Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 30 enero 2022

Domingo 4-C

Lc 4,21-30

Pasando por el medio de ellos, se marchó

En dos domingos seguidos estamos leyendo lo que narra Lucas sobre la venida de Jesús a su propio pueblo de Nazaret, precedido por su fama, adquirida por su predicación y sus milagros en las otras sinagogas de la Galilea. De esta manera, tal vez sin intentarlo, se nos da la idea de lo que pudo haber ocurrido, como opinan algunos, también en dos sábados seguidos en la sinagoga de ese pueblo.

El domingo pasado concluíamos la lectura con el resumen en una línea de lo que predicó Jesús, a propósito de la profecía de Isaías sobre el Ungido del Señor, que había leído en la sinagoga ese sábado: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en sus oídos». Se habría esperado que dijera: «Ante sus ojos»; pero, de esta manera insiste en que, cuando se trata de la Palabra de Dios, prevalece el oído, como lo afirma San Pablo: «La fe viene de la audición» (Rom 10,17). La Escritura que Jesús había leído es esta: «El Espíritu del Señor sobre mí, por cuanto me ha ungido para evangelizar a los pobres; me ha enviado…» (Lc 4,18).

El Evangelio de este Domingo IV del tiempo ordinario comienza con la reacción de todos en esa sinagoga a la predicación de Jesús, que ciertamente se extendió más que el resumen en una línea que nos ofrece el evangelista: «Todos daban testimonio de Él y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca». Daban testimonio de Él refiriendo cada uno lo que había oído que Él había hecho en los otros pueblos que había recorrido «con la fuerza del Espíritu». Se admiraban también porque Jesús, no sólo sabe leer la Escritura, sino que demuestra tener un conocimiento de ella similar al que tiene un autor de su propia obra. La admiración es la que anota Juan: «Los judíos, asombrados, decían: “¿Cómo entiende de letras sin haber estudiado?”» (Jn 7,15). Sus palabras son «de gracia», porque anuncian al cumplimiento del don de Dios a «lo débil del mundo y a lo que no es» (cf. 1Cor 1,27.28): El Evangelio a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y a todos los deudores «un Año de gracia del Señor».

Si asumimos la hipótesis de que el Evangelio reúne lo ocurrido en la sinagoga de Nazaret en dos sábados seguidos, podemos suponer que con ese entusiasmo concluyó ese primer sábado en la sinagoga de Nazaret y que Jesús transcurrió una semana en su pueblo sin obrar las curaciones que había obrado en los otros pueblos y que todos esperaban. Así se podría explicar que el sábado siguiente ese entusiasmo, no sólo se empezó a enfriar, sino que se convirtió en furor popular.

Comienzan objetando su humilde origen y lo hacen en un modo que denota escaso conocimiento de Él –no saben su nombre– y nos revela el anonimato en que se había mantenido Jesús durante 30 años: «¿No es este el hijo de José?». Si Jesús no fuera verdaderamente «hijo de José» habría tenido que sacarlos de su error. Pero Jesús es hijo de José, no porque José lo haya engendrado, sino porque Dios se lo dio como hijo suyo en este mundo. Dios dispuso que su Hijo fuera concebido por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, cuando ella era esposa de «un hombre de la casa de David, llamado José». Por eso, el ángel Gabriel puede decirle con verdad acerca de ese Niño: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1,27.32).

Jesús responde poniendo al descubierto el resentimiento que hay en la mente de todos, porque no ha hecho allí lo mismo que en otros lugares: «Seguramente, me dirán este refrán: “Médico, curate a ti mismo. Lo que hemos oído que ocurrió en Cafarnaúm hazlo también aquí en tu propio pueblo”». Para que se difunda ese reproche y cambie tan radicalmente la apreciación sobre Jesús, Él tuvo que detenerse un tiempo en su pueblo. Así se entiende que se vea en este relato lo ocurrido en dos sábados distintos. Jesús responde, definiendose como un profeta y explicando, de esta manera, el rechazo que está sufriendo de parte de sus conciudadanos: «En verdad les digo que ningún profeta es recibido en su propio pueblo». Y lo aplica a los grandes profetas de Israel, Elías y Eliseo: el primero fue enviado a una viuda de Sarepta de Sidón, habiendo muchas viudas en Israel; y el segundo limpió de la lepra a Naamán el Sirio, habiendo muchos leprosos en Israel. Esto terminó de encender el furor de todos en esa sinagoga: «Oyendo esto, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y, levantandose, lo arrojaron fuera de la ciudad, y lo llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo».

En poco tiempo, la admiración se convirtió en ira criminal; quieren despeñarlo. Y lo habrían logrado, si Jesús no hubiera reaccionado en una forma que no conocemos; pero que se nos revela en esta conclusión: «Él, pasando por el medio de ellos, se marchó». Al final, realizó una de esas obras que revelan su poder, dejandolos a todos paralizados e impidiendoles cumplir su intención de eliminarlo. Pero se marchó ¡para no volver más!

Lo ocurrido a Jesús en su propio pueblo deja un sabor amargo. Se cumple en ese nivel restringido de su pueblo de Nazaret lo mismo que se cumplió cuando vino en medio de todos los que compartimos la naturaleza humana que Él asumió: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Nos consuela el hecho de que el evangelista Juan abre una excepción: «A cuantos lo recibieron le dio el llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su Nombre» (Jn 1,12). Durante nuestra vida debemos procurar encontrarnos entre estos últimos, los que reciben a Jesús, porque creen que Él es el Hijo de Dios hecho hombre y, de esta manera, acogiendo su Palabra, son hechos hijos de Dios.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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