Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy lunes 24 de julio de 2023

Día litúrgico: Lunes 16 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 12,38-42):

Algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: “Maestro, queremos que nos hagas ver un signo”.

Él les respondió: “Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay Alguien que es más que Jonás.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay Alguien que es más que Salomón”.

Palabra del Señor.

Reflexión

En el evangelio de hoy los escribas y fariseos piden a Jesús señales prodigiosas. Los hebreos no lograron ver la señal de Dios en el hecho de que él, de forma discreta pero eficaz, les había llevado a la libertad y les había constituido como pueblo. Los escribas no logran reconocer a Dios en el mensaje y la persona de Jesús, en su servicio, su lealtad y su amor. Dios no es un Dios de publicidad. Su presencia es discreta.

Quieren someterle a prueba y que Jesús se someta a sus criterios. No hay en ellos apertura para una posible conversión. No habían entendido nada de todo lo que Jesús había hecho. Ellos han sido testigos de la curación de un endemoniado ciego y mudo, pero esto no les basta porque sus corazones son de piedra, se resisten a creer y a convertirse porque consideran que sus obras son buenas.

La respuesta de Jesús no deja de ser paradójica. En primer lugar, les llama generación malvada y pervertida, en sentido social y religioso, por su apego a este mundo y por no actuar según los criterios de Dios; seguidamente, rechaza la señal que le piden por otra. Ese signo es el de Jonás, es decir su muerte y su resurrección, verdadero signo de la identidad de Jesús.

Los letrados y fariseos querían un milagro para creer en Jesús. Y nosotros muchas veces también. Pensamos que con un milagro todo sería más fácil. Pensamos que, si Dios es todopoderoso, debería arreglar las cosas para que los pobres no sufrieran la pobreza, los oprimidos la injusticia ni los enfermos la enfermedad. Es algo así como si le dijéramos a Dios: demuéstranos que eres de verdad Padre, que te preocupas de tus hijos. De alguna manera, le retamos: que nos demuestre lo que es y le seguiremos, creeremos en él, cumpliremos sus normas y leyes. Pero, por favor, que nos solucione la vida, que nos libre de tantos trabajos, angustias, preocupaciones, de la enfermedad y de la muerte, del desamor y la soledad. En ocasiones a nosotros nos cuesta entender los caminos de Dios y comenzamos a dudar cuando la vida se nos presenta confusa, injusta, oscura…. o nuestras miradas «algo mezquinas», no logran apreciar su paso en nuestra historia.

Sin embargo, Estamos inmersos en el amor de Dios sin darnos cuenta. Con poco que recapacitemos, podemos ver signos de este amor de Dios continuamente. Por todas partes podemos apreciar signos de su bondad, de su misericordia, de su amor, de sus cuidados, de su paciencia, de su perdón…

Si queremos, podemos palpar y sentir la presencia de Dios a nuestro lado. Pero es posible que los sentidos del espíritu se nos emboten y no sepamos captar todos estos signos como les pasó a estos escribas y fariseos que pedían signos, sin darse cuenta de que el signo de amor que el Padre les daba era el mismo Jesús. Un signo mayor que Jonás y que Salomón.

En muchas ocasiones, pedimos al Señor signos para creer y nos olvidamos de pedirle la fe para seguir creciendo en ella, no por lo que se nos muestra sino por lo que Jesús nos hace vivir. No seamos de los que buscan a Jesús por sus milagros y las muestras de su amor, sino más bien de los que buscan al Señor de los milagros para rendirle nuestro amor.

¿Cómo estamos asumiendo la voluntad de Dios que se expresa en justicia, misericordia y humildad? ¿Qué valores sustentan nuestras prácticas de piedad? ¿Sabemos leer e interpretar los signos de Dios en los acontecimientos de la historia y en las personas que encontramos a nuestro paso? ¿Respondemos a estos signos con una conversión sincera? ¿Qué estamos exigiendo nosotros para creer y adherirnos a Jesús: una voz misteriosa, un signo claro y milagroso?.

Con sencillez pidamos al Señor que aumente nuestra fe, para poder contemplar los signos de su permanente presencia en nuestra vida. Amén.

Bendiciones.

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