Día litúrgico: Miércoles 26 del tiempo ordinario
4 de octubre: San Francisco de Asís
Texto del Evangelio (Lc 9,57-62):
Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: “¡Te seguiré adonde vayas!”
Jesús le respondió: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.
Y dijo a otro: “Sígueme”. Él respondió: “Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios”.
Otro le dijo: “Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos”. Jesús le respondió: “El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás no sirve para el Reino de Dios”.
Palabra del Señor.
Reflexión
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar, con mucha claridad y no menor insistencia, sobre un punto central de nuestra fe: el seguimiento radical de Jesús. Las exigencias del Reino están en juego. No hay disculpas que valgan. La invitación de Jesús a seguirle exige una respuesta sin titubeos, una respuesta contundente.
Jesús continúa su viaje a Jerusalén. Por el camino, después de sufrir el rechazo de un pueblo de samaritanos, salen al encuentro varias personas que quieren seguirlo, con sus matices y circunstancias personales. Jesús no se las hace fácil. Les exige que le sigan a él radicalmente, y que proclamen la buena noticia del Reino de Dios.
Ya a raíz del primer anuncio de su pasión, Jesús había señalado las condiciones de su seguimiento: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23). Ciertamente, Jesús es radical, es decir, va a la raíz de las cosas y nos pide coherencia entre lo que decimos creer y la conducta diaria. Su evangelio es exigente, pero se sitúa en la línea del amor y de la libertad, de la vida y de la resurrección.
El seguimiento de Cristo constituye la fórmula síntesis del cristianismo, pues resume la totalidad de la vida cristiana y la identifica desde dentro, es decir, en referencia a Cristo, iluminando los matices propios de cada vocación en la Iglesia y dentro de la común vocación cristiana a la santidad.
Jesús invita a todos a recibir gozosos el Reino de Dios como un don que supone renuncias liberadoras, asumiendo una actitud de fidelidad en pos de Él. La opción por Jesús y por el Reino no permite seguir mirando atrás, a lo que se ha dejado en el camino. Solo el que arriesga con Cristo, gana con él: “hasta cien veces más en este tiempo; y en la edad futura, la vida eterna” (Mc 10, 30).
Y no olvidemos el compromiso apostólico de la vocación cristiana. Según la constante de la revelación bíblica, a toda llamada de Dios va unida una misión. Es triste constatar que muchos cristianos no han descubierto todavía la dimensión apostólica de su vocación a la fe en Cristo.
La evangelización no es tarea exclusivamente clerical ni monopolio de profesionales, sino competencia de todos los bautizados. Todos estamos en la misma barca con Jesús, todos comprometidos en la misión de la Iglesia, todos llamados a ser luz y sal de la tierra, fermento del Reino y testigos de la resurrección de Cristo.
Todas las condiciones dadas por sus posibles seguidores, las razones familiares o de otro tipo, caen por tierra. No hay disculpas que valgan. La invitación de Jesús a seguirle exige una respuesta sin titubeos, una respuesta contundente.
La mediocridad en la vida del hombre encuentra su motor en las excusas. El tibio, el mediocre, siempre encuentra una buena excusa para no tomar en serio su responsabilidad. Seguir a Jesús exige, de parte del cristiano, una respuesta decidida que no admite regreso.
Excusas, ciertamente podríamos encontrar muchísimas, tanto o más válidas que las que nos ha presentado el evangelio. Sin embargo, Jesús es claro: las excusas serán sólo excusas.
Esto aplicado a nuestra vida diaria se traduce en poca oración, poco interés en la Eucaristía del Domingo, falta de interés por la justicia y por nuestras obligaciones diarias, en resumen: somos cristianos tibios. ¿No sería ya tiempo de dejar las excusas y ponernos a trabajar con seriedad en nuestra vida humana y cristiana?
¿Qué situaciones o realidades bloquean nuestro compromiso de seguimiento radical a la persona de Jesús y su Evangelio? ¿La fe y su testimonio son valores absolutos o nos dejamos distraer por los bienes materiales? ¿Llevamos nuestra vida con simplicidad, dando gracias a Dios por lo que tenemos, sin ambicionar más de lo que podemos adquirir?
Señor, mantén en su propósito, sin volver atrás la vista, a quienes han consagrado su vida a tu Reino; y a nosotros haznos tus testigos en un mundo que sufre vacío de espíritu, de amor y de esperanza. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza