Día litúrgico: Lunes 25 del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 8,16-18):
Jesús dijo a sus discípulos:
No se enciende una lámpara para cubrirla con un recipiente o para ponerla debajo de la cama, sino que se la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Porque no hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado.
Presten atención y oigan bien, porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que cree tener.
Palabra del Señor.
Reflexión
En el evangelio de hoy Jesús explica el misterio de la Palabra de Dios con el ejemplo de la lámpara. Del mismo modo que la luz de la lámpara no tiene la tarea de iluminarse a ella misma sino a todo cuanto le rodea, también la Palabra de Dios debe iluminar a todos los hombres y mujeres. Nadie debe quedar a oscuras, todos tienen derecho a la luz.
Según el texto paralelo de Mateo, no solo Cristo es la luz; también su discípulo, el cristiano, lo es y debe ser consciente de ello: “Ustedes son la luz del mundo… Alumbre su luz a los hombres, para que vean sus obras y den gloria a su Padre que está en el cielo” (5, 14ss). El misterio del Reino y su luz no son privilegio de una minoría de iniciados, sino que están abiertos a todos los que quieren entrar en la casa del Reino.
La luz es para iluminar; por eso es un absurdo antinatural el ocultarla. Y el cristiano debe ser luz para los demás, como lo es Cristo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Una de las cualidades del pueblo israelita era ser luz de las naciones, como el siervo del Señor. Los miembros del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, heredan de Cristo, que “es la luz original que alumbra a todo hombre” (1, 9), la sublime misión de ser luz para el mundo. Así la luz de Cristo y su claridad resplandecerán sobre el rostro de la comunidad cristiana (cf. Lumen gentium, 1).
La fe en Cristo es nuestra propia luz personal. Cada uno de nosotros tiene su propio historial de la luz, desde el cirio bautismal que se encendió al comienzo de nuestra vida cristiana hasta la definitiva luz pascual, pasando por la vivencia diaria de nuestra identidad y compromiso cristianos, expresados en cada uno de los sacramentos que acompañan nuestro peregrinar por la vida. Ya no podemos inhibimos y ser meros espectadores del antagonismo declarado entre la luz y las tinieblas. Necesitamos una continua opción radical por Dios y los hermanos para ser, con Cristo y como él, luz del mundo.
¿Iluminamos a los que viven con nosotros?, ¿les hacemos más fácil el camino? No hace falta escribir libros o emprender obras muy solemnes. ¡Cuánta luz difunde a su alrededor aquella madre sacrificada, aquel amigo que sabe animar y también decir una palabra orientadora, aquella muchacha que está cuidando de su padre enfermo, aquel anciano que muestra paciencia y ayuda con su interés y sus consejos a los más jóvenes, aquel voluntario que sacrifica sus vacaciones para ayudar a los más pobres! No encienden una hoguera espectacular. Pero sí un candil, que sirve de luz piloto y hace la vida más soportable a los demás.
«Al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener». Sí, el que no presta atención a la palabra de Dios, sentirá que se cierra cada vez más su corazón y vivirá sin la luz. En cambio, si acogemos la Palabra en nuestro corazón, nos transforma y nos hace hombres y mujeres capaces de ofrecer una luz a quien vive en la oscuridad.
¿Nos esforzamos por ser luz para nuestro prójimo compartiendo con ellos la Palabra de Dios proclamada y orada? ¿Somos diligentes en la práctica de la caridad?
Libéranos, Señor, de nuestras tinieblas que velan tu imagen, y guárdanos de la desilusión y de la desesperanza, del odio y del desamor, de la mentira y de la tristeza. Haz que caminemos a la luz de nuestro bautismo, irradiando siempre la luz del rostro de Cristo, hasta alcanzar la luz sin fin y el día sin ocaso. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza