Lc 1,39-45
María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel
El Evangelio de este Domingo IV de Adviento comienza con estas palabras: «En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». Así se introduce el episodio de la «visitación de la Virgen María a su pariente Isabel».
La circunstancia de tiempo: «En aquellos días», nos hace remontar al episodio anterior. Se trata de los días en que aconteció, por obra del Espíritu Santo, la encarnación del Hijo de Dios en el seno virginal de María, como le fue anunciado por el Ángel Gabriel: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32). María es «una Virgen, esposa de un hombre de la casa de David, llamado José» (Lc 1,27), que, desde ese día, es Madre del Hijo de Dios. La encarnación del Hijo de Dios en su seno es lo más grande que ha acontecido en la historia de la humanidad y de todo el universo creado. Si se quita este hecho, todo pierde sentido. Todo ha sido creado para el ser humano y tiene sentido por él. Pero el ser humano fue creado para ser elevado a la condición de hijo de Dios, como lo afirma San Pablo en el célebre himno de su carta a los Efesios: «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo… nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo… eligiendonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1,3.4.5). Lo dice San Pablo, también, en otros términos: «Todo es de ustedes; pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios» (1Cor 3,22-23). Si se quita a Cristo, todo cae. Así se entiende su sentencia: «Separados de mí, no pueden hacer nada» (Jn 15,5).
María es, entonces, una Virgen, que «en aquellos días» comenzó a ser Madre de Dios. ¿Qué motivó su prontitud para emprender el viaje a aquella ciudad de la región montañosa de Judá y visitar a Isabel? Ella recibió del mismo Ángel Gabriel esta información: «Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque nada es imposible para Dios» (Lc 1,36-37). La concepción del hijo de Isabel había sido anunciada por el mismo Ángel Gabriel a su padre Zacarías, que era sacerdote, mientras oficiaba en el Templo: «Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan… será grande ante el Señor… estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre… irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías… para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,13.15.17). Zacarías, viendose él ya viejo y su mujer también de edad avanzada y estéril, no creyó. Entonces, el Ángel le dijo: «Te vas a quedar mudo y no podrás hablar, hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no creíste a mis palabras, que se cumplirán a su tiempo» (Lc 1,20).
Para el lector de esa época era insólito que en la visitación no intervinieran los varones presentes, José, esposo de María, y Zacarías, esposo de Isabel, y que adquirieran protagonismo dos mujeres. En realidad, el dueño de casa no puede saludar, porque está mudo. Y esto impide que lo haga José. Toma la iniciativa María: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel». Todo gira en torno a este saludo: «Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo». Luego ella misma explica: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno». ¿Cuál fue el saludo de María que produce ese efecto y motiva las palabras con que va a responder Isabel? En Oriente, el saludo es siempre una ceremonia y no se limita a breves palabras. Sabemos que en esa ocasión María pronunció estas palabras: «Mi alma engrandece (magnifica) al Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava; por eso, desde ahora, me llamarán “Bienaventurada” todas las generaciones…» (cf. Lc 1,46-55). Este fue probablemente su saludo.
A este saludo de María, Isabel, movida por el Espíritu Santo, responde en alta voz: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno». Y, sobre todo, indica la identidad de la Madre y de su Hijo: «¿De dónde a mí esto, que venga a mí la Madre de mi Señor?». Nosotros ya sabemos la respuesta a esa pregunta, porque la hemos visto en la actuación de Jesús y en su enseñanza: precisamente, porque María es la Madre de Dios y, por tanto, la más grande, no sólo de todas las mujeres, sino también de todos los hombres, por eso, se pone al servicio de su pariente anciana. Si el Hijo de Dios «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45), también su Madre va donde Isabel a servir. Dios ‒lo dice ella‒ trastorna los criterios humanos: «Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos» (Lc 1,52-53). Para Dios el más grande es el que sirve. La más grande es María.
Hemos dicho que en este episodio tienen protagonismo las mujeres. Pero hay un protagonismo oculto, pero decisivo; es el de los hijos que llevan en su seno una y otra: el Hijo de Dios y su Precursor, que está lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre. Es éste quien salta de gozo en el seno de Isabel, cuando llega a sus oídos el saludo de María, y de esta manera le advierte que está en presencia de la «bendita entre las mujeres y Madre de su Señor». Zacarías, por su parte, que asiste mudo, aprueba la información de su hijo. Él sabe –así se lo anunció el Ángel Gabriel– que ese niño está lleno del Espíritu Santo y que tiene la misión de ir delante del Señor a preparar su camino. El niño ha comenzado su misión de indicar al Hijo de Dios entre los hombres desde el seno de su madre.
Finalmente, lo que María dice en su saludo: «Me llamarán: “Bienaventurada”», comienza en ese mismo instante. En efecto, Isabel agrega: «Bienaventurada la que ha creído que se cumpliría lo que le fue anunciado de parte del Señor». La bienaventuranza adquiere toda su fuerza en ese contexto, en que está presente Zacarías, sacerdote anciano y honorable, que, en cambio, quedó mudo porque no creyó que se cumpliría lo que fue anunciado a él de parte del mismo Señor. Él, con su mudez, amplifica esa bienaventuranza de María.
Que en estos días creamos todos el anuncio del Ángel a los pastores: «Les anuncio una gran alegría: les ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, el Cristo, Señor» (Lc 210-11), y, de esta manera, podamos también nosotros «saltar de gozo».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
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