Mt 14,22-33
Verdaderamente, Tú eres Hijo de Dios
El Evangelio de este Domingo XIX del tiempo ordinario pertenece a una sección narrativa de Mateo y es continuación del relato de la multiplicación de los panes, que leíamos el domingo pasado. Veíamos entonces que Jesús se retiró en una barca a un lugar desierto cuando oyó que Herodes se interesaba por Él, pensando: «Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y, por eso, actúan en Él fuerzas milagrosas» (Mt 14,1-2.13). Logró sustraerse de la curiosidad de Herodes; pero no del fervor de la gente, que vinieron a pie desde las ciudades al lugar donde desembarcó, de manera que encontró allí una multitud.
Jesús nunc es indiferente ante quien lo busca. Con infinito afecto, movido por la compasión, curó a sus enfermos y les dio en abundancia el alimento corporal. Pero no le basta con esto y no quiere despedirlos sin dar a cada uno una palabra suya personal: «Urgió a los discípulos a subir a la barca e ir delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente». ¡Cómo querríamos escuchar una de esas despedidas! Imaginemos: «Vaya en paz, esa enfermedad no volverá a molestarlo más y no vacile en venir a mí, cuando esté abatido o agobiado por cualquier preocupación; Yo lo aliviaré» (cf. Mt 11,28). Finalmente, Jesús se quedó solo y pudo cumplir su anhelo profundo: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí». Dijimos que esta es una sección narrativa y no encontramos en ella algún discurso de Jesús (el de más arriba era sólo una imaginación). Pero en Él, no sólo lo que dice, sino todo lo que hace es Palabra de Dios y una enseñanza para nosotros. Aprendamos de Él: ¡Jesús se procura momentos prolongados de soledad para dedicarse a la oración!
Entretanto, los discípulos estaban en la barca en medio del Mar de Galilea y no lograban llegar a destino, porque el viento les era contrario. Habían avanzado, sin embargo, muchos estadios (1 estadio = 185 metros). Cuando no está Jesús con ellos, todo es complicado, como se deduce de esta expresión: «La barca estaba atormentada por las olas». Ellos ciertamente pensaban que Jesús había regresado al origen a pie. Pero Jesús no los deja solos en esa angustia y viene a ellos, aunque a su modo: «A la cuarta vigilia de la noche vino Jesús hacia ellos, caminando sobre el mar». La cuarta vigilia de la noche se extiende de 3 a 6 horas.
Ya tenían miedo por el viento y las olas, ¡cuánto más cuando ven un hombre caminando en la noche por el mar! «Viéndolo caminar sobre el mar, los discípulos se turbaron y decían: “Es un fantasma”, y por el temor se pusieron a gritar». Lo que sienten esos pescadores ya no es el miedo natural causado por la tormenta, que, aunque entraña un peligro, sigue siendo un fenómeno natural; lo que sienten es temor ante un misterio que supera las fuerzas naturales. «Jesús, inmediatamente, les habló diciendo: “Ánimo, Yo soy, no teman”». La expresión «Yo soy» puede ser banal, como la entienden muchos que traducen: «Soy yo». Pero dadas las circunstancias –Jesús caminando sobre el mar, ejerciendo un dominio sobre las leyes naturales que corresponde sólo a quien las dictó–, no puede entenderse sino como el Nombre con el cual Dios se dio a conocer a Moisés, que los discípulos no podían ignorar, porque es el punto supremo del Antiguo Testamento: «Dirás a los israelitas: “Yo Soy me ha enviado a ustedes» (Ex 3,14).
Sabemos que Mateo da un relieve especial a la persona de Pedro, como el primero de los apóstoles. Aquí nos informa sobre un hecho que tiene a Pedro como protagonista y que sólo él nos transmite. En su impulsividad y, diríamos también, alegría del encuentro con Jesús, Pedro le dice: «Señor, si tú eres (se entiende Aquel), mandame ir donde ti sobre las aguas». Jesús no vacila en acoger favorablemente la petición de Pedro y asociarlo consigo en esa prerrogativa divina de caminar sobre el agua: «¡Ven!». Jesús es Aquel y, por tanto, el agua se hizo firme bajo los pasos de Pedro: «Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús». Pero, al ver la violencia del viento, dudó y, por eso, comenzó a hundirse. En un acto desesperado todavía clama a Jesús: «¡Señor, salvame!». Jesús lo salvó, pero no sin un reproche: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».
Esta escena es una completa catequesis sobre el misterio de la fe: mientras Pedro no dudaba de esa Palabra de Jesús y se apoyaba con todo su peso sobre el agua, ésta era firme y lo sustentaba. En la medida en que él vacila y duda y quiere asegurarse también por otros medios, el agua ya no es firme y comienza a hundirse. La fe no puede ser parcial. Cuando decimos confiar plenamente en la Palabra de Dios; pero nos aseguramos «por si acaso» con otros medios humanos, en realidad, somos «hombres de poca fe» y, entonces, esa Palabra de Dios ya no ejerce su poder en nosotros. Esa plena confianza en la Palabra de Dios, hasta abandonarnos a ella, es un don de Dios. Los apóstoles entendieron que debían orar siempre: «Señor, aumentanos la fe» (Lc 17,5). Debemos hacerlo también nosotros. Jesús respondió a esa oración diciendo: «Si ustedes tuvieran fe como un grano de mostaza, habrían dicho a este sicómoro: «Arráncate y plántate en el mar», y les habría obedecido» (Lc 17,6).
La conclusión demuestra que este episodio fue un paso importante hacia la convicción que se va formando en los Doce sobre la verdadera identidad de Jesús y que, más adelante, Pedro (cf. Mt 16,16) se adelantará a confesar en nombre de todos: «Los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: “Verdaderamente Tú eres Hijo de Dios”». Sabemos que el primero de los mandamientos prohíbe severamente a un judío postrarse ante otro que no sea el verdadero Dios. Jesús mismo no lo habría permitido, si esa adoración no le correspondiera a Él, como verdadero Dios. Así lo adoramos nosotros.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez Obispo de Santa María de los Ángeles
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