Jn 4,5-42
Señor, dame siempre de esa agua
El Evangelio de este Domingo III de Cuaresma nos relata el encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. El evangelista Juan nos informa sobre tres viajes de Jesús a Jerusalén durante su vida pública, que, según este evangelista, duró probablemente tres años. Después de la boda de Caná de Galilea, leemos: «Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén» (Jn 2,13). Tuvo que permanecer un tiempo suficiente para que el evangelista pueda observar: «Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver los signos que realizaba» (Jn 2,23). Para su regreso de Judea a Galilea, el evangelista dice: «Era necesario que Él atravesara Samaría». No era el único camino; también se podía ir por la cuenca del Jordán o por la costa. El evangelista usa una formulación con la cual se suele expresar algo que Jesús tiene que hacer por fidelidad a su misión. Estaba en el plan de Dios lo que va a acontecer.
«Llega a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, fatigado por el camino, estaba sentado junto al pozo». Ese pozo es particularmente hondo. Es probable que el cable desde la superficie hasta el nivel del agua fuera parte de las instalaciones. Pero era necesario traer un recipiente para sacar el agua. «Era alrededor de la hora sexta», que es la hora del día de mayor luz, lo que anuncia una intervención de la gracia divina. Hasta ahora Jesús ha llamado solamente a cinco discípulos: Andrés y otro discípulo anónimo, Pedro, Felipe y Natanael. Pero Jesús se ha quedado solo junto al pozo, porque ellos «habían ido a la ciudad a comprar comida».
«Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”». Bastaron esas pocas palabras para que la mujer captara que Jesús era un judío y, antes de acceder a su petición, expresa su extrañeza: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos)». De la respuesta que Jesús le da debe entenderse que habla con ella porque quiere darle –Él a ella– un don superior: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva».
«Él te habría dado agua viva». Con esta afirmación Jesús expresa ambas cosas: el don de Dios y su propia identidad. En efecto, en la Escritura, quien es fuente de agua viva es Dios mismo, como leemos en la queja de Dios contra su pueblo: «Doble mal ha hecho mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen» (Jer 2,13; 17,13). La mujer objeta que el pozo es hondo y que Jesús no tiene un jarro para sacar agua. Pero Jesús sigue aclarando el don de Dios: «Todo el que beba de esta agua (la del pozo), volverá a tener sed; pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». El agua del pozo sacia la sed corporal de la cual todos los seres humanos tenemos experiencia. Pero todos los seres humanos tenemos experiencia también de otra sed, más profunda, la sed de felicidad, que no se sacia sino cuando es plena y eterna. Jesús revela a la mujer que Él es quien da esa agua y que ha entablado ese diálogo con ella porque quiere darsela. La mujer sigue sin entender el don de Dios y, pensando en un agua material, dice: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». Ha dado, sin embargo, un paso, porque da a Jesús el título de «Señor», el mismo que se usaba para invocar a Dios.
Para que ella pudiera recibir el «don de Dios» tenía que abrir toda su vida ante Jesús y dejar al descubierto su infelicidad. Para ayudarla a eso, Jesús le dice: «Llama tu marido y vuelve acá». Ella se abre, pero no totalmente: «No tengo marido». Esto era una gran penuria para una mujer en esa sociedad. Jesús le demuestra que nada de ella se oculta a Él y le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad». Ahora ella está apta para recibir el don de Dios. Y lo recibe.
Cuando Jesús le demuestra que su interior está abierto a Él, ella reacciona diciendole: «Señor, veo que eres un profeta». Y aprovecha de cambiar el tema preguntandole a Jesús cuál es el monte en que hay que adorar a Dios, ¿Samaría o Jerusalén? Pero ella misma corta la discusión diciendo a Jesús: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús la favorece con una revelación única, que nadie ha recibido hasta este momento: «Yo soy, el que te está hablando». La mujer creyó y corrió a decir a la gente de su pueblo: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Le creyeron y fueron a ver y pidieron a Jesús que se detuviera con ellos. Y se quedó en ese pueblo de Samaría dos días. Al cabo de ese tiempo, los samaritanos decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo». Es una confesión asombrosa que se concedió a esos samaritanos que estaban excluidos de la comunión con Israel. Dios verdaderamente da su gracia a los pequeños, como la dio a la mujer samaritana y a los de su pueblo. Ellos recibieron el agua viva que Jesús provee y que sacia la sed de felicidad que hay en el ser humano. A esa agua se refiere Jesús cuando clama en medio de la fiesta de las tiendas: «”El que tenga sed, venga a mí y beba el que cree en mí”, como dice la Escritura: “De su seno correrán ríos de agua viva”» (Jn 7,37.38).
Los discípulos, que habían ido a comprar alimentos, vuelven y dicen a Jesús: «Maestro, come». Pero Él responde: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo (cumplir) su obra». La «obra de Dios» la define Jesús en otro momento de esta manera: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que Él ha enviado» (Jn 6,29). Si ese es su alimento, entonces en esa ocasión Jesús había sido saciado, porque esos samaritanos creyeron en que Él había sido enviado como Salvador del mundo. Hacia el fin de su vida, Jesús, dirigiendose a su Padre, ora diciendo: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo (cumpliendo) la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,2). Y, precisamente, su última palabra, antes de entregar el Espíritu en la cruz, es esta: «Está cumplido» (Jn 19,30).
Jesús está glorificado en el cielo; pero sigue siendo hombre verdadero y sigue teniendo hambre de ese alimento, que nosotros podemos saciar creyendo en Él y viviendo en forma coherente con esa fe. Para eso se nos concede este tiempo de gracia de la Cuaresma.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles
Regina Coeli Una Señal de Esperanza