Día litúrgico: Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia
29 de Mayo: San Pablo VI, papa
Texto del Evangelio (Jn 19,25-34):
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como suya.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy, la Iglesia celebra la memoria de la Santísima Virgen María «Madre de la Iglesia». Así la declaraba San Pablo VI al final del Concilio Vaticano II. Sin embargo, ha sido el Papa Francisco quien ha querido que el Lunes siguiente a Pentecostés se celebre esta memoria obligatoria en toda la Iglesia. Por eso, en las lecturas de este día María tiene un relieve especial. Su presencia es discreta, como es toda su presencia en el evangelio. Se la cita como de pasada, pero tiene contenido suficiente para ayudarnos a reflexionar sobre la presencia de María en la Iglesia y en nuestra vida de cristianos.
Entre las diversas escenas en las que aparece María a lo largo de los evangelios, la liturgia de hoy, en su fiesta de Madre de la Iglesia, nos presenta dos, bien significativas.
Desde lo alto de la cruz, a punto de morir, Jesús entrega a su madre como madre del discípulo a quien amaba. Siempre se ha visto en este pasaje la entrega de María como Madre de todos los seguidores de Jesús, como Madre de la Iglesia.
Pero no es un título solo honorífico. María ejerce realmente como Madre de la Iglesia, como Madre de todos nosotros, estando siempre dispuesta a escucharnos, a escuchar todas nuestras palabras donde le podemos expresar las diversas situaciones y los diversos momentos por lo que atraviesa nuestra vida. Y ella, que es medianera de todas las gracias, está dispuesta a conseguirnos aquello que más necesitamos en nuestro caminar siguiendo a su hijo.
Sabemos que María, como buena Madre, siempre nos recordará la mejor actitud que podemos adoptar. Señalándonos a Jesús, como en las bodas de Caná, nos dirá “hagan todo lo que él les diga”. Y con su presencia continua, siempre maternal, nos dará la fuerza para seguirle.
Cuando Jesús, después de muerto y resucitado, asciende a los cielos delante de sus apóstoles, estos vuelven a la casa donde habían estado y “perseveraban unánimes en la oración”. Y allí, con ellos, con la inicial iglesia, estaba también María la Madre de Jesús. ¿Quién puede hacer más viva la presencia de Jesús si no es su Madre? Por eso es significativa esta sencilla alusión a que en el grupo está María compartiendo la oración con todos los demás. Esta va a ser la actitud de María con todos nosotros, con los que formamos la iglesia. Siempre estará a nuestro lado, como buena Madre.
¿Se puede vivir cristianamente sin la presencia de María? Dificilmente, pues está claro que si alguien puede conducirnos y acompañarnos a Jesús es, sin duda, su Madre. Ella que sigue estando en la Iglesia animando y alentando el caminar de sus hijos; conoce muy bien la senda que conduce a Jesús y, seguro, se presta a realizar esta labor con todos sus hijos.
En este mundo donde prevalece la orfandad espiritual es bueno recordar que fuimos entregados a María, como hijos, en la figura de Juan. Contamos con ella. Hoy la invocamos como Madre de la Iglesia queriendo señalar que, como toda buena madre, alienta, cuida y acompaña a los seguidores de su Hijo. Es bueno para todos escuchar con el corazón las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu madre”. Es una invitación que se extiende a todos los creyentes. ¿Cuál ha de ser nuestra respuesta a esa propuesta de Jesús? La misma de Juan: recibirla en nuestra casa, hacerla parte de nuestra familia, incorporarla a nuestra vida cristiana, como miembro vivo que quiere ayudarnos a vivir fielmente el seguimiento de su hijo Jesús.
¿Por qué María es Madre de la Iglesia? ¿Qué implicaciones tiene esto en la vida de nuestras comunidades? ¿Qué actitudes concretas debería tener la Iglesia, con respecto a María como Madre?
Te pedimos Padre por intercesión de María Madre de la Iglesia, que la celebración de su memoria, nos ayude a recordar que el crecimiento de la vida cristiana debe fundamentarse en el misterio de la cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete Eucarístico y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza