Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy martes 28 de junio de 2022

Día litúrgico: Martes 13 del tiempo ordinario

28 de Junio: San Ireneo de Lyon, obispo, mártir y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Mt 8,23-27):

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. Acercándose a Él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!”

Él les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.

Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”

Palabra del Señor.

Reflexión

la liturgia de hoy nos ofrece uno de los fragmentos más impresionantes de la vida pública del Señor. La escena presenta una gran vivacidad, contrastando radicalmente la actitud de los discípulos y la de Jesús. Podemos imaginarnos la agitación que reinó sobre la barca cuando «de pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas», pero una agitación que no fue suficiente para despertar a Jesús, que dormía. ¡Tuvieron que ser los discípulos quienes en su desesperación despertarán al Maestro!: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!».

El evangelista se sirve de todo este dramatismo, para revelarnos el auténtico ser de Jesús. La tormenta no había perdido su furia y los discípulos continuaban llenos de agitación cuando el Señor, simple y tranquilamente, «se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza». De la Palabra increpatoria de Jesús siguió la calma, calma que no iba destinada sólo a realizarse en el agua agitada del cielo y del mar: la Palabra de Jesús se dirigía sobre todo a calmar los corazones temerosos de sus discípulos. «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?».

Los discípulos pasaron de la turbación y del miedo a la admiración propia de aquel que acaba de asistir a algo impensable hasta entonces. La sorpresa, la admiración, la maravilla de un cambio tan drástico en la situación que vivían despertó en ellos una pregunta central: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?»

¿Quién es el que puede calmar las tormentas del cielo y de la tierra y, a la vez, las de los corazones de los hombres? Sólo quien «durmiendo como hombre en la barca, puede dar órdenes a los vientos y al mar como Dios». De este modo, esta aventura marítima se convierte en una prueba de fe en Aquel que todo lo puede.

También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas, adversidades que muchas veces hacen tambalear nuestra débil fe. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades.

Como comunidad de fe debemos contar con las dificultades: Dios no libra de crisis a su Iglesia, pero podemos tener la certeza de que Él está con ella en todos los peligros. Aún cuando todo vaya en contra, Jesús permanece con nosotros.

Frente a las dificultades que se presentan en nuestra vida, ¿Nos dejamos llevar por el temor o invocamos la protección de Jesús? ¿Reconocemos en Dios no un ser abstracto y ajeno a la vida concreta, sino un Padre misericordioso dispuesto a intervenir siempre en nuestro favor y defensa? ¿Qué nos agita y perturba hoy? ¿Hemos sentido que El Señor “duerme” ante lo que nos aflige?

Señor, no permitas que las fuerzas del mal debiliten nuestra fe; por el contrario, envía tu Santo Espíritu y renuévanos en la audacia de la fe. Haz que te descubramos, en medio de los proyectos y esperanzas, frustraciones y anhelos de nuestros hermanos. Amén.

Bendiciones.

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