Cartas Pastorales

Padre Ignacio Larrañaga, fundador Talleres de Oración y Vida

1928    2013

Existe la ley del entrenamiento, válida para los deportes atléticos y válidos también para el espíritu.  Si de pronto te dicen a ti; haz una caminata de 30 Kilómetros, dices; Imposible ¡Pero si comienzas por caminar diariamente cinco km. En la primera semana y así progresivamente,  al cabo de un año no vas a tener ninguna dificultad en hacer una caminata.  ¿Qué había sucedido?, las potencias atléticas  estaban dormidas, quizás atrofiadas por falta de actividad… 

En el espíritu sucede igual,  todos nosotros llevamos, enterrados sobre los pliegues de los códigos genéticos, dinamismos espirituales, capacidades místicas que hoy pueden estar dormidas.  Al ejercitarnos en la actividad orante, al adherirnos posesivamente al Señor Dios, despiertan más deseos de estar con él, aumentando el atractivo  hacia   él.  Si se sigue orando,  Dios va siendo cada vez más  Dios;  es decir,  el Señor comienza a ser gratificación y fiesta y en este momento todo comienza a vivificarse; los rezos  y los sacramentos dejan de ser palabras y ritos y vacíos y se convierten en banquete espiritual.  La castidad deja de ser represión  y comienza a ser misteriosa plenitud.  Las bienaventuranzas dejan de ser paradojas, para transformarse en  pozos de sabidurías. 

No sólo eso; el mundo, la historia  y la vida se visten de presencia  divina  y sentido.  Nos tornamos capaces de vislumbrar la voluntad divina hasta en las emergencias absurdas y dolorosas, mientras aumentan  las ganas de estar con él.  Y  así el salmista se levanta a medianoche, como  un amante para estar con su amada.  Jesús renuncia  a las horas de sueño y se va por los cerros a pasar la noche junto al Padre.

De alguna manera se cumple la ley de la atracción de las masas, o sea, a mayor proximidad mayor  velocidad,  con otras palabras; en la medida que estamos más unidos a Dios, en esa medida crece su atracción, su seducción y deseo  de acompañarle….

Extracto  Libro el  Itinerario hacia Dios,  Ignacio  Larrañaga

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