Cartas Pastorales

Evangelio del Domingo 4 octubre 2020

Tiempo Ordinario, Domingo 27ª

Mt 21,33-43

El que permanece en mí y Yo en él da mucho fruto

En el Evangelio de este Domingo XXVII del tiempo ordinario leemos la «Parábola de los viñadores homicidas», que el mismo Jesús presenta como continuación de la parábola de los dos hijos, que leíamos el domingo pasado, diciendo: «Escuchen otra parábola». El escenario es, por tanto, el mismo.

Mateo, siguiendo en esto a Marcos, nos informa de un solo viaje de Jesús a Jerusalén durante su vida pública y este para enfrentar allí su pasión y muerte. El primer anuncio de ese viaje y de su objetivo lo hace a sus discípulos después de la confesión de Pedro: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Estando aún en Galilea les recuerda lo mismo por segunda vez: «Yendo un día juntos por Galilea, les dijo Jesús: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán, y al tercer día resucitará”» (Mt 17,22-23). Y ya en camino hacia la ciudad santa, les repite lo mismo por tercera vez: «Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: “Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarlo y crucificarlo, y al tercer día resucitará”» (Mt 20,17-19).

Jesús recorrió la distancia que separa Galilea (Cafarnaúm) de Jerusalén –poco más de 100 km en línea recta– enseñando en los pueblos por los que atravesaba y curando a los enfermos que le presentaban, de manera que su fama lo precedió y al entrar en la ciudad montado en un asno, a la antigua manera real, la gente lo aclamaba diciendo: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» y comentaban: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea» (Mt 21,9.11). Nada parece presagiar todavía su muerte, excepto la oposición de las autoridades religiosas –Sumos Sacerdotes y ancianos del pueblo–, que mientras enseña en el templo, le preguntan: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?» (Mt 21,23). La pregunta no tiene la finalidad de conocer la verdad sobre Jesús, sino de tener de qué acusarlo y condenarlo a muerte.

En este escenario expone Jesús las dos parábolas. La parábola de los viñadores homicidas puede considerarse una teología de la historia, en cuanto explica el sentido de ella a la luz de la fe. Pero, ni el pueblo ni sus discípulos estaban entonces en condiciones de entenderla. Podían entenderla, en cambio, los Sumos Sacerdotes y los ancianos del pueblo, para quienes estaba destinada: «Los Sumos Sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriendose a ellos. Y trataban de detenerlo, pero tuvieron miedo a la gente porque lo tenían por un profeta» (Mt 21,45-46).

Después de su invitación a escuchar otra parábola, Jesús dice: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre…». El dueño prodigó a su viña todos los cuidados para hacer de ella una delicia y la confió a unos arrendatarios esperando que le dieran su fruto. Pero los arrendatarios se comportaron de manera inesperada: maltrataron a los enviados por el dueño a percibir los frutos y los mataron. Y lo mismo hicieron con sucesivos enviados por el dueño, aumentando siempre la violencia. La parábola llega a su punto culminante cuando el dueño decide mandar a su propio hijo, diciendo para sí: «A mi hijo lo respetarán». Pero la intención de los arrendatarios es apoderarse de la viña y al ver al hijo dicen: «“Este es el heredero. Vamos, matemoslo y quedemonos con su herencia”. Y agarrandolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron».

Como decíamos, esta es la historia de la humanidad. Dios creó todo el universo para ubicar en él al ser humano. Pero sigue siendo propiedad de Dios: «Del Señor es la tierra y cuanto contiene, el orbe y todos sus habitantes» (Sal 24,1). Dios creó a Adán (el hombre) y lo puso en el jardín del Edén un jardín de delicias, que pronto adquirió el nombre de «Paraíso», como lugar de proverbial belleza y bondad. Lo puso allí para que «lo cultivara y lo cuidara» (Gen 2,15) y le diera los frutos que esperaba. Dios no espera del ser humano otro fruto que el amor, que procede de Él mismo y que ha dado al ser humano para que pueda unirse con Dios. Pero Adán quiso ser el dueño del paraíso, quiso ser Dios, y no tener nada que deber a Dios. Así comienza la historia. Ese mismo esquema se repite constantemente y se puede extender a toda la tierra: «La tierra la ha dado el Señor a los hijos de Adán» (Sal 115,16). Pero el ser humano quiere poseer la tierra como propia sin reconocer otro dueño ni deber nada a Dios. Dios eligió un pueblo al cual se reveló para que fuera su pueblo y le concedió una tierra «que mana leche y miel». Pero ese mismo pueblo se reveló continuamente contra Dios. Dios le mandó continuas oleadas de enviados, los profetas, para recordarles que el Señor es su Dios y que los ídolos, que ellos manejaban a su gusto, son nada. Pero la suerte de esos enviados la recuerda Jesús así: «Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados» (Mt 23,37).

Nosotros somos testigos del caso que en la parábola es el extremo. En efecto, sabemos que Dios mandó al mundo a su Hijo único: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). La parábola de Jesús se transforma en un anuncio más de su pasión y muerte. Por eso, decíamos que por entonces nadie la entendió, fuera de aquellos que tenían intención de matarlo. La historia de la parábola se realizó en la pasión y muerte de Jesús; pero se realiza también cada vez que la humanidad prescinde de Dios y vive «como si Dios no existiera» y no fuera Él el Dueño. La sentencia contra esa actitud la dicta el mundo contra sí mismo: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le den los frutos a su tiempo».

Citando un antiguo Salmo, Jesús destaca la ceguera de parte de los que debían ver: «La piedra que desecharon los arquitectos, se ha convertido en la piedra angular». Malo habría sido ya desechar cualquier piedra útil para el edificio; pero el colmo es desechar la que debía ser la única piedra necesaria, la piedra angular, la que mantiene el edificio en pie. El nuevo pueblo de Dios, el pueblo del cual Dios espera esos frutos de amor, es como un templo edificado con piedras vivas, cuya piedra angular es Cristo. Así lo ve San Pedro: «Ustedes, como piedras vivas, entren en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1Pe 2,5). Lo ve así también San Pablo: «Ustedes son conciudadanos de los santos y de la casa de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo Jesús» (Ef 2,19-20). A este pueblo se refiere Jesús cuando dice a las autoridades judías: «Se les quitará a ustedes el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos». Nadie puede dar los frutos que Dios espera si no está unido a Cristo: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos… El que permanece en mí y Yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5).

                                                                              + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                        Obispo de Santa María de los Ángeles

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