Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy viernes 18 de agosto de 2023

Día litúrgico: Viernes 19 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio ():

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquéllas a su derecha y a éstos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”.

Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, ¿y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te alojamos; desnudo, ¿y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?”

Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

Luego dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron”.

Éstos, a su vez, le preguntarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?”

Y Él les responderá: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hoy celebramos la memoria de San Alberto Hurtado, nuestro primer santo chileno. Alberto Hurtado Cruchaga nació el 22 de enero de 1901, en Viña del Mar, en el seno de una familia católica. Sus padres: Alberto Hurtado y Ana Cruchaga.

San Alberto Hurtado siempre se esforzó en imitar a Jesús en las cosas sencillas de cada día. Como Cristo se dedicó a los pobres y huérfanos preocupándose por darles una vida digna. Se caracterizó por su fortaleza,  su generosidad y su entrega incondicional a Dios.

Su más grande obra fue la creación del «Hogar de Cristo”, una casa de acogida para los pobres y niños que encontraba abandonados, allí les daba alimento y refugio -un poco de leche caliente y una cama para pasar la noche.

San Alberto fue un hombre muy activo e ingenioso, siempre tenía un nuevo proyecto entre manos y a pesar de la incomprensión de muchos, siempre encontraba la fuerza para seguir sirviendo a Cristo en el hermano pobre.

Un aspecto muy importante de su vida fue el trabajo intelectual. Publicó libros y dio conferencias sobre los temas que le apasionaban: el sacerdocio, la adolescencia, la educación, el orden social y el catolicismo. Se dio tiempo hasta para fundar una revista a la que llamó “Mensaje”, además de otras publicaciones que promovió con la Acción Sindical Chilena.

Pese a la cantidad de tareas impuestas, nunca dejó de realizar dirección espiritual. Con su mejor sonrisa recibía y escuchaba a sus «patroncitos», como solía llamar a sus dirigidos.

Tenía 51 años cuando le diagnosticaron cáncer. A pesar de los fuertes dolores de su enfermedad, siguió trabajando por Cristo desde su habitación en el Hospital Clínico de la Universidad Católica. La enfermedad no le quitó ni la alegría ni la paz. Aún estando delicado siempre tenía una palabra de esperanza y apoyo para quien lo necesitase. Repetía constantemente: “Contento, Señor, contento”.

San Alberto Hurtado partió a la Casa del Padre el 18 de agosto de 1952 a la edad de 51 años. En la homilía de despedida Monseñor Manuel Larraín, obispo de Talca, afirmó: “Si silenciáramos la lección del Padre Hurtado, desconoceríamos el tiempo de una gran visita de Dios a nuestra patria”.

Fue beatificado

El 16 de octubre de 1994, por San Juan Pablo II y canonizado el 23 de octubre de 2005 por el Papa Benedicto XVI.

En el evangelio que se nos propone, Jesús nos habla del juicio final y definitivo. Y con esa ilustración metafórica de ovejas y cabras, nos hace ver que se tratará de un juicio de amor. «Seremos examinados sobre el amor», nos dice san Juan de la Cruz.

Y otro místico, san Ignacio de Loyola nos dice: «Para alcanzar amor, hay que poner el amor más en las obras que en las palabras».

Cada obra de caridad que hacemos, la hacemos al mismo Cristo.

El relato no es propiamente una parábola, sino una evocación del juicio final de todos los pueblos. Toda la escena se concentra en un diálogo largo entre el juez, que no es otro que Jesús resucitado, y dos grupos de personas: los que han aliviado el sufrimiento de los más necesitados y los que han vivido negándoles su ayuda.

Todos los hombres y mujeres, sin excepción, serán juzgados por el mismo criterio. Lo que da un valor imperecedero a la vida no es la condición social, el talento personal o el éxito logrado a lo largo de los años. Lo decisivo es el amor práctico y solidario a los necesitados de ayuda.

Este amor se traduce en hechos muy concretos. Por ejemplo, «dar de comer», «dar de beber», «acoger al inmigrante», «vestir al desnudo», «visitar al enfermo o encarcelado». Lo decisivo ante Dios no son las acciones religiosas, sino estos gestos humanos de ayuda a los necesitados. Pueden brotar de una persona creyente o del corazón de un agnóstico que piensa en los que sufren.

Seguramente muchos de los que han ayudado a los necesitados que han ido encontrando en su camino, no lo ha hecho por motivos religiosos. Sencillamente han buscado aliviar un poco el sufrimiento que hay en el mundo. Ahora, invitados por Jesús, entran en el Reino de Dios como «benditos del Padre».

¿Por qué es tan decisivo ayudar a los necesitados y tan condenable negarles la ayuda? Porque, según revela el juez, lo que se hace o se deja de hacer a ellos se le está haciendo o dejando de hacer al mismo Dios, encarnado en Cristo. Cuando abandonamos a un necesitado estamos abandonando al Señor. Cuando aliviamos su sufrimiento lo estamos haciendo con el mismo Jesús.

En cada persona que sufre, Jesús sale a nuestro encuentro, nos mira, nos interroga y nos interpela. Nada nos acerca más a él que aprender a mirar detenidamente el rostro de los que sufren con compasión. En ningún lugar podremos reconocer con más verdad el rostro de Jesús.

Es bueno preguntarse si tanto nosotros como nuestras comunidades vivimos esta dimensión cotidiana de la caridad: si estamos de su parte, o por el contrario, estamos del lado de aquellos a los que su presencia les resulta un fastidio. El Papa Francisco, plenamente consciente de que todos seremos juzgados en relación a esto, nos recuerda una extraordinaria verdad: «Toquemos la carne de Jesús tocando la carne de los pobres». Es una de las verdades más hermosas y revolucionarias del evangelio, que nosotros los cristianos estamos llamados a vivir y a testimoniar.

¿Cuál es el criterio de separación que usará Jesús en el juicio final? ¿Quiénes son los hermanos más pequeños con los que Jesús se identifica? ¿Estamos haciendo las obras concretas y efectivas en favor de quien necesita lo más básico en su existencia?

En el día de la solidaridad, pidamos al Señor nos otorgue la gracia de ser fieles imitadores de San Alberto Hurtado,  sirviendo a nuestros hermanos más pobres y abandonados.

Bendiciones.

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