Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 7 de enero de 2022

Día litúrgico: Navidad: 7 de Enero

Texto del Evangelio (Lc 5, 12-16): Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante Él y le rogó: “Señor, si quieres, puedes purificarme”.

Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante la lepra desapareció.

Él le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.

Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares desiertos para orar.

Palabra del Señor.

Reflexión

La curación del leproso nos muestra ya en marcha el programa de  liberación humana que, como veíamos ayer, expuso Jesús en la sinagoga de Nazaret, conforme al texto del profeta Isaías. Esta curación es, pues, un signo de la llegada del Reino de Dios y que entra en conflicto con el mal del mundo para vencerlo, liberando al hombre de toda miseria y limitación humana, reintegrándolo a su dignidad y a la comunidad de los redimidos.

La curación realizada por Jesús es descrita con algunos elementos típicos: la súplica del enfermo «Señor, si quieres, puedes limpiarme»; la respuesta positiva de Jesús, que tocando al leproso realiza la curación «Quiero, queda limpio»; y el envío al sacerdote «Ve, preséntate al sacerdote…». Este envío al sacerdote no es sólo para que haga la ofrenda por la purificación, sino también para que sirva de testimonio a todos de su presencia mesiánica entre el pueblo. El judaísmo, en efecto, consideraba la curación de la lepra como uno de los signos de la venida del Mesías.

El leproso, considerado un marginado por la comunidad de Israel, con la curación entra de nuevo a formar parte de ella. La curación realizada por el Nazareno es símbolo también del perdón y de la misericordia de Dios, y es fundamento de la vida de la Iglesia.

El relato termina con una nota redaccional del evangelista, que presenta un aspecto particular de la persona de Jesús. Él no sólo cura a los que lo rodean, siendo así que su fama se difunde por todas partes, sino que se retira a lugares solitarios para orar.

En esto reside la fuerza de Jesús y su irresistible atractivo: en su coloquio filial con el Padre. La oración no sólo lo sostiene frente a las muchas incomprensiones que experimenta en su ministerio público, sino que le permite sobre todo verificar su misión en la lógica de la voluntad de Aquel que lo ha enviado al mundo.

¿Nuestro testimonio como cristianos deja claro que creemos que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Al dar testimonio de Jesús, movidos por su Espíritu, los otros se motivan a creer en Jesús?

¡Cúranos, Señor Jesús! Que, a semejanza del leproso del evangelio, la experiencia de tu amor, nos dé toda la luz para hacer un buen examen de conciencia y un firme propósito de enmienda al acercarnos al sacramento de la reconciliación. Amén.

Bendiciones

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