Día litúrgico: Viernes 24 del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 8,1-3):
Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.
Palabra del Señor.
Reflexión
Hoy Jesús camina junto con los Doce predicando, y va acompañado de algunas mujeres. Si bien hay una diferencia entre el discipulado de los Doce y el de las mujeres, los Evangelios dejan claro que «muchas» mujeres formaban parte de la comunidad restringida de creyentes, y que su «acompañar a Jesús en la fe» era esencial para pertenecer a esa comunidad. Eso se demostraría luego claramente al pie de la Cruz y en el contexto de la resurrección.
Frente a la costumbre judía de la época, que consideraba a las mujeres seres de segundo rango, Cristo inicia una especie de emancipación de la mujer. La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa: precisamente, las mujeres tienen una especial sensibilidad para captar lo nuevo, lo distinto, lo grande, lo misterioso que aparece en Jesucristo. Él las admite de manera especial en su compañía y, así, emerge el «carisma de las mujeres». La promoción de la mujer por Cristo, es uno de los signos del Reino de Dios que Jesús anunció en su programa liberador en la sinagoga de Nazaret.
Jesús rompió todos esos tabúes sociales y religiosos. Haciendo caso omiso de los prejuicios del judaísmo rabínico, restituyó a la mujer el lugar que le corresponde en el plan de Dios, según su dignidad personal, idéntica a la del varón. Así, por ejemplo: en la consulta sobre el divorcio, en el caso de la mujer adúltera, en la conversación con la samaritana, en su amistad con Marta y María y en la anexión de mujeres a su obra evangelizadora, como vemos en el pasaje de hoy.
Según algunos, el evangelio es el libro más profeminista que puede leerse. No se encuentra en todo él ni un gesto de Jesús, ni una palabra suya, ni el más mínimo detalle en su enseñanza, que incida, siquiera simbólica o parabólicamente, en la inferioridad de la mujer, proclamada por la cultura judía y helenista de su tiempo.
El ejemplo personal de Cristo, su mensaje y el aprecio que demostró de los valores femeninos, invitando a la mujer al Reino de Dios e iniciando su liberación religiosa y social –que luego entre luces y sombras continuaría la Iglesia de todos los tiempos, aunque influenciada inevitablemente por los condicionamientos socioculturales–, nos marcan la pauta a seguir hoy día.
Queda camino por añadir al ya andado, para superar todo vestigio de minusvaloración femenina en la praxis eclesial y para realizar el principio de igualdad entre hombre y mujer, en combinación con el de mutua complementariedad, de acuerdo con la antropología bíblica. Complementariedad de salvación que es patente en las personas de Cristo y de María, el hombre y la mujer nuevos, en quienes aparece la imagen que debe mostrar la humanidad restaurada, según el designio primero de su Creador.
Puede ser decisiva la aportación de la mujer a la misión de la Iglesia actual si se eliminan totalmente los prejuicios machistas, nefasta herencia del pasado, estimando efectivamente los valores femeninos, fomentando la integración de la mujer en la comunidad eclesial y creando estructuras, cauces y sectores de responsabilidad, iniciativa y libertad evangélicas para la mujer cristiana.
¿Hemos visto algún cambio notorio en la participación de las mujeres en la vida pastoral de nuestras parroquias?
Gracias, Padre, porque Jesús liberó a la mujer, la llamó a tu Reino y la asoció a su propia misión. Él rompió todos los prejuicios sociales y religiosos, restituyendo a la mujer su puesto y su dignidad. Concede a tu Iglesia, la apertura de Cristo para continuar hoy día la promoción integral de la mujer. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza