La Epifanía del Señor
Mt 2,1-12
Hagan discípulos de todos los pueblos
La Solemnidad de la Epifanía del Señor, que tiene su día propio el 6 de enero, dado que en nuestro país ese día no es feriado civil, se traslada al domingo después del 1 de enero. Esta Solemnidad tiene una relación esencial con el Nacimiento de Jesús. De hecho, se trata de su «manifestación» (epifanía) y el Evangelio propio, el de la venida de los reyes magos, comienza estableciendo esa relación: «Nacido Jesús en Belén de Judea…». Este año se celebra en la fecha más alejada del Nacimiento de Jesús que es posible.
El evangelista Mateo tiene una particular intención de demostrar que en Jesús se cumplen las promesas de salvación hechas por Dios a su pueblo y las profecías sobre el Salvador. En el Capítulo I de su Evangelio demuestra que en Él se cumple, por un lado, la promesa hecha a David sobre la continuidad de su trono y, por tanto, la filiación de Jesús respecto de David (cf. 2Sam 7,12.16; 1Cron 7,11-14) y, por otro lado, la profecía de su nacimiento de una Virgen (cf. Is 7,14). Explica cómo, José hijo de David, no obstante no haber engendrado a Jesús, vino a ser su padre, cumpliendo así lo prometido a David, y cómo su nacimiento de una Virgen «sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: “Vean que la Virgen quedará encinta y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros”» (Mt 1,23).
Mateo da por sabido que Jesús nació en Belén, el pequeño pueblo de Judea, distante aprox. 9 km de Jerusalén, y que eso ocurrió en tiempos del rey Herodes, que gobernó en la Palestina entre los años 37 y 4 a.C. Todo esto lo pone en una frase circunstancial: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes…». Va a cobrar importancia más adelante. Lo que le interesa al evangelista es la frase principal: «Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo”». Esto nos informa que Dios manifestó −hizo brillar− el nacimiento de su Hijo a esos hombres venidos de lejos −de Oriente− por medio de una estrella que apareció en el cielo anunciando el nacimiento de un «Rey de los judíos», mientras en su propio pueblo de Israel este hecho permanecía ignorado: «El rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén».
Herodes, llamado «el grande», para distinguirlo de su hijo, que gobernaba treinta años después durante el ministerio público de Jesús (cf. Mt 14,1ss), es conocido por la historia por su enfermizo celo por el poder, hasta el punto de matar a todo el que pudiera amagarlo, incluidos algunos de sus hijos. Cuando oyó hablar de un «Rey de los judíos que ha nacido», no sólo se sobresaltó, sino que inmediatamente concibió el proyecto de matarlo. El título «Rey de los judíos» había sido concedido a Herodes por el Senado de Roma. Por otro lado, Herodes reivindicaba la condición de judío, a pesar de que su padre era de origen edomita, y por tanto conocía las profecías sobre el Ungido (Cristo), hijo de David. Así se entiende su reacción: «Herodes convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando sobre el lugar donde había de nacer el Cristo». Aquí entra en juego Belén, porque se trata del cumplimiento de una profecía, que, como dijimos, interesaba a Mateo dejar en claro: «Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá,… de ti saldrá un caudillo que pastoreará a mi pueblo Israel». Sabemos que en el AT la metáfora del pastor se aplicaba, en primer lugar, a Dios y también al Rey: «Dios eligió a David su siervo… para pastorear a su pueblo Jacob y a Israel, su heredad. Él los pastoreaba con corazón perfecto…» (Sal 78,70.71.72). A la pregunta de Herodes respondió la profecía de Miqueas 5,2.
Pero Dios, que conduce la historia haciendo que todo contribuya al cumplimiento de su plan de salvación, hizo servir ese intento criminal de Herodes para que los magos de Oriente llegaran hasta Jesús. Después de informarse sobre el tiempo de la aparición de la estrella −ya está calculando la edad del niño que tendría que eliminar− Herodes envió a los magos a Belén, diciéndoles: «Vayan e indaguen cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encuentren, comuníquenmelo, para ir también yo a adorarlo». Vemos que el Evangelio, con rápidas pinceladas describe exactamente el carácter de ese siniestro personaje tal como lo conoce la historia. Como decíamos, no vacila en usar el engaño para obtener sus objetivos.
La referencia «Belén» es verdadera, pero poco precisa; habría que haber indagado todos los niños de la comarca de dos años para abajo (los que hizo matar, una vez burlado, Herodes). Pero no fue necesario hacer esa búsqueda, porque, cuando los magos se pusieron en camino, «la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño». Habían logrado su objetivo: «Vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra». Son los regalos que revelan la identidad de ese Niño: oro, porque es Rey; incienso, porque es Dios; mirra porque está destinado a morir.
El Niño había sido manifestado. Su epifanía estaba cumplida. La liturgia confiesa tres epifanías de Jesús: en su Bautismo se abrió el cielo y la voz del cielo lo manifestó: «Este es mi Hijo, el amado en quien me complazco» (Mt 3,17); en las bodas de Caná, cuando convirtió el agua en vino, «manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11); pero la única que es universal, porque manifiesta a Jesús más allá de Israel es la que lo revela a esos magos de Oriente por medio de una estrella, que apareció en el cielo. A ésta se da el nombre de «epifanía», como lo hace la Solemnidad de este domingo. Este episodio es también el cumplimiento de una profecía sobre la universalidad de Jerusalén, como lo leemos hoy, en la lectura del profeta Isaías: «Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora… A ti llegan las riquezas de los pueblos. Te cubrirá una multitud de camellos… llegan trayendo oro e incienso y proclaman las alabanzas del Señor» (Is 60,3.5.6).
Debemos agregar que este episodio corresponde a otro interés particular de Mateo, a saber, la universalidad de la salvación obrada por Jesús. Su Evangelio comienza con este episodio (Cap. II) y concluye con el texto más universalista del NT, el mandato apostólico: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). Nosotros debemos considerar un inmenso don poder encontrarnos entre esos «discípulos», gracias a que su Luz nos brilló.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza