Día litúrgico: Lunes 3 de Adviento
12 de Diciembre: Nuestra Señora de Guadalupe (Reina de México, Patrona de las Américas y Filipinas)
Texto del Evangelio (Mt 21,23-27):
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:
“¡Tu eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.
María dijo entonces:
“Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz”.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy la Iglesia celebra a María, la Madre de Dios, bajo una de las advocaciones más populares y queridas en el mundo: la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América y Patrona de México. Siendo Ella baluarte de la identidad católica de América, ha trascendido las fronteras del mundo hispánico para colocarse en el centro mismo de lo que San Juan Pablo II llamó “Nueva Evangelización”, vocación de la Iglesia toda.
La devoción a la Virgen de Guadalupe tiene su origen en las apariciones de Nuestra Señora acontecidas entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531 en las faldas del cerro del Tepeyac, ubicado al norte de la Ciudad de México.
Milagrosamente la imagen de la Virgen aparecida quedó impresa en el manto de un indígena de nombre Juan Diego, quien llegaría después a los altares. Esa imagen se conserva hasta hoy en la basílica construida en honor a la Virgen en el lugar donde apareció. Los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.
El evangelio de hoy nos muestra que también nosotros participamos de la bendición dada a María por parte de Isabel desde el momento en que su presencia, y la de su fruto bendito llevado en su seno, hizo saltar a su hijo en su vientre. Cada creyente en Cristo está llamado a evocar con toda su persona la presencia del Dios misericordioso, a convocar a otros y hacerlos partícipes de su experiencia personal de encuentro con Cristo. Cuánto más si la que invita es María, la Madre de Dios, la mujer de la escucha silenciosa y atenta de la Palabra, la que engendra en su propio seno y entrega al Hijo único de Dios hecho carne.
Dirigir nuestra mirada hacia María nos obliga a contemplar en ella el modelo fiel y acabado de un discípulo de Jesús. Junto con ella estamos llamados, en primer lugar, a la escucha atenta de la Palabra, para comunicar a los otros, sabiéndonos portadores de esta presencia, y, en segundo lugar, llevar a los que nos rodean a hacerse partícipes de la bendición que nosotros mismos hemos recibido. Debemos ser testigos, en medio de un mundo que hace todo lo posible por alejarse de Dios, de su presencia que transforma y que, sobre todo, sigue siendo bendición para todos los que con fe la acogen. No tengamos miedo de ser portadores de bendición, de la belleza del encuentro con Cristo y su misterio.
“Frente a los grandes desafíos, pidámosle a la Guadalupana que nuestra tierra latinoamericana no se desmadre, es decir, no pierda la memoria de su madre. Que la crisis lejos de separarnos nos ayude a recuperar y valorar la conciencia de ese mestizaje común que nos hermana y nos vuelve hijos de un mismo Padre” (Papa Francisco 09-11-2020).
¿Ayudamos a los otros a acercarse al Dios de la revelación por medio de nuestra experiencia de alegría y amor? ¿Reconocemos en Jesús al Hijo único y amado del Padre, su enviado?
Mi alma te glorifica, Señor, y mi espíritu se llena de júbilo en ti mi Salvador, porque te has fijado en la humildad de tu siervo, a quien llamas a participar de tu gloria. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza