Domingo de Navidad A
Lc 2,1-14
A ti, Dios Padre omnipotente, todo honor y toda gloria
Este año la Solemnidad de la Navidad del Señor cae en día domingo. Sabemos que el día domingo −«Dominica dies», Día del Señor− recibió este nombre de la Resurrección del Señor, que, según el testimonio unánime de los Evangelios, ocurrió el primer día de la semana. La Navidad del Señor, en cambio, tiene su día fijo el 25 de diciembre y cae en cualquier día de la semana. Pero junto con la Resurrección del Señor, ninguna otra fiesta merece más ser llamada Día del Señor que su nacimiento en este mundo. Estas dos Solemnidades se celebran durante una Octava, es decir, durante los ocho días sucesivos.
Lucas es el único evangelista que nos relata este evento, que ocurrió desconocido de todo el mundo, excepto de los más pequeños. Mateo dice simplemente: «Nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes…» (Mt 2,1). Por Lucas sabemos que, nueve meses antes, María, presentada como «virgen esposa de José», estando en Nazaret, recibió el anuncio asombroso del Ángel Gabriel: «Concebirás en el seno y darás a luz un hijo a quien pondrás el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1,31-32). Informada por el Ángel de que su pariente Isabel, que era estéril y de avanzada edad, había concebido un hijo y ya estaba en el sexto mes de embarazo, María se levantó y fue con prontitud a visitarla, y permaneció con ella hasta el nacimiento de ese niño: «María permaneció con ella unos tres meses, y luego se volvió a su casa» (Lc 1,56).
Si todo hubiera seguido su curso normal, el Hijo de María habría nacido en Nazaret. Pero estaba escrito que el Hijo de David que heredaría su Reino eterno, el Mesías (el Ungido), debía nacer en Belén, la ciudad de David: «Tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir Aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño… Él se alzará y pastoreará con el poder del Señor, con la majestad del Nombre del Señor su Dios» (Miq 5,1.3). Dios hace servir todos los eventos de la historia humana al cumplimiento de su Plan de Salvación eterna. Uno de esos eventos, que, si no se mencionara aquí, no se conocería, intervino para que el hijo de María, que es Hijo de Dios e hijo de David, naciera en Belén: «Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo… Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta». Nadie más grande que César Augusto había en ese momento en toda la tierra. Manda hacer un censo en sus dominios: «todo el mundo (oikoumene)». Pero no sabe el gran emperador que, de esta manera, está sirviendo a los designios de Otro infinitamente mayor.
Esta circunstancia nos enseña que todo lo que ocurre, incluso los más pequeños detalles, y también aquellas cosas que no entendemos, sirven al plan de Dios y al bien de los que aman a Dios. En efecto, «sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman; de aquellos que han sido llamados según su designio» (Rom 8,28). No hay mal mayor que el pecado, que es la causa de todos los males, como lo resume San Pablo: «Por el pecado entró la muerte en el mundo y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12). Pero poderoso es Dios para sacar el bien incluso de ese mal, como lo proclama la liturgia audazmente en el Pregón Pascual: «¡Oh feliz culpa, que nos mereció tal y tan gran Redentor!».
Estando, entonces, José y María en Belén, «se le cumplieron a ella los días del parto y dio a luz a su hijo primogénito». La condición de «hijo primogénito» corresponde al primer nacido, aunque sea el único, como es el caso de Jesús, pues su madre es la «siempre virgen». El propósito de virginidad lo tiene ella desde antes de la anunciación. En efecto, como hemos visto, es presentada como «virgen esposa» de José y, cuando el Ángel le anuncia que dará a luz un hijo, se atreve a objetar arguyendo lo que, por otro medio, le era inspirado por el mismo Dios: «¿Cómo podrá ser esto, pues no conozco varón?» (cf. Lc 1,34).
En toda la historia de salvación se cumple lo que afirma San Pablo como un modo de proceder habitual de Dios: «Dios ha escogido lo débil del mundo, para confundir a lo fuerte… lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios» (1Cor 1,27.28.29). El nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que es el acontecimiento más importante de la historia, fue lo más humilde imaginable; ocurrió en un establo, que es infrahumano y acostado en la paja que comen los animales. Fue desconocido de los grandes del mundo y fue dado a conocer a humildes pastores de los campos de Belén: «Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz». No hay lenguaje humano que pueda describir esa «gloria del Señor» que los envolvió. Es superior a todo lo que pueda imaginar el ser humano. Pero, sobre todo, es impresionante el mensaje que recibieron: «Les anuncio (les evangelizo) una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor». El ángel les da un signo desconcertante, que habría sido imposible creer, si no fuera por esa gloria que ya se les había manifestado: «Esto les servirá de signo: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (comedero)». Ellos tenían que acoger esa circunstancia como signo de la verdad de lo anunciado, a saber, que ese Niño es el Salvador del mundo, es el Cristo, es el Señor. A confirmación de esto les estaba esperando una visión −y audición− mayor: «Se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace”».
Dios se complace plenamente en ese Hijo suyo, como lo declara en su Bautismo y en la Transfiguración: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco» (Mt 3,17; 17,5). Pero se complace también en los pequeños, como eran esos pastores. Lo dice Jesús: «Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y las ha revelado a pequeños. Sí, Padre, porque así ha sido tu complacencia» (Lc 10,21). Para los grandes de este mundo, para los que tienen ansias de grandeza y de poder estas cosas están ocultas. En estos días en que todo habla de paz −«paz en la tierra a los hombres en quienes Dios se complace»− ellos siguen hablando de guerra y de destrucción. ¿Qué falta para que el mundo se convierta a la paz verdadera? Falta lo que proclama el coro celestial: que se dé a Dios la gloria que merece. Lo proclamamos en la culminación de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad el Espíritu Santo, todo honor y toda gloria». ¡Que todo el mundo pueda proclamarlo!
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
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