Domingo 29-B
Mc 10,35-45
Mi cáliz, sí lo beberán
En el Evangelio del domingo pasado Jesús prevenía a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos contra el peligro del dinero, después de que un hombre rico prefirió sus riquezas de este mundo, que iba a poseer en el breve lapso de su vida terrena, a la felicidad plena y eterna que Él le prometía, si se desprendía de sus posesiones, que de todas maneras iba a perder, tal vez esa misma noche: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma». En la alternativa excluyente que Jesús indica: «Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero (mamoná)» (Mt 6,24; Lc 16,13), prefirió a mamoná, un ídolo.
En el Evangelio de este Domingo XXIX del tiempo ordinario Jesús nos previene contra otro ídolo que se adora también sólo durante el breve tiempo de esta vida terrena: el poder. Como veremos, el poder es un ídolo resiliente, porque Jesús ya había advertido a sus discípulos contra él. Es un ídolo que, si no se rechaza enérgicamente, logra dividir incluso a los discípulos más cercanos a Jesús, como lo vemos en el Evangelio en dos instancias.
Poco antes en el Evangelio de Marcos, Pedro, hablando en nombre de los Doce, había confesado a Jesús diciendole: «Tú eres el Cristo». Esto es lo que ellos creían. Pero estaba anunciado que el Cristo (el Mesías) debía ser hijo de David, heredar su reino y reinar para siempre. Así lo anunció el ángel Gabriel a María, madre de Jesús: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su Reino no tendrá fin». Cuando Pedro confesó que quien era así anunciado, era Jesús −«Tú eres el Cristo»−, Él les ordenó que no lo dijeran a nadie y comenzó a decirles: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días». Es el primer anuncio de su pasión y muerte. No coincidía con la idea que tenían los Doce sobre el Cristo. Por eso, Pedro, de nuevo hablando en nombre de los Doce, «se puso a reprenderlo». Ellos esperaban un reino de este mundo. Entonces, Jesús, «mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciendole: «¡Quitate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»». Eran pensamientos de poder terreno.
Una segunda vez Jesús quiso salir de camino a solas con sus discípulos para instruirlos sobre su misión: «Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; lo matarán y a los tres días de haber muerto resucitará». Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle». Allí terminó, por tanto, la instrucción, que tampoco esta vez fue asimilada. En efecto, cuando llegaron a casa en Cafarnaúm, Jesús les preguntó sobre qué discutían en el camino. Era de esperar que discutieran sobre lo que Jesús acababa de anunciarles. Pero, no. «Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor». El mayor, se entiende, en el reinado de Jesús, cuando Él asuma el trono de David, su padre. Entonces Jesús les da esta enseñanza: «Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos»». Debía haber bastado con esto para zanjar el tema y habría que esperar que en adelante ellos se disputaran el último lugar y el ser servidor de todos; es fácil, porque ese lugar en este mundo nadie lo quiere.
Inmediatamente antes del Evangelio de este domingo, Jesús había anunciado por tercera vez su pasión y muerte y resurrección. Pero tampoco entró, como se deduce de la petición que le hacen los hijos de Zebedeo: «Concedenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Ellos están pensando en una gloria terrena, en el poder de este mundo. Pero Jesús responde pensando en su gloria celestial, después de la resurrección recién anunciada y que da por asumida y por eso, pregunta: «¿Pueden beber la copa que Yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado?». Ambas imágenes −la copa y el bautismo− son metáforas de una muerte violenta. Y les promete: «La copa que Yo voy a beber, sí la beberán y también serán bautizados con el bautismo con que Yo voy a ser bautizado». Este es el máximo don, el que anhelaba San Pablo: «Conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte» (Fil 3,10).
El ídolo del poder ya había hecho discutir a los Doce sobre quién era el mayor. Ahora los divide nuevamente, porque el poder es algo que pertenece a pocos y debe disputarse, a veces con odiosas descalificaciones de todos los demás: «Los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan». Jesús, entonces repite más enérgicamente la misma enseñanza: «Llamandolos, les dice: «Ustedes saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor de ustedes y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos». Enseñanza repetida de Jesús, que también hoy −excepto emblemáticas excepciones− es poco acogida y el ídolo del poder sigue teniendo muchos adeptos. Para mayor insistencia, Jesús indica su propio ejemplo: «El Hijo del hombre ha venido no a ser servido, sino a servir y a dar su vida como redención por muchos».
Desgraciadamente, suele traducirse esa importante declaración de Jesús hablando de «rescate de muchos», perdiendo así el término «redención» (que es la traducción literal) y, por consiguiente, el título que corresponde a Jesús de «Redentor». La redención es el precio que se paga por la liberación de un esclavo. Se evita este término, porque se piensa que es anacrónico, dado que en nuestro tiempo no existe la esclavitud. No existe la esclavitud que se redime con oro y plata; pero sí existe −y ¡cuánto!− la que no se redime sino al precio de la Sangre de Cristo, la esclavitud del pecado, la que, contra nuestra voluntad, nos tiene invirtiendo inmensos recursos del planeta para fabricar instrumentos de muerte cada vez más eficaces para matarnos unos a otros, la esclavitud que nos impide distribuir los recursos de la tierra de manera que no haya hambre y a nadie falte lo suficiente para una vida digna. Los que han sido liberados de esta esclavitud −redimidos− entienden lo que escribe San Pedro: «Ustedes saben que han sido redimidos de la conducta necia heredada de sus padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de Cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Ped 1,18-19; cf. Tito 2,14).
La dificultad de los Doce para entender que el poder es un ídolo y para asumir la enseñanza de Jesús explica lo que dijo Jesús a sus discípulos en los discursos de despedida: «Tengo todavía mucho que decirles, pero ustedes no pueden ahora con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, Él los guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,12-13). Y así fue. Los Doce entregaron su vida −bebieron el mismo cáliz que Jesús− por el anuncio de Él como único Redentor.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza