marta, «presentándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado servir sola?»». La pregunta tiene forma de reproche, como se ve en la orden que Marta se permite dar a Jesús: «Dile que me ayude». En realidad, a Jesús no le importa mucho que Marta sirva sola; lo que sí le importa es que ella esté haciendo muchas otras cosas mientras Él está hablando sobre el Reino de Dios. Si el mensaje que los enviados tenían que transmitir es: «El Reino de Dios está cerca» (cf. Lc 10,9.11), su presencia es el Reino de Dios allí mismo. Por eso, Jesús reprende a Marta y le dice, ciertamente en tono afectuoso, pero firme: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte mejor, que no le será quitada». Aquí viene bien recordar otra sentencia de Jesús en la cual compara el Reino de Dios con todo lo demás: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás les será dado como añadidura” (cf. Mt 6,33). En ese momento Marta estaba afanada con la añadidura, descuidando lo esencial y primero.

Decíamos que Lucas ubica en este punto de su Evangelio este episodio, porque tiene relación con el episodio anterior, es decir, con la pregunta sobre lo que hay que hacer para tener la vida eterna. Para ese fin hay que hacer lo que hacía María, hay que detenerse a escuchar a Jesús. Lo afirma Jesús cuando dice: «Una sola cosa es necesaria». Si preguntamos: Necesaria ¿para qué? La respuesta es: Para tener la vida eterna. Jesús lo dice de esta manera: «María ha elegido la parte mejor, que no le será quitada». Jesús dice: «No le será quitada» sin límite de tiempo. No le será quitada en ese momento, como habría sido, si Jesús le hubiera dicho que fuera a ayudar a la hermana en las preocupaciones caseras; y no le será quitada nunca, porque es eterna. La «parte mejor», elegida por María, responde al primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón… con toda tu mente». María tenía todo su corazón y toda su mente para Jesús.

¿Hay algún otro modo de tener la vida eterna? No, escuchar a Jesús es el modo único y necesario. No hay otro. Lo dice claramente San Pedro: « ¿Dónde quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En nuestro tiempo el mundo da un espectáculo muy triste; corre afanado tras una infinidad de palabras e imágenes −tiene la mente secuestrada por el celular−, pero todas efímeras y vanas y descuida o hace caso omiso de la única Palabra que puede salvarlo y darle la vida eterna, la Palabra de Jesús, que la Iglesia ha recibido y que ella sola −«mi Iglesia», la que está edificada sobre Pedro− anuncia.

+Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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