Lc 24,1-12
Quien resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros
El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy, refiriéndose a la interrogante fundamental: «¿Qué es el hombre?» (GS 10) y a los demás interrogantes que asedian el corazón humano, agrega: «El enigma del ser humano alcanza su punto máximo en la muerte» (GS 18). Aquel mandato que el escritor sagrado pone en boca del Creador en el origen de la existencia humana: «Llenen la tierra y sométanla» (Gen 1,28), gracias a los adelantos asombrosos de la tecnología, ha sido en gran medida cumplido. Pero, aunque esos mismos adelantos han prolongado la vida del ser humano, el enigma máximo permanece.
Ese enigma no lo puede resolver la inteligencia humana abandonada a sus propias fuerzas. La solución de ese enigma se concede sólo a la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Siendo Dios, Él se hizo semejante a nosotros también en la muerte: «Se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo… haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,7.8). Pero resucitó, venciendo a la muerte. Se hizo semejante a nosotros en la muerto, concediendonos a nosotros ser semejantes a Él en la resurrección. La muerte ya no es un enigma, porque no es el último capítulo de la vida humana; el último capítulo es la resurrección y la vida eterna. Así, lo confesamos los cristianos: «Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna».
Las mujeres, que habían seguido a Jesús desde Galilea, pensaban que con su muerte había concluido todo, que ese era el último capítulo de la existencia de Jesús, como lo era el de todo ser humano. Por eso, «el primer día de la semana, muy de alba, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado». Van a embalsamar el cuerpo sin vida de Jesús, como se hace con todo difunto, cosa que no habían podido hacer después de su muerte, porque el sábado, el séptimo día, que ya comenzaba, obligaba al descanso. Un primer impacto fue encontrar ¡a esa temprana hora! la piedra retirada del sepulcro y, sobre todo, no encontrar el cuerpo de Jesús. No encontraban ninguna hipótesis plausible para explicar esa ausencia: «No sabían qué pensar de esto».
La incertidumbre no duró mucho tiempo, porque en ese momento «se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes» que hacen una pregunta desconcertante: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?». Ellas saben a quién buscan y bien saben que está muerto; por eso vienen a un sepulcro, que es lugar de los muertos; y vienen a ofrecerle los cuidados que se dan a un difunto. Pero esos dos hombres afirman que ¡está vivo! Las mujeres no tienen tiempo de discutir, cuando ellos agregan: «No está aquí, ha resucitado».
¿Qué significa: «Ha resucitado»? Obviamente, están explicando así la afirmación precedente: «Está vivo». ¿Cómo puede ser? El Evangelio identifica a esas mujeres por sus nombres: «Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas». Ellas han visto que el cuerpo de Jesús fue completamente desangrado, por los azotes, por la corona de espinas y por los clavos, y que su pecho fue atravesado por una lanza. ¿Cómo puede vivir? Siguen pensando en clave de muerte. En esta clave un cuerpo humano sin sangre y con el corazón atravesado por una lanza no puede vivir. El cuerpo resucitado pertenece a otro orden de cosas. Para entender su condición hay que pensar en clave del Espíritu que da vida. El cuerpo resucitado es verdadero cuerpo de carne y huesos, pero ya no está bajo el dominio de la muerte: «Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya dominio sobre Él» (Rom 6,9). El cuerpo resucitado ya no muere más, es incorruptible y no está limitado por el tiempo y el espacio.
La unión con Cristo resucitado que nos concede el Bautismo, la Confirmación y, sobre todo, la Eucaristía, es lo que nos concede la vida eterna y la resurrección final. Lo dice Jesús como una promesa: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54). La vida que este alimento posee y comunica es la misma que tiene ahora Jesús crucificado; es la vida divina que se nos comunica. Quien vive desde ahora de esa vida no puede permanecer en la muerte: «Aunque muera, vivirá» (Jn 11,5), nos promete Jesús.
Las mujeres, «regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás». Pero ellos no creyeron: «Todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían». Hace una excepción de Pedro: «Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido». Como las mujeres, que vieron el sepulcro vacío, Pedro no sabe qué pensar. Él no gozó de la aparición de dos hombres con túnicas resplandecientes que le dijeran: «Ha resucitado». Pero, a él se presentó Jesús mismo vivo, como lo declaran más adelante todos los discípulos: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34).
Los creyentes tenemos la respuesta al enigma de la muerte, no porque lo hayamos resuelto con nuestra inteligencia, sino porque nos ha sido revelado y nosotros hemos creído. Nuestra fe la expresa San Pablo en su segunda carta a los Corintios: «Sabemos que quien resucitó al Señor Jesús, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos presentará ante Él junto con ustedes» (2Cor 4,14).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza