Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 21 diciembre 2025

Domingo Adviento 4−A

Mt 1,18-24

¿No es Éste el Hijo de José?

El Evangelio de este Domingo IV de Adviento comienza con una afirmación que nos revela cuál es la intención del autor Mateo al escribir este relato: «El origen (la génesis) de Jesús Cristo fue de esta manera: …». La intención del autor se manifiesta más claramente, si se considera que él está retomando la primera línea de su escrito: «Libro del origen (de la génesis) de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob…». El evangelista Mateo tenía a su disposición el Evangelio de Marcos y lo usó como la fuente principal de su propio Evangelio; también la comunidad cristiana conocía el Evangelio de Marcos. Pero este Evangelio comienza presentando a Jesús ya adulto y no se nos informa sobre su «origen»: «En aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). La comunidad cristiana en cuyo seno surgió el Evangelio de Mateo probablemente conocía también la Carta de San Pablo a los Gálatas, que fue escrita varios años antes y que en el punto central dice: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo nacido de mujer… para redimir a los que estábamos bajo la ley, para que recibiéramos la filiación…» (Gal 4,4).

Para que nosotros podamos comprender correctamente el Evangelio de este domingo debemos tener en cuenta una importante cautela. La expresa el Concilio Ecuménico Vaticano II en su Constitución Apostólica «Dei Verbum», que es el escrito más importante sobre la divina revelación producido por la Iglesia hasta ahora: «Para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él (Dios) quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos (los escritores sagrados)» (Dei Verbum 12,1). El autor principal de toda la Escritura es Dios. Por eso, cuando la leemos, concluimos diciendo: «Palabra de Dios».  Pero, concentrándonos en el Evangelio de este domingo, no comprenderemos lo que Dios quiere comunicarnos, si no investigamos con atención lo que pretendió expresar Mateo con ese relato sobre el origen de Jesús. Si no se tiene en cuenta esta cautela, el lector termina proyectando sobre el texto su propia mente y pierde, de este modo, lo que Dios quiere comunicarle.

«El origen de Jesús fue de esta manera: casada su madre María con José, antes de que ellos convivieran, se encontró teniendo en el seno por el Espíritu Santo». El lector ya sabe quién es José, porque ha precedido su larga genealogía. José es hijo de David, hijo de Abraham,… «El esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado «Cristo»». Mateo es claro en afirmar que José es hijo de David, porque la genealogía con que abre su Evangelio, que tiene en el centro a David, es la genealogía de José; pero también es claro en expresar que ¡José no engendró a Jesús!  Da, sin embargo, a Jesús el título de «Cristo», que, según las promesas hechas a los profetas, corresponde al «Ungido, hijo de David». El objetivo de Mateo es explicar al lector cómo es que Jesús es verdaderamente hijo de José −aunque José no lo engendró− y es, por tanto, hijo de David, para que sea verdaderamente aquel en quien se cumplen las promesas, para que sea verdaderamente «el Cristo».

Ante el hecho consignado −el embarazo de María− José tomará una decisión. Antes de decir cuál es esa decisión, el evangelista aclara que «José era justo». En la Escritura esto es lo máximo que se puede decir de un ser humano. Lo que el evangelista quiere decir es que la decisión que José tomara era la justa, dada la situación. Para tomar la decisión justa debe informarse bien de todos los hechos para que su decisión se base en la verdad. ¿Cómo supo José la verdad, a saber, que su esposa había sido elegida por Dios para encarnar en su seno, por acción del Espíritu Santo al Hijo de Dios hecho hombre? Si el evangelista no dice nada en contrario, la comprensión obvia es que lo supo de labios de su misma esposa tan pronto como ocurrió. Es lo que habría hecho cualquier esposa fiel, tanto más la más santa de todas. Cualquier otra comprensión es proyección nuestra sobre el texto inspirado. La comprensión tradicional que ve a José presa de la sospecha de que su esposa esperaba un hijo de otro no tiene asidero en el texto evangélico y debemos hacer inmensos esfuerzos para imaginar a la Virgen María fingiendo y evadiendo hablar con su esposo de cualquier tema que tenga relación con las promesas del Ungido prometido por Dios, y esto, durante meses hasta que ya no podía ocultarlo más… No puede ser la mente del autor que los esposos vivieran juntos sólo algunos meses antes de que naciera Jesús, porque la sospecha ya no habría sido sólo de José, sino también de los padres de María y de todo el pueblo. ¿Es esto lo que Dios quería que se entendiera sobre el origen de su Hijo hecho hombre?

La justicia de José consiste en creer lo revelado a él de parte de María y no sentirse digno de ser el esposo de la Madre del Señor y tanto menos pretender atribuirse una paternidad que no le pertenece y, sobre todo, de tal Hijo. Por eso, su decisión de desvincular a la Virgen María de su unión con él es la justa. Dios aún no le ha formulado a José su vocación de ser el padre de ese Niño. Esto ocurrirá esa misma noche: «Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo»». El ángel subraya que el hijo de David es José y, ante la grandeza del misterio en el que se ve involucrado, comprende que tema. Repite, esta vez el Ángel del Señor, cual es el misterio del que se trata: «Lo engendrado en ella es del Espíritu Santo». Pero luego comunica a José su vocación de parte de Dios: «Ella dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Hasta ahora Dios no le había comunicado a José esta vocación. Podemos imaginar la respuesta de José en plena sintonía con la de su esposa inmaculada: «He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu Palabra» (cf. Lc 1,38).

En el Evangelio no hay ningún indicio de alivio por parte de José, como si el Ángel del Señor lo hubiera liberado de una maligna sospecha. El Ángel no le ha dicho nada que él no supiera ya. Pero le ha comunicado de parte de Dios su vocación a ser el padre de ese Niño, engendrado en su esposa por obra del Espíritu Santo. Y José respondió con plena disponibilidad: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su esposa». José es, entonces, padre de Jesús por decreto divino, es decir, verdadero padre de Jesús. De esta manera, el evangelista ha completado su relato sobre el origen de Jesús y ha cumplido su objetivo: Jesús se encarnó en el seno de María por obra del Espíritu Santo y, aunque no fue engendrado por José, es hijo de José en esta tierra e hijo de David. En adelante, si el pueblo dice sobre Jesús: « ¿No es Éste el hijo de José?» (cf. Lc 4,22), están en lo cierto y José nada tiene que rectificar.

La Virgen María aparece como sintonizando plenamente con Dios, como corresponde a su condición de santa e inmaculada, procurando obtener la compañía de su esposo en este misterio admirable; pero confía en Dios y espera que su esposo reciba el llamado de parte de Dios a ser el padre de ese Niño. Todos, partiendo ciertamente por la Virgen María, afirmamos que entre todos los hombres ninguno es más digno que José de ser el padre de Jesús en la tierra. Pero uno solo, él mismo, no puede presumir de ser digno de semejante misión. Confió, sin embargo, que, cuando Dios llama a alguien a una sublime misión, lo provee de todas las gracias para cumplirla fielmente.

La vocación de José puede iluminar a muchos jóvenes que sienten el llamado de Dios a compartir su sacerdocio y administrar los sagrados misterios. La vocación sacerdotal consiste en la máxima cercanía con el misterio de Dios, hasta consagrar su Cuerpo y su Sangre, y es natural y debido que quien es llamado a esta misión no se sienta digno: pero debe confiar en que la obra es de Dios y que Él concederá a quien llama su gozo y la gracia necesaria para cumplir su misión fielmente.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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