Día litúrgico: Lunes 2 de Cuaresma
Texto del Evangelio (Lc 6,36-38):
Jesús dijo a sus discípulos:
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy lunes de la segunda semana de cuaresma y a la luz de la transfiguración del Señor, continuamos nuestro itinerario de renovación espiritual obedeciendo la voz del Padre que nos invita a escuchar a su Hijo predilecto. El evangelio de este día nos coloca en el espíritu del “Sermón de la montaña” y Jesús nos invita a la perfección del Padre, que en la perspectiva de Lucas es esencialmente el perdón y la misericordia.
Al proclamar la necesidad de amar a los enemigos, Jesús sacude los cimientos de la cultura egocéntrica de nuestro mundo. El sábado pasado lo meditamos a partir del pasaje paralelo de Mateo. El evangelista Lucas prosigue el discurso de Jesús: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Jesús pone a la misericordia una medida que no puede ser más alta, la misma del Padre. Los discípulos de Jesús están llamados a ser misericordiosos como el Padre. Es un ideal alto como el cielo, y sin embargo es lo que el Señor nos pide a nosotros, discípulos suyos.
Ser misericordioso como Dios significa amar como Él. Y hay una gran necesidad de misericordia en este tiempo nuestro. El papa Francisco dedicó todo un año a que aprendiéramos el sentido profundo de la misericordia, justo para responder a la demasiada dureza, frialdad, individualismo, indiferencia hacia los demás, que existe en el mundo, sobre todo hacia los pobres.
La misericordia no es un sentimiento vago y abstracto, es una fuerza que cambia los corazones y la historia, como la cambió Jesús que, lleno de misericordia, pasaba por los pueblos y las ciudades de su tiempo llevando la alegría, la curación y la liberación del poder del maligno. Y nos exhorta a nosotros a hacer lo mismo.
Desde la misericordia brota también el mandato de perdonar y no juzgar. Si nos comportamos así también nosotros seremos perdonados y no condenados. Es una exhortación cuando menos oportuna, ya que solemos comportarnos de forma muy distinta: somos buenos con nosotros mismos y duros y exigentes con los demás. En otra parte el evangelio aclara esto con un ejemplo: tenemos una gran habilidad para ver la paja en el ojo ajeno, y no ver la viga en el nuestro.
Jesús advierte: «Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará». Y añade que esto se hará en abundancia. El ejemplo del grano que se echa en el saco con largueza hasta rebosar, hasta que se salga, casi derramándolo, muestra la increíble generosidad de Dios. Él Padre vuelca su misericordia sobre nosotros hasta rebosar. Con esta misma generosidad debemos comportarnos también nosotros con los demás. Son palabras de una gran sabiduría evangélica y también humana.
El Evangelio nos muestra el camino para recibir el amor de Dios de manera sobreabundante: «con la misma medida con que midan, serán medidos». No escatimemos el amor; el Señor hará mucho más, se conmoverá hasta tal punto que nos envolverá con su amor sobreabundante.
¿Soy paciente con las limitaciones de mi hermano, mostrando en todo y con todos, la bondad de Jesús? ¿Trato a los demás como desearía que me trataran a mí? ¿Nuestra conversión cristiana nace de un sincero arrepentimiento y de la certeza del amor y la misericordia de Dios?
Padre Santo, Tú que eres Dios, lento a la cólera y lleno de ternura, cambia, a imagen de Cristo, nuestros corazones de piedra, para que, sin calcular ni medir nuestro perdón, podamos recibir de ti una medida colmada y rebosante. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza