Cartas Pastorales

Centenario de las apariciones del Ángel de Portugal

Por Juan Antonio Montes Varas

Director Acción Familia

En este mes de mayo la Iglesia católica celebra el centenario de las apariciones del Ángel de Portugal a los tres pastorcitos que el año siguiente, en 1917 recibirían  las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima.

En efecto, antes de las apariciones de la Santísima Virgen y como preparación para ellas, los pastorcitos—Lucía de Jesús dos Santos, y sus primos, hoy beatos, Francisco y Jacinta Marto— tuvieron tres visiones de un ángel a lo largo de 1916. Envuelto en una luz “más blanca que la nieve”, éste se les presentó bajo la apariencia de un joven de unos 14 ó 15 años, transparente y de una gran belleza.

Damos a continuación una descripción de los hechos sobrenaturales ocurridos  exactamente hace un siglo atrás.

En la primera aparición, en el mes de mayo de 1916, les dijo que era el Ángel de la Paz y les enseñó esta oración: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”; y les dijo: “Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas”.

La segunda vez, les pidió que rezaran mucho y los exhortó a hacer penitencia: “De todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así la paz sobre vuestra Patria. Yo soy su ángel de la guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con resignación el sufrimiento que Nuestro Señor os envíe”.

Y en la tercera, los preparó para recibir la Sagrada Eucaristía y se las impartió. Veamos cómo la Hermana Lucía narra esta última aparición del Ángel: «En cuanto llegamos allí, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del ángel: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo…” No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración cuando advertimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos incorporamos para ver lo que pasaba y vimos al ángel trayendo en la mano izquierda un cáliz sobre el cual estaba suspendida una Hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre.

Después se levantó, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la Hostia, y me dio la Hostia a mí. Lo que contenía el cáliz se lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo:

— “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.

 “Es la descripción de algo sublime —comenta el Profesor Plinio Correa de Oliveira— que es la preparación, hecha por un ángel, de tres almas incumbidas de una misión profética para el mundo contemporáneo. Él las preparó de esta forma, diciendo tales cosas, apareciendo de esa manera. Y él mismo, por misión divina, les dio a aquellas almas inocentes la Primera Comunión.

“Está indicado así cual es el camino por el que las almas deben prepararse para la vida eucarística. Deben prepararse en la idea del sufrimiento, en la idea de la lucha. Y no sólo en la idea, sino que en la lucha efectivamente realizada, la que yo llamaría un ‘cuerpo a cuerpo’ invencible contra la crisis moral contemporánea.

“Si en todos los lugares del mundo donde se ama a Dios, se luchara también contra esa crisis, el perfume de este sacrificio ofrecido tendría ante Dios un ‘buen olor’ tal, que haría con que la restauración del orden cristiano venciera”.

***

Probablemente más de alguno de nuestros auditores no haya oído hablar más que unas pocas palabras sobre las apariciones de Nuestra Señora en Fátima que tuvieron lugar al año siguiente de estos hechos que acabamos de narrar. Es lógico por lo tanto que digamos alguna cosa sobre ellas.

El domingo 13 de mayo de 1917, los tres niños fueron a pastorear sus ovejas como de costumbre, a un lugar conocido como Cova da Iria, cerca de su pueblo natal de Fátima en Portugal. Lucía describió haber visto, en una encina, a una mujer «más brillante que el sol», vestida de blanco, con un manto con bordes dorados y con un rosario en las manos, que les pidió que retornaran el mismo día y a la misma hora durante cinco meses consecutivos, encomendándoles el rezo del rosario. Asombrados, corrieron de regreso a su pueblo y lo dijeron a todos, pero muchos de sus habitantes —incluyendo los padres de Lucía— no les creyeron. En cambio, los padres de Jacinta y Francisco si les creyeron y los protegieron en todo momento.

Los niños informaron más apariciones que tuvieron lugar el día trece de los meses de junio y julio. Desde la segunda aparición en junio, declararon que se les habría anunciado las prontas muertes de Jacinta y Francisco, las que de hecho sucedieron en menos de tres años.

En los mensajes que los niños transmitían, la Virgen exhortaba al arrepentimiento, a la conversión y a la práctica de la oración y la penitencia como camino de reparación por los pecados de la Humanidad. Paulatinamente, los niños experimentaron una transformación profunda, basada en la práctica de la oración y de ejercicios de piedad.

 Algunos de los mensajes transmitidos por los niños presagiaban guerras y calamidades en el mundo. Según el relato de Lucía, el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima les fue confiado a los niños el llamado «secreto de Fátima», dado a conocer posteriormente en su totalidad por la Santa Sede, en el cual la Santísima Virgen les comunicó que “Rusia esparcirá sus errores por todo el mundo”, pero, “Por fin Mi Inmaculado Corazón Triunfará”

La última aparición de la Virgen a los tres pastorcitos tuvo lugar el 13 de octubre de 1917, día en que se produjo el llamado «milagro del sol», presenciado por 70 000 personas, entre ellos periodistas y personalidades consideradas «librepensadores» de la época, que quedaron estupefactos ante el hecho. El periodista Avelino de Almeida, del diario liberal y anticlerical “O Seculo”, repitió reiteradamente en su relato: «yo lo he visto… yo lo he visto».

Al respecto de estas apariciones, e Profesor Plinio Correa de Oliveira comentó:

“El elemento esencial de los mensajes del Ángel de Portugal y de Nuestra Señora de Fátima consiste justamente en abrir los ojos de los hombres a la gravedad de esta crisis universal, en mostrarles su explicación, a la luz de los planes de la Providencia Divina, y en indicar los medios necesarios para evitar la catástrofe. Es la propia historia de nuestra época y, más aún, su futuro, lo que nos es enseñado por la Madre de Dios.              

“No hay una sola aparición en Fátima en la que no se insista sobre un hecho: los pecados de la humanidad se convirtieron en un peso insoportable en la balanza de la justicia divina. Ésta es la causa recóndita de todas las miserias y desórdenes contemporáneos. Los pecados atraen la justa cólera de Dios. Los castigos más terribles amenazan, pues, a la humanidad. Para que no sobrevengan, es preciso que los hombres se conviertan. Y para que se conviertan, es preciso que los buenos recen ardientemente por los pecadores y ofrezcan a Dios toda clase de sacrificios expiatorios.

“Vemos que el pensamiento constante de todos los mensajes es éste. El mundo está enfrentando una terrible crisis religiosa y moral. Los pecados cometidos son innumerables. Y son la verdadera causa de la desolación universal. El modo más propio para remediar sus efectos consiste en la oración y en la reparación.

Quizá algún oyente nos diga que estos mensajes son asustadores y no nos hablan de misericordia sino sólo de castigos.

A este auditor le respondemos que como una buena madre delante de un hijo extraviado, lo advierte  de las consecuencias de su extravío,  así también la Santísima Virgen nos advierte sobre las graves consecuencias del ateísmo, la inmoralidad  y el olvido completo de Dios, cuyas consecuencias lógicamente son proporcionadas al mal practicado.

Pero al mismo tiempo, nos indica el camino de la misericordia: caso el mundo se enmiende y haga penitencia. “Por Fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”.

 La misericordia no está en engañarnos diciendo que todo va bien. Al contrario, como hace un buen médico, es darnos un diagnóstico verdadero y recetarnos la forma de curarnos. En la verdad del diagnóstico y en lo acertado del tratamiento, está la auténtica y única misericordia.

Gracias y recuerde que nos puede seguir en www.accionfamilia.org

Hasta la próxima semana.

 

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