Día litúrgico: Miércoles 15 del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mt 11,25-27):
Jesús dijo:
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera rePalabra del Señor.
Reflexión
El evangelio de hoy es uno de los textos más hermosos de Mateo. Las palabras de Jesús dirigidas a su Padre, están cargadas de emoción y nos descubren su intimidad. Si habitualmente nos cuesta compartir nuestros sentimientos, nuestra fe y nuestras emociones, el que podamos acceder a la intimidad de Jesús, como en este caso, es todo un regalo por su parte y por parte del evangelista que nos las transmitió.
La emoción de Jesús se convierte en oración agradecida al Padre porque ha revelado las cosas del Reino a los sencillos y se las ha escondido a los sabios y entendidos. No es que esté ensalzando la ignorancia, la falta de formación intelectual, el desconocimiento de la doctrina. Pero es que Jesús ha comprobado que los pobres, los sencillos, los que menos pintan, y en particular ese grupo de «pequeños» discípulos que le siguen, tienen el corazón mucho más cerca de Dios que los «sabios y entendidos».
En el evangelio podemos constatar continuamente este hecho. Cuando nació Jesús en Belén, lo acogieron María y José, sus padres, una humilde pareja de jóvenes judíos; los pastores, los magos de tierras lejanas y los ancianos Simeón y Ana. Los “sabios y entendidos”, las autoridades civiles y religiosas, no lo recibieron.
A lo largo de su vida se repite la escena. La gente del pueblo alaba a Dios, porque comprenden que Jesús solo puede hacer lo que hace si viene de Dios. Mientras que los letrados y los fariseos buscan mil excusas para no creer. No tienen nada que aprender de alguien humilde como Jesús; esa pretensión de ser sabios les cierra los ojos y los oídos a la presencia del Reino de los Cielos en la persona del sencillo carpintero de Nazaret, la seguridad que sienten en su propia doctrina no les permite dejarse interpelar por el mensaje del
Reino de Dios.
Cuántas veces la gente sencilla ha llegado a comprender con serenidad gozosa los planes de Dios y los aceptan en su vida, mientras que nosotros podemos perdernos en teologías y razonamientos. La oración de los sencillos es más entrañable y, seguramente, llega más al corazón de Dios que nuestros discursos eruditos de especialistas.
La sencillez conquista y «subyuga» a Dios. Él se enamora de las almas humildes y simples y devela sus secretos y su misterio sólo a los sencillos de corazón.
Nos convendría a todos tener unos ojos de niño, un corazón más humilde, unos caminos menos retorcidos, en nuestro trato con las personas y, sobre todo, con Dios. Y saberle agradecer, a Dios y a los demás, tantos dones como nos hacen, siguiendo el estilo de Jesús y el de María, su Madre, que alabó a Dios porque había puesto los ojos en la humildad de su sierva.
¿Somos humildes, sencillos, conscientes de que necesitamos la salvación de Dios? ¿O, más bien, engreídos y prendados de nosotros mismos, “sabios y entendidos”, que no necesitamos preguntar porque lo sabemos todo, que no necesitamos pedir, porque lo tenemos todo?
Danos, Señor, la fe, la esperanza y la caridad, para vivir el estilo de vida que nos propone el Evangelio, así como la valentía para cumplir siempre tu voluntad. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza