Día litúrgico: Lunes 6 del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc 8,11-13):
Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con Jesús; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo”.
Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.
Palabra del Señor.
Reflexión
El evangelio de hoy refleja muy bien el desconcierto y la incredulidad que rodea el mensaje y la persona de Jesús. A pesar de tantos milagros que ya ha hecho, e incluso después de la asombrosa multiplicación de los panes, los fariseos le piden todavía una señal del cielo para creer en Él. Tal petición evidenciaba una irremediable falta de fe. Marcos ¿Está describiendo su comunidad de “ayer” o la nuestra de “hoy”?
¿Qué señal pedían los fariseos? Sin duda, un portento cósmico o apocalíptico que acreditara de forma contundente a Jesús, lo mismo que a los grandes profetas de la historia de Israel: Moisés, Samuel, Elías y Eliseo. Si Él era el Mesías, tenía que demostrarlo de manera aplastante y triunfal. Pero Cristo no acepta el desafío y se niega rotundamente a dar una señal espectacular, mientras se lamenta de su generación. Este último término adquiere en labios de Jesús un matiz condenatorio, bien explícito en el pasaje paralelo de Mateo: “Generación perversa y adúltera”, es decir, malvada e infiel a la alianza con Dios.
Poner a prueba a Jesús es la intención de los fariseos al pedirle sus credenciales. Es la vieja y clásica actitud del hombre que tienta a Dios, como la generación del Éxodo. También en el desierto le pedía Satanás a Cristo una demostración clamorosa de mesianismo terreno. Más todavía, mientras Jesús moría en la cruz, sus enemigos repetirán el estribillo: “Si es el Hijo de Dios y el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en Él”. Jesús estaba dando el máximo signo de Dios: un amor hasta la muerte; pero nadie lo entendía.
Hay quien pide hoy también señales poderosas para reforzar su fe. Situaciones en las que casi estaríamos exigiéndole a Dios, unas señales claras de su existencia, una manifestación de su gloria, que fortalezca las estructuras tambaleantes, que manifestara su poder, que visibilizara su existencia, que atendiera mis peticiones al instante.
Y Dios nos regala su silencio, un silencio que, cuando lo acogemos con honestidad, puede ayudarnos a cambiar la dirección de nuestras peticiones, a descubrir que el proyecto de Dios se da en otras dimensiones en donde la Misericordia y el Amor son signos inequívocos de su Presencia.
Deberíamos saber descubrir a Cristo presente en esas cosas tan sencillas y profundas como son la comunidad reunida, en la Palabra proclamada, en las humildes especies de Pan y Vino de la Eucaristía, en el ministro que nos perdona, en los encuentros con Él en la oración, en las relaciones de fraternidad que construyo con otros, en esa comunidad eclesial que es pecadora pero es el Pueblo santo de Cristo, en la persona del prójimo, en el débil y enfermo. Esas son las pistas que Él nos dio para que le reconociéramos presente en nuestra historia.
Pero sin duda que en un mundo como el nuestro en el que todo se intenta explicar desde la ciencia, desde la demostración científica, en el que todo se somete a verificación, hay momentos que tenemos también la tentación de exigir pruebas, signos claros.
Y es importante decir humildemente: Creo Señor, pero ¡aumenta mi fe.!
¿En qué nos escudamos nosotros para no cambiar nuestra vida? ¿También estamos esperando milagros, revelaciones, apariciones y otras cosas para creer? ¿Nuestra fe se mueve por la espectacularidad de signos o por la entrega filial en las manos amorosas del Señor?
Señor, tú quieres un amor libre, de hijos, no de esclavos abrumados por el peso de tu poder. Líbranos de la tentación de pedirte pruebas de tu ternura para creer y convertirnos; y danos un corazón nuevo para alabarte por siempre. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza