Día litúrgico: Navidad: 3 de enero
3 de Enero: El Santísimo Nombre de Jesús
Texto del Evangelio (Jn 1,29-34):
Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel”
Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo».
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios”.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy, inmersos en el ciclo de Navidad, celebramos el mismo Nombre de Jesús. La veneración de este Santísimo Nombre surgió en el siglo XIV. San Bernardino de Siena y sus discípulos difundieron esta devoción: «Éste es aquel santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado con ansiedad, suplicado con gemidos, invocado con suspiros, requerido con lágrimas, dado al llegar la plenitud de la gracia» (San Bernardino). Ante el santísimo Nombre de Jesús toda rodilla debe doblarse, en el cielo, la tierra y los abismos (Cf. Flp 2, 10)
El evangelio pone en boca del Bautista una confesión de fe que ha pasado a formar parte de la vida de todos los creyentes: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” La escuchamos en cada Eucaristía, la repite el sacerdote antes de la comunión. Quizá por eso nos hemos acostumbrado y no nos asusta la grandeza que encierra este Misterio de amor.
Son muchas las manifestaciones del pecado que se nos ofrecen hoy como ideales de vida por parte de la sociedad de consumo, materialista, frívola y superficial que nos rodea. Los cristianos debemos tener conciencia crítica para saber discernir entre las propuestas del mundo, aquello que nos acerca a Dios y lo que, por el contrario, nos aleja de Él y pone en peligro nuestro destino definitivo de salvación en Dios.
Llamarnos y ser hijos de Dios es la mejor gracia de la Navidad. Y es también la mejor noticia para empezar el año. A lo mejor seremos personas débiles, con poca suerte, delicados de salud, sin grandes éxitos en la vida. Pero una cosa no nos la puede quitar nadie: Dios nos ama, nos conoce, nos ha hecho hijos suyos, a pesar de nuestra debilidad.
Las lecturas de hoy nos hacen mirar también a los demás con ojos nuevos: porque ellos también son hijos del mismo Dios, y por tanto hermanos nuestros. Si queremos ser testigos auténticos de Jesús en el mundo, debemos esforzarnos por vivir una relación de comunión cada vez más estrecha con Él. Y esto no solo se logra en la oración, sino con nuestras actitudes de servicio y solidaridad podemos seguir mostrando a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Cada Eucaristía debería aumentar nuestro amor de hijos, nuestra confianza en el poder perdonador de Cristo, y a la vez nuestra actitud más fraterna con todas las personas que encontramos en nuestro camino.
Como fruto de esta Navidad, ¿seremos mejores testigos de Cristo, como el Bautista? ¿Nuestra vida y todo lo que hacemos tiene como referencia a Jesús? ¿Qué estoy diciendo de Él con mis gestos y palabras?
Señor Jesús, ayúdanos a no quedarnos en la superficialidad de quienes solo oyen hablar de ti, pero no tienen una relación personal para conocer tu voluntad. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza