Tiempo Ordinario, Domingo 26A
Mt 21,28-32
Hágase en mí según tu palabra
El Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario comienza con una parábola propuesta por Jesús. Sabemos que Jesús usó con frecuencia de ese método, para revelar los misterios del Reino de los cielos de un modo accesible a quien estaba bien dispuesto para acogerlos. En efecto, a sus discípulos que le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?», Jesús responde: «Es que a ustedes se les ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos, no» (Mt 13,10-11). Al considerar las parábolas de Jesús cada uno debe discernir en qué caso se encuentra.
La parábola es una historia o una escena de vida diaria que es familiar a todos. Su mecanismo consiste en inducir al auditorio a tomar partido, a comprometerse en algún sentido, sea que ese compromiso lo exprese o quede implícito. En la parábola que leemos este domingo, Jesús llama abiertamente a tomar partido, introduciendo el caso que presentará con la pregunta: «¿Qué les parece?». Ya está captada la atención de todos que están expectantes a lo que sigue para poder responder.
«Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero, le dijo: “Hijo, anda hoy a trabajar en la viña”. Él respondiendo, dijo: “No quiero”; pero, después, habiéndose arrepentido, fue. Acercándose al segundo, le dijo lo mismo y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue». Jesús formula, entonces, la pregunta, que había quedado pendiente: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». La respuesta es unánime: «El primero». Es claro, pero ¿a qué viene todo esto?
Antes de examinar la explicación de Jesús, debemos agregar una palabra sobre el caso presentado. Es evidente que el primero de los hijos hizo la voluntad del padre, pero no sin causar algún mal, aunque luego lo haya corregido. Si la respuesta de ese primer hijo hubiera sido inmediatamente: «Voy, Señor» y luego hubiera mantenido su palabra, estaríamos ante un caso perfecto. Es la reacción que recomienda Jesús a discípulos: «Que el lenguaje de ustedes sea “sí”, si es sí; “no”, si es no. Lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mt 5,37). Jesús espera que la palabra del ser humano sea digna de crédito; que quien empeña su palabra la cumpla, sobre todo, cuando esa palabra se da a Dios, como lo asegura el salmista: «Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo» (Sal 116,14). Jesús sabe que este caso es poco frecuente: «Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos… pues él conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2,14.25). Ante uno que le dice: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas», para ver qué tan firme es esa palabra, Jesús se siente en la obligación de advertirle: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,19-20). No sabemos el desenlace de ese caso. En otra ocasión, Jesús se confió, pero para quedar defraudado. Ante uno que le asegura que él cumple todos los mandamientos desde su juventud, Jesús se ve inducido por esa garantía a darle un don mayor: «Vende todo lo que tienes… Luego, ven y sígueme» (Mt 19,20-22). Su invitación, que traía consigo la vida eterna, fue rechazada por amor a las riquezas de este mundo.
Pero peor es el caso del otro hijo, como concuerdan todos, el que aseguró: «Voy», pero no fue. Este incurre en un doble mal: inducir a error, porque su palabra no es confiable o, directamente, falsa, desde el principio; y también no hacer la voluntad del padre. Mejor habría sido, si, desde el primer momento, hubiera dicho: «No iré» y no hubiera ido. En este caso, el padre habría sabido, al menos, a qué atenerse y no habría sido engañado.
Todavía no sabemos por qué dijo Jesús esa parábola. La dijo motivado por una discusión con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Cuando ellos le preguntan con qué autoridad enseña en el templo, Jesús les asegura que responderá, si ellos responden a lo que Él les preguntará. Y les pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos tienen una opinión sobre Juan; de hecho, permitieron que Herodes lo apresara y decapitara sin reprocharselo. Pero responden falsamente: «No sabemos». Una pena, porque también nosotros nos quedamos sin la respuesta de Jesús. «Entonces, tampoco Yo les digo con qué autoridad hago esto» (Mt 21,23-27). Aunque, en realidad, nosotros bien sabemos la respuesta: lo hace con la autoridad que le da su Padre como su Hijo único y Dios verdadero.
La negativa de Jesús tiene mucho de irritación ante la falsedad de sus opositores. Por eso, expone la parábola de los dos hijos en la cual los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo están en el caso del hermano que fue falso, apareciendo como obediente al padre, pero desoyendo su mandato. Y ellos mismos al reprochar la conducta de ese hermano dictan sentencia contra sí mismos: «En verdad les digo que los publicanos y las prostitutas llegan al Reino de Dios antes que ustedes, porque vino Juan a ustedes por camino de justicia, y no creyeron en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y ustedes, viéndolo, no se arrepintieron después, para creer en él». Los publicanos y las prostitutas, con su conducta, en un tiempo de sus vidas respondieron a Dios: «No voy». No están en el caso ideal. Pero se convirtieron a la predicación de Juan. Había un publicano, incluso en el grupo de los Doce, que es el autor de este Evangelio, Mateo.
En el caso perfecto están los únicos libres de todo pecado, los que desde siempre respondieron: «Voy», y fueron con gozo y prontitud. Ellos son Jesús, quien dice: «He aquí que vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad» (Heb 10,7) y su Madre María, que responde: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Los demás, todos hemos tenido que arrepentirnos y recibir el perdón de Dios. Pero, ya en este estado, que nuestra respuesta a Dios sea siempre: «Hágase en mí, según tu palabra», como nos enseña la Virgen María.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza