Domingo 17-A
Mt 13,44-52
¿Han entendido todo esto?
En este Domingo XVII del tiempo ordinario concluimos la lectura del «discurso en parábolas», del Capítulo XIII de San Mateo, con la lectura de las parábolas gemelas del tesoro escondido en un campo y del mercader en finas perlas y la parábola de la red barredera que captura toda clase de peces. A éstas se puede agregar, a modo de comentario, la parábola del escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos.
Las parábolas del tesoro escondido en un campo y la parábola del mercader en finas perlas son gemelas, no sólo porque tienen la misma introducción: «El Reino de los cielos es semejante a…», sino también porque tienen una conclusión semejante: «Vende todo lo que tiene y compra aquel campo… compra aquella perla». Ambas parábolas enseñan que el Reino de los cielos es de tal valor que quien lo encuentra está dispuesto a dejarlo todo para poseerlo. Difieren, sin embargo, en el modo de encontrarlo. En el caso del tesoro escondido en el campo, quien lo encuentra lo hace en forma fortuita e inesperada, sin estar buscándolo. Este es el caso del apóstol San Pablo, que no estaba buscando a Cristo, cuando lo encuentra, sino persiguiéndolo y queriendo destruir su obra: «Soy indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios…» (1Cor 15,9). En cambio, en el caso del mercader, él anda buscando perlas finas, esperando encontrar una de gran valor, hasta que la encuentra. Este es el caso de San Agustín, quien encontró a Cristo después de dar botes en su búsqueda, y entonces exclamó: « ¡Tarde te he amado, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te he amado! Sí, porque Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera. Allí te buscaba…» (Conf. X, 27).
La multitud que escuchaba a Jesús ese día a la orilla del lago ciertamente oyó esas dos parábolas pronunciadas por Jesús en la lengua de ellos; pero sólo «la entendieron» los que, habiendo visto quién era Jesús, dejándolo todo, lo siguieron. Entendieron esas parábolas los Doce, quienes, con ocasión del discurso del pan de vida, puestos a prueba por Jesús, responden representados por Pedro: «Señor, ¿a quién otro iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (cf. Jn 6,68). Pedro confiesa que sólo Jesús pronuncia las palabras que conceden la vida eterna. Todos, sin excepción, opinamos que la vida eterna vale más que esta vida terrena y que todo lo que poseamos en ella. Pero sólo han «entendido» los que están dispuestos a perder esta vida terrena y todas sus posesiones para alcanzar a Cristo, el único que tiene palabras de vida eterna.
La parábola de la red que arrastra todo tipo de peces es semejante a la parábola de la cizaña, que, sembrada en medio del trigo, crecen juntos hasta la cosecha. En este caso, la red arrastra peces buenos y malos, pero no se pueden separar sino una vez sacada la red a la playa: «La sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos». Esta es la situación de la vida terrena real que todos conocen, con que se compara el Reino de los cielos. Pero la realidad que hay que entender es esta otra: «Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Sólo «ha entendido» el que no queda indiferente al ver que algunos de sus seres queridos, parientes, amigos, colegas viven alejados de Cristo y de sus palabras de vida eterna y están expuestos al «horno de fuego».
Así comprendemos el sentido de la pregunta que hace Jesús a sus discípulos, concluida la serie de siete parábolas: «¿Han entendido todo esto?». La pregunta es comprometida, porque antes, cuando ellos preguntaron sobre este modo de enseñanza en parábolas, Jesús les respondió: «Es que a ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos, no… Por eso, les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: “Oír, ustedes oirán, pero no entenderán, mirar, mirarán, pero no verán”» (Mt 13,11.13-14). En cambio, respecto de sus discípulos Jesús agrega: « ¡Pero dichosos los ojos de ustedes, porque ven, y los oídos de ustedes, porque oyen!» (Mt 13,16). A la pregunta sobre si ellos han entendido, los discípulos responden con mucha seguridad: «Sí». Ellos aseguran que pertenecen al número de los que oyen y entienden, de los que miran y ven. Ellos, en efecto, lo dejaron todo para seguir a Jesús, murieron mártires, haciendo de su vida terrena un testimonio de la vida eterna que esperaban.
Jesús no pone en duda la respuesta de sus discípulos, pero agrega esa última parábola: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». El evangelista, quienquiera que sea, es un escriba y él se ha hecho un discípulo del Reino de los cielos. Por eso, algunos ven en esta última parábola una especie de firma del autor. Este Evangelio se atribuye al apóstol San Mateo, uno de los Doce, uno de los que estuvieron con Jesús desde el Bautismo de Juan hasta la Ascensión de Jesús al cielo (cf. Hech 1,21-22). Pero es poco probable que sea Mateo el autor. En efecto, este escriba que se hizo discípulo usa fuentes escritas, en particular el Evangelio de Marcos, y su relato tiene muy pocos rasgos de un testigo presencial de los hechos que narra, como sería el caso, si el autor fuera verdaderamente Mateo. Abunda más en estos rasgos el Evangelio de Marcos, tomándolos de la predicación de Pedro; pero el Evangelio de Mateo los omite o resume al máximo, precisamente, porque su autor no fue un testigo ocular. El autor no se identifica con el apóstol Mateo, sino con «un escriba que se ha hecho discípulo» de Jesús. Tiene, sin embargo, algún conocimiento del apóstol Mateo que los demás evangelistas no tienen. Cuando los Evangelios de Marcos y Lucas relatan la vocación de un cierto publicano llamado Leví, que después invitó a Jesús a comer a su casa, este escriba insiste en que ese publicano se llama Mateo (comparar Mt 9,9-10 con Mc 2,14-15; Lc 5,27-29). Y en la lista de los Doce, agrega al nombre de Mateo su condición de publicano que todas las demás listas omiten (comparar Mt 10,3 con Mc 3,18; Lc 6,15; Hech 1,13). De aquí pudo haberse originado su identificación con Mateo. Lo fundamental no es tanto que haya sido escrito por el apóstol Mateo o no; lo fundamental es que quienquiera que lo haya escrito, lo hizo inspirado por el Espíritu Santo y, por tanto, el autor principal es Dios y sus palabras son Palabra de Dios.
«Saca de sus arcas cosas nuevas y viejas». Precisamente, este escriba nos transmite la sentencia de Jesús sobre la Escritura antigua: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a darles cumplimiento» (cf. Mt 5,17). Ese cumplimiento es la novedad aportada por Jesús, que Él expresa así: «A ustedes se les dijo… Pero Yo les digo…» (Mt 5,21-22 passim), cosa antigua y cosa nueva. La Iglesia sigue el ejemplo de ese escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos. Anuncia la novedad absoluta que es Jesús, pero sin perder nada de lo revelado por Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento y en la vida de la Iglesia en siglos pasados. Precisamente, uno de los más grandes escribas, que se ha hecho «discípulo del Reino de los cielos», San Agustín, Padre y Doctor de la Iglesia, llama a la perla encontrada: «Belleza tan antigua y tan nueva».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza