Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy miércoles 4 de marzo de 2026

Día litúrgico: Miércoles 2 de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 20,17-28):

Mientras Jesús subía a Jerusalén, llevó consigo a los Doce, y en el camino les dijo: “Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de Él, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará”.

Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante Él para pedirle algo.

“¿Qué quieres?”, le preguntó Jesús.

Ella le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. “No saben lo que piden”, respondió Jesús. “¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé?” “Podemos”, le respondieron. “Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre”.

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

Palabra del Señor.

Reflexión

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando con sus discípulos hacia Jerusalén. No es un viaje más; este es el viaje definitivo, así lo entiende el Señor y así se lo hace ver una vez más a los Doce. Les habla con claridad sobre lo que le espera. No oculta la dificultad del camino ni disimula el sufrimiento que vendrá. Sin embargo, sus palabras no buscan generar miedo, sino preparar el corazón de sus discípulos. Jesús sabe que seguirlo no es un camino de triunfos fáciles, pero también sabe que ese camino conduce a la vida verdadera.

Este anuncio nos sitúa de lleno en el sentido de la Cuaresma. No es un tiempo para engañarnos ni para buscar una fe cómoda. Es un tiempo para mirar la realidad con honestidad y preguntarnos qué significa seguir a Jesús hoy. Él no promete éxitos inmediatos ni reconocimiento, pero sí ofrece una vida plena, sostenida por el amor y la fidelidad a Dios.

A pesar de las palabras claras de Jesús, los discípulos siguen pensando en puestos, honores y privilegios. Buscan lugares de poder, cercanía y reconocimiento. Esta reacción puede sorprendernos, pero también nos refleja. Cuántas veces escuchamos el evangelio y, sin darnos cuenta, lo interpretamos desde nuestras propias ambiciones, deseos de seguridad o necesidad de sentirnos importantes.

El evangelio nos invita a revisar desde dónde vivimos nuestra fe. A veces buscamos a Dios esperando que confirme nuestros proyectos personales, que nos asegure prestigio o tranquilidad. Jesús, en cambio, nos propone otro camino. El Reino de Dios no se construye desde el poder que domina, sino desde el servicio que se entrega. Esta diferencia es clave para una conversión auténtica.

Jesús responde con una enseñanza central: el que quiera ser grande, que sirva. No presenta el servicio como una obligación humillante, sino como el camino que Él mismo eligió. Su vida entera es una entrega por amor. No vino a ser servido, sino a servir. En esa frase se resume su modo de vivir y de amar.

Esta palabra tiene una fuerza enorme para nuestra vida cotidiana. Servir no es quedar relegados ni anulados. Es elegir conscientemente poner la vida al servicio del bien del otro. En la familia, en el trabajo, en la comunidad, todos tenemos oportunidades diarias para servir: escuchar con paciencia, ayudar sin esperar nada, acompañar sin juzgar. El servicio vivido así no quita dignidad; la fortalece.

El Concilio Vaticano II ha afirmado que «el hombre adquiere su plenitud a través del servicio y la entrega a los demás». En este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. El hombre que no vive para servir no sirve para vivir. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo, el hombre plenamente hombre, pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

En la Cuaresma, este llamado nos invita a revisar nuestras actitudes más profundas. ¿Buscamos ser reconocidos o buscamos amar? ¿Queremos tener razón o construir vínculos? Jesús nos propone un cambio de lógica que libera el corazón y nos hace más humanos.

El evangelio de hoy también nos habla de un modo nuevo de ejercer autoridad. Jesús no rechaza la responsabilidad ni el liderazgo, pero los redefine. En su camino, liderar no es mandar, sino cuidar; no es imponerse, sino acompañar; no es buscar el primer lugar, sino ponerse al servicio de todos.

Este mensaje es profundamente actual. Vivimos en una cultura que exalta el éxito, la visibilidad y el poder. El evangelio nos invita a otra grandeza, más silenciosa y más fecunda. La grandeza de quien sirve sin aplausos, de quien se entrega sin hacer ruido, de quien ama incluso cuando no recibe reconocimiento.

El mensaje central de este evangelio es una llamada clara a la conversión. Convertirse es dejar de medir la vida por lo que obtenemos y empezar a medirla por lo que damos. Es aprender a mirar a los demás no como escalones, sino como hermanos. Es animarse a seguir a Jesús incluso cuando el camino no garantiza ventajas.

¿Qué actitudes necesito purificar para parecerme más a Jesús? ¿Desde dónde sirvo? ¿Qué lugar estoy buscando? ¿Qué le pido al Señor en la oración? ¿Cómo acepto el sufrimiento y los dolores que acontecen en mi vida?

Señor Jesús, danos la gracia de un corazón sencillo y disponible, capaz de servir con alegría. Haz que este tiempo cuaresmal nos ayude a caminar contigo, y a comprender que el verdadero camino hacia la vida pasa siempre por el amor y el servicio que se entrega. Amén.

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